SUEÑO 40. 1862. La serpiente y el Avemaría

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoEn su crónica particular escribe Don Provera en fecha corres­pondiente a la última semana de agosto: <<Don Bosco tuvo una nueva prueba de los continuos asaltos promovidos por el demonio contra las almas, de los perjuicios que ocasiona, de la necesidad de emplearse en continuas batallas para rechazarlo y arrancarle sus víctimas>>.

Un centenar de alumnos habían regresado de casa para prepa­rarse, después de los exámenes de reparación, al nuevo curso escolar. El 20 de agosto de 1862, después de rezadas las oraciones de la noche y de dar algunos avisos relacionados con el orden de la casa, el buen padre dijo: <<Quiero contarles un sueño que tuve hace algunas noches>>.

Tal vez se trata de la noche precedente a la festividad de la Asunción observa Don Lemoyne -.

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Soñé que me encontraba en compañía de todos los jóvenes en Castelnuovo de Asti, en casa de mi hermano. Mientras todos hacían recreo, viene hacia mí un desconocido y me invita a acompañarle. Le seguí y me condujo a un prado próximo al patio y allí me indicó entre la hierba una enorme serpiente de siete u ocho metros de longitud y de un grosor extraordinario. Horrorizado al contemplarla, quise huir.

No, no, – me dijo mi acompañante; – no huya; venga conmigo.

¡Ah!, – exclamé, – no soy tan necio como para exponerme a un tal peligro.

Entonces – continuó mi acompañante, – aguarde aquí.

Y seguidamente fue en busca de una cuerda y con ella en la mano volvió nuevamente junto a mí y me dijo:

Tome esta cuerda por una punta y sujétela bien; yo cogeré el otro extremo y me pondré en la parte opuesta y así la mantendre­mos suspendida sobre la serpiente.

¿Y después?

Después se la dejaremos caer sobre la espina dorsal.

¡Ah! No; por caridad. Pues ¡ay de nosotros si lo hacemos! La serpiente saltará enfurecida y nos despedazará.

No, no; déjeme a mí – añadió el desconocido – yo sé lo que me hago.

De ninguna manera; no quiero hacer una experiencia que me puede costar la vida.

Y ya me disponía a huir, cuando el tal insistió de nuevo, asegurándome que no había nada que temer; y tanto me dijo que me quedé donde estaba dispuesto a hacer lo que me decía.

El, entretanto, pasó del lado de allá del monstruo, levantó la cuerda y con ella dio un latigazo sobre el lomo del animal. La ser­piente dio un salto volviendo la cabeza hacia atrás para morder al objeto que la había herido, pero en lugar de clavar los dientes en la cuerda, quedó enlazada en ella mediante un nudo corredizo. Enton­ces el desconocido me gritó: <<Sujete bien la cuerda, sujétela bien, que no se le escape>>.

Y corrió a un peral que había allí cerca y ató a su tronco el ex­tremo que tenía en la mano; corrió después hacia mí, cogió la otra punta y fue a amarrarla a la reja de una ventana.

Entretanto la serpiente se agitaba, movía sus espirales y daba tales golpes con la cabeza y con sus anillas en el suelo, que sus carnes se rom­pían saltando en pedazos a gran distancia. Así continuó mientras tuvo vida; y, una vez que hubo muerto, sólo quedó de ella el esqueleto pelado y mondado.

Entonces, aquel mismo hombre desató la cuerda del árbol y de la ventana, la recogió, formó con ella un ovillo y me dijo: << ¡Preste atención! >>.

Metió la cuerda en una cajita, la cerró y después de unos mo­mentos la abrió. Los jóvenes habían acudido a mi alrededor. Mira­mos el interior de la caja y nos quedamos maravillados. La cuerda estaba dispuesta de tal manera, que formaba las palabras: ¡Ave Ma­ría!

Pero ¿cómo es posible? – dije – Tú metiste la cuerda en la cajita a la buena de Dios y ahora aparece de esa manera.

Mira – dijo él – la serpiente representa al demonio y la cuer­da el Ave María, o mejor, el Rosario, que es una serie de Avemarias con la cual y con las cuales se puede derribar, vencer, destruir a to­dos los demonios del infierno.

