Capítulo 08: Encuentro con Luis Comollo

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoEl riesgo de un suspenso

Terminada la enseñanza básica, nos visitó el abogado y profesor don José Gozzani, Magistrado de la Reforma, y hombre de muchos méritos.

Fue muy benévolo conmigo. Me quedó tan buen recuerdo de él y sentí por él tal gratitud, que de allí arrancaron la amistad y trato íntimo que siempre mantuvimos. Aquel bonísimo sacerdote vive todavía (1873) en Moltedo Superior, cerca de Oneglia, lugar de su nacimiento. Entre sus muchas obras de caridad, fundó una beca en nuestro colegio de Alassio (1 de marzo de 1872) para un jovencito que desee seguir la carrera eclesiástica.

Aquellos exámenes fueron muy rigurosos. Sin embargo, mis cuarenta y cinco condiscípulos pasaron todos a la clase superior, que corresponde al último curso de básica. Yo estuve a punto de ser suspendido, por haber dejado copiar el tema a otro. Si aprobé, se lo debo a la protección de mi venerado profesor, el padre Giusiana, dominico, que logró pudiese hacer un nuevo ejercicio, el cual me salió tan bien que obtuve la máxima calificación.

Había entonces la saludable costumbre de que en cada curso el municipio premiase al menos a un alumno con la dispensa de la matrícula, que era de doce liras. Para obtener este favor era preciso sacar sobresaliente en los exámenes y en la conducta moral. A mí me favoreció siempre la suerte; así que en todos los cursos estuve libre de pago.

Aquel año perdí uno de los compañeros más queridos. El muchacho Pablo Braja, mi querido e íntimo amigo, tras una larga enfermedad, modelo acabado de piedad, de resignación y de fe viva, moría el día… del año… (10 julio 1832), marchándose así a juntarse con San Luis, de quien se mostró devoto fiel toda su vida.

Fue una pena para todo el colegio. A su entierro asistieron todos los compañeros. Y muchos, durante largo tiempo, iban los días de vacación a comulgar, a rezar el oficio de la Santísima Virgen o la tercera parte del rosario por el eterno descanso del alma del amigo fallecido.

Mas Dios se dignó compensar esta pérdida con otro compañero de la misma virtud, pero aún más notable por sus obras. Este fue Luis Comollo, del cual hablaré en seguida.

«A patadas y bofetones»

Terminé, pues el año de humanidades (último de básica) con bastante éxito, en forma tal que mis profesores, especialmente el doctor Pedro Banaudi, me aconsejaron pidiera examen para pasar a filosofía; y lo aprobé; pero como me gustaba el estudio de las letras, pensé que me iría bien seguir los estudios con regularidad y hacer la retórica en el curso 1834-35.

Precisamente aquel año comenzaron mis relaciones con Comollo.

La vida de este excelente compañero ya fue escrita aparte, y la pueden leer todos cuando quieran. Anotaré aquí un hecho que fue ocasión de que le conociera entre los estudiantes de humanidades.

Se comentaba entre los alumnos de nuestro curso que en aquel año se nos añadiría un alumno santo. Y se decía que era sobrino del cura de Cinzano, sacerdote anciano y muy conocido por su santa vida. Yo deseaba conocer al joven, mas no sabía su nombre. Un suceso me lo puso al alcance.

Estaba muy en boga entonces el peligroso juego del fil derecho a la hora de entrar en la escuela. Los más disipados y menos amigos del estudio eran de ordinario los que más afición le tenían.

Hacía algunos días que veía a un tímido joven, como de unos quince años, que, al llegar a la escuela, escogía un lugar y, sin preocuparse del griterío de los demás, se ponía a leer o estudiar.

Un compañero insolente se le acercó, le tomó por un brazo y pretendía que también él se pusiera a saltar.

No sé – respondió el otro humildemente y mortificado. – No sé; nunca he jugado a estos juegos.

