Algunas palabras del Papa Pío XI sobre Don Bosco

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: Parroquia El Espíritu Santo
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Antes de finalizar la ceremonia en la cual eran decretadas las virtudes heroicas de Don Bosco, el Papa Pío XI dirigió un discurso a todos los presentes:

Muy queridos hijos, hay hombres suscitados por el espíritu de Dios, en momentos por EÉ elegidos, que pasan por la esfera de la historia como los grandes meteoros que atraviesan alguna vez el firmamento estrellado, Esos hombres – lo mismo que los grandes meteoros, a veces hermosísimos y a veces aterradores – son de dos categorías. Los hay que pasan aterrando más que beneficiando, suscitando maravilla, espanto, sembrando su camino de signos indudables de una enorme grandeza, de visiones rápidas, de audacias casi incomprensibles y también de ruinas y víctimas.

Dios suscita a veces – como Napoleón decía de sí mismo – hombres que son látigo y azote para castigar a los pueblos y a los reyes. Pero hay otros hombres que vienen para curar llagas, resucitar la caridad y reconstruir sobre las ruinas; hombres no menos grandes, sino todavía mayores, porque son grandes en bondad, grandes en el amor a la humanidad, grandes en hacer bien a sus hermanos, en socorrer sus necesidades; hombres que pasan suscitando verdadera admiración, llena de simpatía, de reconocimiento, de bendiciones, precisamente como el Redentor de los hombres, el Hombre-Dios, que pasaba bendiciendo y haciéndose bendecir, hombres cuyo nombre permanece en los siglos como una bendición.

El Venerable Don Bosco pertenece precisamente a esta magnífica categoría de hombres elegidos en toda la humanidad, a estos colosos de benéfica grandeza cuya figura, se recompone fácilmente, si después del análisis minucioso y riguroso de sus virtudes, como se hecho en las precedentes discusiones largas y reiteradas, viene la síntesis que, reuniendo las líneas sueltas, las rehace hermosa y grande. Es una figura, muy queridos hijos, que la Divina Providencia adornó con sus más preciosos dones: hermosa figura, que siempre hemos apreciado y que ahora, en este momento, apreciamos más que nunca, contemplándola bien, duplicando y multiplicando en el recuerdo la alegría de esta hora.

Nos vimos de cerca esta figura, en una larga visión, en una prolongada conversación: una magnífica figura que no lograba esconder su inmensa e insondable humildad; una figura magnífica, que aun confundiéndose entre los hombres, y moviéndose por la casa como el último llegado, como el último de los huéspedes (él, la razón de todo), todos le reconocían a la primera mirada, al primer acercamiento, como figura muy superior y arrebatadora; una figura completa, una de esas almas que, en cualquier camino que hubiere emprendido, habría dejado firmes huellas de su paso, dado lo magníficamente que estaba dotado para la vida.

Fuerza, ardor de corazón, potencia de acción, de pensamiento, de afecto, de obras, y luminoso, vasto y alto pensamiento, nada común, superior con mucho al ordinario, vigor mental y de talento, muy propio también (lo que generalmente es poco conocido y poco notado) de esos talentos que se podrían llamar talentos propiamente tales; el talento de quien habría podido tener el éxito del doctor, del pensador, del escritor.

Tanto que él mismo nos lo confiaba, y no sé si haya hecho a otros la misma confidencia; quizá la procedencia del mismo ambiente de los libros le estimulaba – él sintió una primera invitación a la dirección de los libros, dirección de las grandes comprensiones ideales -. Y hay señales sobrevivientes de ello como miembros sueltos, elementos sueltos – digámoslo así – los cuales demuestran que, según una primera idea habría debido elevarse a la composición de un gran cuerpo científico, de una gran obra científica; hay señales de ello en sus libros, en sus opúsculos, en su gran propaganda de prensa. En ella aparece la grande y altísima luminosidad de su pensamiento, que le trazó la inspiración de esa gran obra, con la que él debía llenar primero su vida y después el mundo entero; y allí se encuentra esa primera invitación, esa primera tendencia, esa primera forma de su poderoso talento; las obras de propaganda tipográfica y literaria fueron precisamente las obras de su predilección.

También esto lo vimos con nuestros ojos y lo oímos de sus labios. Estas obras fueron su más noble orgullo. El mismo nos decía: <<En esto Don Bosco -él hablaba de sí mismo, siempre, en tercera persona- en esto Don Bosco quiere estar siempre a la vanguardia del progreso>>: y hablábamos de obras de imprenta y de tipografía.

La llave de oro de este áureo, preciosísimo misterio de una gran vida, tan fecunda, tan laboriosa, de aquella misma invencible energía de trabajo, de aquella misma indomable resistencia al esfuerzo, esfuerzo cotidiano y a toda hora – esto también lo vimos – a toda hora, de la mañana a la noche, de la noche a la mañana cuando era necesario (y era necesario a menudo): el secreto de todo esto estaba en su corazón, estaba en el ardor, en la generosidad de sus sentimientos.

