Capítulo 21: Sus pensamientos sobre la muerte y como se preparó santamente a ella

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEl que ha leído lo que hasta aquí hemos escrito sobre el joven Domingo Savio habrá echado de ver que toda su vida fue ya una continua preparación para la muerte. Consideraba la Compañía de la Inmaculada como un medio eficaz para asegurarse la protección de la Virgen en trance de muerte. Todos preveían que la de Savio no iba a tardar.

No sé si Dios le reveló el día y las circunstancias, o si sólo tuvo un piadoso presentimiento, lo cierto es que habló de ella mucho antes de que llegara, y lo hizo con tal precisión de circunstancias, que mejor no hubiese podido hacerse después de su misma muerte.

En vista de su mal estado de salud, se le prodigaron toda clase de cuidados para frenarle un tanto en sus estudios y en los ejercicios de piedad; con todo, bien por su natural debilidad o por otras incomodidades personales, o por la continua tensión de su espíritu, el caso es que las fuerzas le iban disminuyendo de día en día. El mismo se daba cuenta y exclamaba a veces: <<Tengo que correr, de lo contrario la noche me va a sorprender en el camino>>.

Quería decir que el tiempo que le quedaba era poco y que, por lo mismo, tenía que andar con diligencia a la hora de las buenas obras, antes de que le sobreviniese la muerte.

Se acostumbra en el Oratorio a hacer una vez al mes el ejercicio de la buena muerte. Consiste en acercarse a los sacramentos de la confesión y a la comunión como si se tratase de los últimos de la vida.

El sumo pontífice Pío IX, en su, bondad, se dignó enriquecer estas prácticas con muchas indulgencias. Domingo practicaba este ejercicio con tal recogimiento, que no cabía pensar en otro mayor. Al fin de la sagrada función se suele rezar un Padrenuestro por aquel de los presentes que muera primero. Un día Domingo, chanceándose, dijo: <<En vez de decir por el que muera primero, que digan por Domingo Savio, que será el primero en morir>>.

Y esto lo repitió varias veces.

A fines de abril del año 1856, se presentó Domingo al director y le preguntó qué debía hacer para celebrar santamente el mes de María.

Podrías celebrarlo – le respondió-, cumpliendo exactamente tus deberes y contando cada día a tus compañeros un ejemplo edificante en honor de María; procura conducirte, además, de tal modo, que cada día puedas recibir la santa, comunión.

Trataré de hacerlo puntualmente; pero ¿qué gracia he de pedirle?

Le pedirás a la Virgen Santísima que te alcance de Dios salud y gracia para hacerte santo.

Que me ayude a hacerme santo y que me ayude a tener una santa muerte; y que en los últimos momentos de mi vida me asista y me conduzca al cielo.

Y, en efecto, mostró Domingo tanto fervor en aquel mes, que parecía un ángel vestido de carne humana. Si algo escribía, era sobre María; si estudiaba, cantaba o iba a clase, todo lo hacía en honor de María, y siempre tenía a punto un ejemplo para referirlo durante el recreo en este o aquel corrillo de compañeros.

Le dijo un día uno de éstos:

Si todo te lo haces este año, ¿qué te va a quedar para el que viene?

Eso corre de mi cuenta; – respondió – este año quiero hacer todo lo que pueda, y el venidero, si aún vivo, ya te lo diré.

Intenté poner en juego todos los medios para hacerle recuperar la salud y dispuse que se sometiera a una consulta de médicos. Todos admiraron su jovialidad de carácter, su agilidad mental y la madurez de juicio que mostraba en sus respuestas El doctor Francisco Vallauri, de feliz memoria, uno de los que intervino en la consulta, exclamó profundamente admirado: << ¡Qué perla de muchacho! >>.

¿Cuál es el origen de la enfermedad que lo va consumiendo día tras día? – Pregunté.

Su complexión delicada, el precoz desarrollo de su inteligencia y la continua tensión de su espíritu son como limas que van desgastando insensiblemente sus fuerzas vitales.

¿Y cuál es el mejor medio de curarlo?

Lo mejor será dejarlo ir al paraíso, pues se le ve estar muy preparado; más lo único que podría prolongarle la vida sería alejarle enteramente de los estudios por algún tiempo y entretenerle en ocupaciones materiales adecuadas a sus fuerzas.

De aquí en adelante, es decir, «en los últimos nueve meses», domina en Domingo el presentimiento del no lejano fin. El mes de mayo que precedió a estos nueve meses fue, cual ninguno, un mes de fervores marianos. Según Anfossi (SP 147), pertenece al mayo de 1856 el simpático episodio del altarcito en el dormitorio con el ofrecimiento de un libro a falta de dinero (c. 13). Unas palabras del Card. Cagliero nos demuestran el empeño general de los jóvenes del Oratorio en hacer bien aquel mes de María y la parte que en ello tuvo Domingo (SP 136): <<Recuerdo que durante el mes de María había en él un verdadero empeño de piedad y devoción hacia la Santísima Virgen, procurando que en cada clase y en cada dormitorio se construyera un altarcito adornado de flores, con su correspondiente lamparilla que ardiera noche y día, símbolo del amor que ardía en su corazón. El aceite se adquiría con pequeñas ofertas de los alumnos. Aquel mes todas sus conversaciones versaban sobre la bondad y las virtudes de la Virgen; y, por iniciativa suya, cada domingo por la noche uno se encargaba de tejer, en su respectivo dormitorio, las glorias de María>>. Esto confirma el testimonio ya citado de don Francesia sobre el movimiento de fervor mariano suscitado en este tiempo por obra de Domingo.

¿Cuándo fue la consulta de médicos? Podemos deducirlo por la mención que hace Don Bosco de uno de ellos, el doctor Vallauri. Este insigne bienhechor del Oratorio falleció el 13 de julio de 1856; de aquí que la consulta pudiera haber sido en junio. El consejo de los médicos fue «alejarle enteramente de los estudios durante algún tiempo y entretenerle en ocupaciones materiales». No cabe duda de que Don Bosco cumpliría esta prescripción, tanto más que o habían comenzado o estaban para comenzar las vacaciones.

El doctor Vallauri, excelente médico y óptimo cristiano, excluyó, al decir de don Francesia (SP 24), que el régimen de mortificación hubiese perjudicado a su salud; atribuía la enfermedad a un gran amor a Dios. Añade Cagliero (SP 60) que no enfermó ni siquiera «por exceso de aplicación al estudio», pues el joven, «vivió siempre obediente y ordenado bajo la paternal vigilancia de Don Bosco, que le prohibió toda exageración o cosa dañosa». También don Rúa (SP 114) recuerda «la vigilante atención que para con él tenía Don Bosco, el cual, conociendo su espíritu de obediencia, se informaba a menudo de su salud y del modo de conducirse en cuanto a la comida y al descanso».

En resumen, enfermedad específica no parece que la hubiera, según resulta del juicio de los doctores.

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