Capítulo 07: La Sociedad de la Alegría

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoAprende por sí mismo

 En estas cuatro primeras clases aprendí, bien que a mi costa, a tratar con los compañeros.

Yo les tenía divididos en tres categorías: buenos, indiferentes y malos. A estos últimos debía evitarlos del todo y siempre, apenas los localizara. Con los indiferentes bastaba un trato de cortesía y convivencia. Con los buenos podía entablar amistad, siempre y cuando fueran verdaderamente tales.

Como en la ciudad no conocía a ninguno, me impuse la regla de no tener familiaridad con nadie. Sin embargo, hube de luchar, y no poco, con los que no conocía del todo. Unos se empeñaban en llevarme al teatro, otros al juego, algunos a nadar. Incluso a robar fruta por los huertos o en el campo. Hasta hubo un descarado que me aconsejó que robara a mi patrona un objeto de valor para comprarnos caramelos.

Me fui liberando de aquella caterva de desgraciados, huyendo totalmente de su compañía tan pronto como los descubría. De ordinario respondía que mi madre me había confiado a mi patrona y que por el mucho cariño que mi madre le tenía, yo no quería ir a ninguna parte ni hacer nada sin el consentimiento de la buena Lucía, que ése era su nombre.

Mi fiel obediencia a la señora Lucía me resultó útil; porque por ello me confió con gran placer a su único hijo, de carácter vivaracho, muy amigo de jugar y poco de estudiar. Me encargó le repasara las lecciones, aun cuando era de un curso superior al mío.

Yo me preocupé de él como de un hermano. Por las buenas, con algún regalillo, con entretenimientos caseros y, sobre todo llevándolo a las funciones religiosas, le hice bastante dócil, aplicado y obediente, al extremo de que, al cabo de seis meses, era ya tan bueno y aplicado que complacía al profesor hasta el punto de obtener premios de honor en la clase. La madre quedó tan satisfecha que, en pago, me perdonó del todo la pensión mensual.

Capitán de un pequeño ejército

 Y como quiera que los compañeros que querían arrastrarme al desorden eran los más descuidados en sus deberes, también ellos empezaron a venir conmigo, para que hiciera el favor de dictarles o prestarles los apuntes escolares.

Disgustó tal proceder al profesor, pues mi equivocada benevolencia favorecía su pereza. Y me lo prohibió severamente.

Acudí entonces a un medio más ventajoso, es decir. explicarles las dificultades y ayudar también a los más atrasados. Así agradaba a todos y me ganaba el bien querer y el cariño de los compañeros. Empezaron a venir para jugar, luego para oír historietas y para hacer los deberes escolares y, finalmente, venían porque sí, como los de Morialdo y Castelnuovo.

Para darles algún nombre, acostumbrábamos a denominar aquellas reuniones Sociedad de la Alegría. El nombre venía al pelo, ya que era obligación estricta de cada uno buscar buenos libros y suscitar conversaciones y pasatiempos que pudieran contribuir a estar alegres. Por el contrario, estaba prohibido todo lo que ocasionara tristeza, de modo especial las cosas contrarias a la ley del Señor. En consecuencia, era inmediatamente expulsado de la Sociedad el blasfemo, el que pronunciase el nombre de Dios en vano o tuviera conversaciones malas.

Así colocado a la cabeza de una multitud de compañeros, se pusieron de común acuerdo estas bases:

  • Todo miembro de la Sociedad de la Alegría debe evitar toda conversación y toda acción que desdiga de un buen cristiano.
  • Exactitud en el cumplimiento de los deberes escolares y religiosos.

Todo esto contribuyó a granjearme el aprecio, al extremo de que en 1832 mis compañeros me honraban como a capitán de un pequeño ejército. Me reclamaban por todas partes para animar las diversiones, hacerme cargo de alumnos en sus propias casas, y también para dar clase y hacer repasos a domicilio.

De este modo me facilitaba la divina Providencia la adquisición de cuanto necesitaba para ropas, objetos de clase y demás, sin ocasionar ninguna molestia a mi familia.

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