Hasta aquí – Don Bosco – llega la primera parte del sueño. Hay otra segunda parte más interesante para todos. Pero ya es tarde y por eso la contaremos mañana por la noche. Entretanto tengamos presente lo que dijo aquel desconocido respecto al Ave María y el Rosario. Recemos devotamente ante cualquier asalto de la tentación seguros de que saldremos siempre victoriosos. Buenas noches.

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Al día siguiente, que era 22 de agosto, le rogamos insistente­mente que si no quería hacerlo en público, al menos nos contase en privado la segunda Parte del sueño. Se resistía a condescender con nuestros deseos, mas después de reiteradas súplicas accedió y nos aseguró que por la noche continuaría el relato. Así lo hizo. Rezadas las oraciones, continuó:

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Dadas sus continuas peticiones, contaré la segunda parte del sue­ño. Si no todo, al menos les diré aquello que puedo referirles. Pero an­tes es necesario que señale una condición, a saber, que nadie escriba ni diga fuera de casa lo que voy a contar. Comentadlo entre Vosotros, tomadlo a risa si quieren, hagáis lo que os plazca, pero sólo entre Vosotros.

Mientras hablábamos el personaje aquel y yo sobre el significado de la cuerda y de la serpiente, me volví hacia atrás y vi algunos jóve­nes que cogiendo los pedazos de la carne de la serpiente, se los co­mían. Entonces les grité inmediatamente:

Pero ¿qué es lo que hacen? ¿Están locos? ¿No saben que esa carne es venenosa y que les hará mucho daño?

No, no – me respondían los jóvenes – está muy buena.

Pero, después de haberla comido, caían al suelo, se hinchaban y se tornaban duros como una piedra.

Yo no sabía darme paz, porque a pesar de aquel espectáculo, cada vez era mayor el número de los jóvenes que comían de aque­llas carnes. Yo gritaba al uno y al otro; daba bofetadas a éste, un puñetazo a aquél, intentando impedir que comiesen; pero era inútil. Aquí caía uno, mientras que allá comenzaba a comer otro. Entonces llamé a los clérigos en mi auxilio y les dije que se mezclaran entre los jóvenes y se organizaran de manera que ninguno comiera aquella car­ne. Mi orden no obtuvo el efecto deseado, sino que algunos de los mis­mos clérigos se pusieron también a comer las carnes de la serpiente cayendo al suelo al igual que los demás. Yo estaba fuera de mí cuando vi a mi alrededor a un tan gran número de muchachos tendidos por el suelo en el más miserable de los estados.

Me volví entonces al desconocido y le dije:

Pero ¿qué quiere decir esto? Estos jóvenes saben que esta car­ne les ocasiona la muerte, y con todo la comen. ¿Cuál es la causa?

Ya sabes que animalis homo non pércipit ea quae Dei sunt.

Pero ¿no hay remedio para que estos jóvenes vuelvan en sí?

Sí que lo hay.

¿Y cuál sería?

No hay otro más que el yunque y el martillo.

¿El yunque? ¿El martillo? ¿Y cómo hay que emplearlos?

Hay que someter a los jóvenes a la acción de ambos instru­mentos.

¿Cómo? ¿Acaso debo colocarlos sobre el yunque y luego gol­pearlos con el martillo?

Entonces mi compañero, explicando su pensamiento, dijo:

Mira: el martillo significa la Confesión; el yunque, la Comu­nión; es necesario hacer uso de estos dos medios.

Puse manos a la obra y comprobé que eran los indicados unos remedios eficacísimos, aunque para algunos resultasen inútiles; tales eran los que no hacían buenas confesiones.

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Cuando los jóvenes se hubieron retirado a los dormitorios – continúa Don Provera – pregunté a Don Bosco por qué sus órde­nes a los clérigos de que impidiesen a los jóvenes comer las carnes de la serpiente no habían conseguido el efecto deseado. El siervo de Dios me respondió: <<No todos obedecieron; por el contrario, vi a algunos de los clérigos, como ya dije, comer también de aquellas carnes>>.

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