Capítulo 22: Cuidados que prodigaba a los enfermos. Deja el Oratorio: palabras en tal ocasión

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioComo no se hallaba tan falto de fuerzas que necesitase guardar cama continuamente, a veces iba a clase o al estudio, y otras se entretenía en trabajos de la casa. Y una de las cosas en que se ocupaba con más gusto era en servir a los compañeros que estaban enfermos.

No tengo ningún mérito ante Dios – decía – visitando o asistiendo a los enfermos, pues lo hago con demasiado gusto; es más, para mí resulta un agradable entretenimiento.

Y mientras les prestaba servicios corporales, se ingeniaba con mucho tino en sugerirles siempre algo espiritual.

Este cacharro de cuerpo – decía a un compañero que estaba indispuesto – no ha de durar eternamente, ¿no es verdad? Es menester dejarlo destruir poco a poco hasta que lo lleven a la tumba. Entonces, amigo mío, libre ya el alma de lazos corporales, volará gloriosa al cielo y gozará allí de salud y de dicha interminables.

Sucedió que un compañero rehusaba tomar una medicina, porque era amarga.

¡Ay, amiguito! – le dijo Domingo -, debemos tomar cualquier remedio, puesto que haciéndolo obedecemos a Dios, el cual estableció las medicinas y los médicos porque son necesarios para recuperar la salud perdida. Y si sentimos repugnancia en el gusto, mayor será el mérito para nuestra alma. Otra parte, ¿crees que esta bebida es tan amarga como la hiel y el vinagre con que fue acibarado Jesús en la cruz?

Palabras así dichas, con su maravillosa naturalidad, conseguían que nadie pusiera dificultades. Si bien la salud de Savio estuviese realmente quebrantada, con todo, el tener que ir a casa es lo que más le contrariaba; pues sentía mucho interrumpir los estudios y renunciar a las acostumbradas prácticas de piedad. Algunos meses antes lo mandé a su familia; pero estuvo sólo unos días, muy pronto lo vi comparecer de nuevo por el Oratorio.

Lo confieso. El pesar era recíproco. Yo hubiera deseado a toda costa que permaneciera en el Oratorio, pues sentía por él el afecto de un padre por su hijo predilecto. Pero el consejo de los médicos era que se fuese a su pueblo, y yo deseaba cumplirlo, por haberse manifestado en él, desde hacía algunos días, una tos obstinada.

Se avisó, pues, al padre, y fijamos la salida para el primero de marzo de 1857.

Domingo se resignó a esta determinación, pero sólo como un sacrificio a Dios.

¿Por qué – le preguntaron – vas a tu casa de tan mala gana, cuando debieras alegrarte de poder disfrutar de tus amados padres?

Porque desearía acabar mis días en el Oratorio – respondió.

Te vas a casa y, cuando te hayas restablecido, vuelves.

Ah, eso sí que no. Ya no volveré más.

La víspera de su salida no podía apartarlo de mi lado. Siempre tenía algo que preguntarme. Entre otras cosas me dijo:

¿Cuál es el mejor método de que puede echar mano un enfermo para alcanzar méritos delante de Dios?

Ofrecerle con frecuencia sus sufrimientos.

– ¿Y ninguna otra cosa más?

Ofrendarle tu vida.

¿Puedo estar seguro de que mis pecados han sido perdonados?

Te aseguro, en nombre de Dios, que tus pecados te han sido perdonados.

¿Puedo estar seguro de que me salvaré?

Sí; contando con la divina misericordia, la cual no te ha de faltar, puedes estar seguro de salvarte.

Y si el demonio me viniese a tentar, ¿qué he de responderle?

Respóndele que tu alma la tienes vendida a Jesucristo y que él te la compró con su sangre; y si se empeña en ponerte dificultades, pregúntale a ver qué es lo que él hizo por ella, cuando Jesucristo derramó toda su sangre por librarla del infierno y llevarla consigo al paraíso.

Desde el cielo, ¿habrá manera de que pueda ver a mis compañeros del Oratorio y a mis padres?

Sí; desde el paraíso verás la marcha del Oratorio y a tus padres también, y cuanto se refiera a ellos, y mil otras cosas mucho más agradables aún.

¡Podré bajar alguna vez a visitarlos?

Sí que podrás venir, siempre que ello redunde en mayor gloria de Dios.

Así se entretuvo con éstas y otras muchísimas preguntas, como él que ya tiene un pie en los umbrales del paraíso y se preocupa, antes de entrar, de informarse bien de cuanto hay dentro.

Buen remedio hubiera sido mandar al joven a respirar los aires natales, y en ello pensaba Don Bosco; pero se daba cuenta de que el tenerse que alejar del Oratorio había de causar en Domingo una depresión de ánimo capaz de agravar su dolencia. Por esto, en la primera mitad de septiembre, el joven se encontraba todavía en el Oratorio; en efecto, el 12 hizo la escapadita a Mondonio, cuando voló a curar a su madre. Pero hacia fines del mes lo mandó, según lo atestiguan don Rúa y don Cagliero (SP 354.288).

Acostumbraba Don Bosco todos los años ir a I Becchi con un grupo de jóvenes para la novena y fiesta del Rosario, que se celebraba el primer domingo de octubre. En 1856 fueron también con él los clérigos Rúa y Cagliero. Domingo Savio se encontraba ya en Mondonio. Allá fue don Rúa con un compañero para visitarlo; mas no lo encontró, porque él, a su vez, había marchado a ver a Don Bosco en I Becchi.

Andaba el jovencito de camino cuando se tropezó con Cagliero, que iba a Castelnuovo, el cual se quedó de una pieza como a la vista de una aparición.

Oigamos la descripción que nos hace en el proceso: <<Recuerdo muy bien aquel encuentro, que se me quedó impreso como si fuera ahora. Al verlo ya desde lejos, me pareció ver a un angelito, según estaba de sonriente y era su aspecto angelical; con su rostro pálido, sus ojos azules y su faz celestial. Y dije para mí: He aquí un ángel en carne humana, como San Luis. Y si hubiera habido otro pequeño Tobías acompañado por Azarías, creo que no se hubiera podido distinguir, hubieran sido dos ángeles que mutuamente se acompañaban>>.

Poco se detuvo en la casa paterna. La nostalgia del Oratorio lo devolvió al dulce nido. «A poco me lo vi comparecer en el Oratorio», escribe Don Bosco.

Después de su vuelta, tuvo el primer contacto con Cerruti, que se convirtió en intimidad personal. Testigo tan calificado pudo afirmar sobre los últimos momentos de la vida de Domingo (SP 277) que, <<a pesar de lo débil y extenuado que se encontraba, cumplía sus deberes sin proferir jamás una palabra de queja; antes, al contrario, mostraba siempre constante hilaridad>>. Observó también cuán equilibrado era en todo: <<Equilibrio que no era en él simplemente natural, sino que provenía de un abandono pleno y entero en su superior Don Bosco, en quien había puesto toda su confianza>>.

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