Proclamación de las virtudes heroicas de Don Bosco

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: Parroquia El Espíritu Santo
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Luego de que su Santidad, el Papa Pío XI celebrara la Santa Misa, llamó ante sí al eminentísimo cardenal Antonio Vico, obispo de Porto y Santa Rufina, Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos y Ponente de la Causa, junto con el Reverendísimo Mons. Salotti, Promotor General de la Fe y el infrascrito Secretario, y en su presencia sentado en el solio Pontificio, sancionó solemnemente que constaba que el Venerable Siervo de Dios Juan Bosco había practicado las Virtudes Teologales de Fe, Esperanza y Caridad con Dios y con el prójimo, lo mismo que las Virtudes Cardinales de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza y virtudes anejas, en grado heroico, en el caso y a los efectos del mismo. Y mandó que fuese publicado este decreto inscrito en las Actas de la Sagrada Congregación de Ritos, el día 20 de febrero de 1927.

Después de la lectura, se adelantó hasta el trono don Francisco Tomasetti para presentar al Padre Santo humilde y sentida acción de gracias. Hubiera debido hacerlo el Rector Mayor don Felipe Rinaldi, pero estaba en Turín, víctima de un ataque gripal. Don Francisco Tomasetti, acompañado por el abogado monseñor Della Cioppa, el Procurador de la Causa comendador Melandri y el secretario de la postulación, dirigió al Papa las siguientes palabras:

Beatísimo Padre:

La auténtica y solemne declaración, hecha en nombre de Vuestra Santidad, sobre la heroicidad de las virtudes de nuestro Padre y Fundador, el Venerable Don Juan Bosco, ha transformado en seguridad la íntima convicción que siempre han tenido de ella los hijos formados y crecidos en familiar convivencia durante largos años a su lado, lo mismo que los hijos, más numerosos, que él ha suscitado, en estos cuarenta años después de su muerte, y confiado a sus Sucesores para continuar y dilatar su obra educadora por todo el mundo.

La declaración de hoy es para todos nosotros el favor más grande que Vuestra Santidad nos ha hecho, por lo cual nuestro reconocimiento salta de nuestros corazones con vivas llamas de amor filial a Vuestra Persona, y con más profundo cariño y devoción a la cátedra inmortal de San Pedro.

Para expresar menos indignamente nuestra gratitud, necesitaría poseer la mirada, la sonrisa, la palabra y sobre todo el corazón de Don Bosco, que fue, durante toda su vida, una viva personificación de la gratitud. Querría poseer en este momento el agradecimiento que Don Bosco albergaba en su corazón a los Santos Pontífices Pío IX, León XIII y todos los que han cooperado a sus Obras, para poder demostrar de algún modo el reconocimiento profundo, imperecedero que sentimos y que siempre conservaremos a Vuestra Santidad, por el Decreto sobre las virtudes heroicas de Don Bosco, Decreto que nos señala también a nuestro Padre y Fundador como nuestro modelo.

La ejemplaridad de Don Bosco y de sus virtudes era para nosotros, sus hijos y discípulos, una convicción que nos habíamos formado con continua convivencia con él; pero ¿quién nos aseguraba que esta convicción no era hija del gran afecto que sentíamos a Don Bosco y que los métodos que él nos ha dejado, atrevidos por su espíritu de modernidad, lo mismo en el apostolado educativo de la juventud, que en la práctica de la perfección evangélica, fueran un camino seguro a seguir con ánimo tranquilo?

Ciertamente no bastaba para nuestra seguridad el consolador florecimiento de nuestros Oratorios festivos, Hospicios, Colegios y Misiones ni la voz casi unánime de eminentes Príncipes, altos prelados y pastores de almas; ni la aprobación de las autoridades civiles, callada en un principio y notoria después; ni el aplauso de ilustres personajes y de casi todos los pueblos de las distintas naciones del mundo… La seguridad sólo podía dárnosla, y hoy nos la ha dado, Vuestra Santidad.

Don Bosco educador ingenioso, solícito y maravilloso de santidad en sus hijos (como un Domingo Savio, un don Miguel Rúa, un cardenal Cagliero, un don Pablo Albera, un don Andrés Beltrami, un don Augusto Czartoryski, una sor María Mazzarello, por nombrar algunos), es proclamado con el decreto de hoy un héroe cristiano; se nos ha propuesto, por consiguiente, con toda autoridad como modelo sobre el cual pueden y deben formarse en una vida santa todos los que son y serán llamados a enrolarse con los educadores modernos de la juventud, constituidos por él en sociedad, organizados y provistos de todas las armas, de acuerdo con los tiempos presentes, y necesarias para conseguir la finalidad de ser santos, poder regenerar y santificar a un mismo tiempo a las generaciones crecientes.

La vida íntima de Don Bosco educador, como él la vivió antes de dejarla consignada en los métodos dados a sus hijos, formará en el porvenir la norma precisa para la actuación de su programa de regeneración y santificación juvenil, lo mismo en los grandes y pequeños centros civilizados, que en medio de las tribus salvajes, donde se puede injertar el germen divino de la Redención en las pequeñas plantas vírgenes y jóvenes con mayor confianza de buenos resultados.

Imitar a Don Bosco para reproducir en nosotros su unión ininterrumpida con Dios, su inagotable caridad con el prójimo, su prudencia, su inquebrantable fortaleza, la afabilidad que serena e infunde gozo en los corazones, la pureza inmaculada que hace detestar en sumo grado el pecado y suspirar incesantemente por las cosas celestiales, es, Beatísimo Padre, la misión que intensificaremos de hoy en adelante, para llegar más fácilmente a seguir al único Maestro, Guía y Modelo, que es Jesucristo nuestro Señor y Redentor.

A esto tendía nuestro Padre, que nos dejó escrito en su carta testamento: <<Vuestro primer Rector ha muerto, pero nuestro verdadero Superior, Jesucristo, no morirá. Él será siempre nuestro Maestro, nuestro Guía, nuestro Modelo>>.

Con este propósito de imitación constante del Padre Don Bosco, para llegar a revestirnos todos de Jesucristo en el día de la gloria y con la esperanza confiada de otro Decreto que apruebe los milagros presentados para la Beatificación de nuestro Venerable Fundador, repetimos a Vos, Beatísimo Padre, el himno de agradecimiento que brota del corazón de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora con todos sus alumnos y alumnas, exalumnos y exalumnas, de todas las partes de la tierra, y de todos los Cooperadores y Cooperadoras de las Obras dejadas en herencia por Don Bosco, todos los cuales están aquí presentes en espíritu para recibir la Apostólica Bendición, y reavivar los buenos propósitos de santificar nuestras almas.

Luego de esto, el Papa expresó un breve discurso, resaltando algunos aspectos de Don Bosco y su obra y, con la bendición apostólica, puso fin a la ceremonia. Cuando el Papa descendió del trono y emprendió la marcha rápidamente con su séquito, toda la asamblea aplaudía conmovida y entusiasmada. La emoción y el entusiasmo se comunicaron inmediatamente a todas las casas salesianas, en las cuales se entonó muy pronto con gran concurrencia de amigos el solemne y sonoro Te Deum de acción de gracias.

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