Puede decirse de él, y parecen escritas para él, como para otros de los más grandes héroes de la caridad y de la acción caritativa, aquellas magníficas palabras: Concedióle el Señor un corazón tan dilatado como la arena de la orilla del mar. Esa es su obra que, a los cuarenta años de su muerte, está verdaderamente esparcida por todos los países, por todas las playas, como la arena en la orilla del mar.

Maravillosa visión la que, en resumen, se puede tener con unas setenta Inspectorías (como se diría: de Provincias), con más de un millar de Casas, que equivale a decir millares y millares de iglesias, de capillas, de hospicios, de escuelas, de colegios; con millares, más aún, con centenares de millares, pero muchos centenares de millares de almas llevadas a Dios, de jóvenes recogidos en hogares de seguridad y llamados al festín de la ciencia y de la primera educación cristiana.

Son ya dieciséis mil los hijos de la Pía Sociedad Salesiana, las Hijas de María Auxiliadora, los profesos, novicios y aspirantes – y quizá más a la hora en que hablamos -, los operarios y operarias de esta obra inmensa y magnífica.

Y entre estos obreros y estas obreras, hay más de mil en conjunto en primera línea, en la cercanía del enemigo, en las misiones más lejanas, que ganan nuevas provincias al reino de Dios ¡el mayor título de gloria que Roma reservaba a los antiguos triunfadores romanos!

también ha dado al Episcopado casi unos veinte Pastores, algunos destinados a diócesis civilizadas y otros esparcidos por las lejanas misiones.

Y aumenta el consuelo al pensar que todo este magnífico, este maravilloso desarrollo de obras se remonta directamente, inmediatamente a él, que sigue siendo el director de todo, no sólo el padre lejano, sino el autor siempre presente, siempre actuante en la lozanía constante de sus normas, de sus métodos, y sobre todo de sus ejemplos.

¡Sus ejemplos! Esa es, queridísimos hijos, la parte más útil todavía: quizá la únicamente útil, de la gran fiesta de este día.

Porque, es cierto, no les es dado a todos gozar de esta tan amplia y maravillosa abundancia de dones divinos, de este poderoso conjunto pensamiento, del afecto, de las obras; no poseen todos la misma medida de gracia, no les es posible a todos seguir esos caminos luminosos pero también ¡cuánto hay de imitable para todos – como oportunamente se ha puesto de relieve – en una vida tan laboriosa, tan recogida, tan activa y tan orante!

Esa era, en efecto, una de sus más bellas características, la de estar en todo, ocupado en un contraste continuo, agobiador, de inquietudes en medio de una multitud de demandas y consultas, y tener siempre el espíritu en otra parte: siempre arriba, donde la claridad era impasible, donde dominaba siempre soberanamente la calma; de tal forma que en él el trabajo era oración real, y se cumplía el gran principio de la vid scristiana: qui laborat, orat.

Esta era y debe seguir siendo la gran gloria de sus hijos y sus hijas. ¡Qué de méritos en aquella vida olvidada de sí mismo para prodigarse en favor de los más pequeños, los más humildes, los menos atrayentes y, si así puede decirse, los más desgraciados!

También en aquella maravilla de obras, también allí, queridísimos hijos, no debe encontrar nuestra debilidad, por así decir, una justificación de sí misma.

Si es verdad que no todos pueden literalmente imitar aquella perfección y eficacia de obras – ya que muchas veces, por desgracia, no es verdad, cristiana y sinceramente hablando, que querer es poder, y en cambio es verdad que muchas veces no se quiere bastante aquello que se puede -; de la vida y de las obras de Don Bosco – decíamos – esto es lo que también nosotros podemos reconocer y deducir: y como no todos pueden lo que quieren y querrían, importa mucho que cada cual quiera de veras aquello que puede.

¡Cuánto aumentaría, queridísimos hijos, el bien de las almas, de los individuos, de las familias, de la sociedad, si todos hicieran lo que cada uno puede; si, en la modesta medida de sus posibles, quisiera cada uno el bien que puede hacer por sí mismo o por medio de otros!

Que el ejemplo de este gran Siervo de Dios estimule a todos a seguir su camino, aunque hayan de quedarse necesariamente a mucha distancia de él; ese camino, en el que él ha esparcido tanto bien y tanta luz, tantos brillantes ejemplos de edificación cristiana.

Con esta próxima y lejana visión nos tomamos la más amplia y afectuosa parte en la fiesta y el gozo de los buenos Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora. Y pensamos en todos, especialmente en aquellas iglesias y aquellas tierras para las que este día es de un modo particular y de un título singular, día de santa y nobilísima alegría. Pensamos en la alegría de Turín; pensamos en la alegría de Asti; pensamos – ¿y cómo no pensar en ellos? – en la alegría de todos los lugares, de todas las partes del mundo, porque literalmente no hay parte en el mundo, donde los hijos y las hijas de Don Bosco, las obras de Don Bosco, siempre vivas, siempre en marcha, no sigan desarrollándose por el camino trazado con su mano, en las que no florezca cada vez más fresca y fecunda su imitación.

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