Pues has de venir. De lo contrario te obligaré yo a patadas y bofetones.

Puedes pegarme lo que quieras, pero no sé. No puedo y no quiero.

El mal educado y perverso condiscípulo, agarrándolo por el brazo, lo arrastró y le dio un par de bofetones, que resonaron por toda la escuela. Ante aquel espectáculo sentí hervir la sangre en mis venas. Esperaba que el ofendido, lógicamente, se vengase, tanto más cuanto que el ultrajado era mucho mayor que el otro en estatura y en edad. Pero cuál no fue mi maravilla cuando el joven desconocido, con la cara enrojecida y casi lívida, echando una mirada de compasión a su ofensor, le dijo solamente:

Si con esto te das por satisfecho, dalo por terminado. Yo te perdono.

 Aquel acto heroico dejó en mí ganas de saber su nombre: era Luis Comollo, sobrino del cura de Cinzano, de quien tantos encomios se habían oído.

¡Vaya garrote!

 Desde entonces le tuve por amigo íntimo, y puedo decir que de él aprendí a vivir como buen cristiano. Puse toda mi confianza en él, y él en mí. Nos necesitábamos mutuamente. Yo necesitaba su ayuda espiritual, y él la mía corporal. Comollo, por su gran timidez, nunca intentaba la propia defensa ni contra los insultos de los malos. Yo, en cambio, era temido por todos los compañeros, aún mayores de edad y estatura, por mi fuerza y coraje.

Lo había hecho patente un día con ciertos individuos que querían burlarse de Comollo y pegarle, lo mismo que a otro muchacho llamado Antonio Candelo, el caso clásico de chico bonachón. Quería yo intervenir en favor de ellos, y la ocasión no se hizo esperar. Viendo un día a aquellos inocentes maltratados, dije en alta voz:

¡Ay de los que se burlen de éstos!

Muchos de los más altos y descarados se juntaron en defensa común, amenazándome a mí mismo, al tiempo que sonaban dos bofetadas en la cara de Comollo. En aquel instante me olvidé de mí mismo. Echando mano, no de la razón, sino de la fuerza bruta, al no encontrar a mi alcance ni una silla ni un palo, agarré por los hombros a un condiscípulo y me serví de él como de un garrote para golpear a mis enemigos.

Cuatro cayeron tendidos por el suelo, y los otros huyeron gritando y pidiendo socorro.

Mas… ¡ay! En aquel momento entró en el aula el profesor, y, al ver por el aire brazos y piernas en medio de un vocerío de padre y muy señor mío, se puso a gritar dando bofetadas a derecha e izquierda.

Iba a descargar la tempestad sobre mí, pero hizo que le contaran antes la causa del jaleo. Entonces dispuso que se repitiera la escena o, mejor, la prueba de aquella mi fuerza. Rio el profesor, rieron todos los alumnos, y fue tal la admiración, que no se pensó más en el castigo que me había merecido.

«Estás tan atento en tratar a los hombres…»

Comollo me daba lecciones muy diferentes. Apenas pudimos hablar a solas me dijo:

Amigo mío, me espanta tu fuerza. Créeme, Dios no te la dio para destrozar a tus compañeros. Él quiere que nos amemos los unos a los otros, que nos perdonemos y devolvamos bien a los que nos hacen mal.

Admirado de la caridad de mi amigo, me puse en sus manos, dejándome guiar a donde quería y como quería.

De acuerdo con él y con mi amigo Garigliano, íbamos juntos a confesar, comulgar y hacer la meditación, la lectura espiritual, la visita al Santísimo y a ayudar la santa misa. Luis sabía insinuarse con tanta bondad, dulzura y cortesía que era imposible rechazar sus invitaciones. Recuerdo que un día, conversando con un compañero, pasé de largo por delante de una iglesia sin descubrirme la cabeza. Él me dijo en seguida con gracia:

 – Juan, estás tan atento en tratar a los hombres que te olvidas hasta de la casa del Señor.

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