Capítulo 20: Gracias especiales y hechos extraordinarios

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioHasta aquí he referido cosas que no ofrecen nada de extraordinario, a no ser que llamemos extraordinaria una conducta normalmente buena, que siempre fue perfeccionándose con una vida inocente, con obras de penitencia y ejercicios de piedad. También se podrían llamar extraordinarias su fe viva, su firme esperanza, su inflamada caridad y la perseverancia en el bien hasta el fin de la vida.

Pero debo exponer ahora gracias especiales y algunos hechos no comunes que a lo mejor sean objeto de alguna crítica, por cuya razón juzgo oportuno hacer notar al lector que cuanto aquí refiero tiene completa semejanza con hechos referidos en la Biblia y en la vida de los santos; refiero lo que he visto con mis propios ojos, y aseguro que escribo escrupulosamente la verdad, remitiéndome enteramente al juicio del discreto lector.

He aquí lo ocurrido:

Muchas de las veces que Domingo iba a la iglesia, especialmente en los días que recibía la santa comunión o estaba expuesto el Santísimo Sacramento, se quedaba como, arrobado de suerte que, si no se le llamaba para cumplir sus deberes, de ordinario permanecía allí por muy largo tiempo. Acaeció, pues, que cierto día no apareció en el desayuno ni en clase, ni siquiera a la hora de la comida, sin que nadie pudiese decir dónde se encontraba; tampoco estaba en el estudio ni en la cama. Se informó lo que pasaba al director de la casa, y se le ocurrió a éste que estaría en la iglesia, como en otras ocasiones había acontecido. Efectivamente; va a la iglesia, se dirige al coro y lo halla allí, inmóvil como una estatua. Tenía un pie sobre otro y apoyada una mano sobre el atril del antifonario, mientras que la otra la tenía junto a su pecho. Su rostro estaba dirigido hacia el sagrario y fijo en él. Le llama, y no responde. Le sacude, y entonces se vuelve para mirarle, y exclama:

¡Ah! ¿Ya se ha acabado la misa?

Mira – le dice el director, presentándole el reloj -, ya son las dos.

Entonces pidió perdón de aquella trasgresión de las reglas de la casa, y el director le mandó a comer, diciéndole:

Si alguien te pregunta de dónde vienes, dile que de cumplir una orden mía.

Esto le dijo para evitar las preguntas importunas que le harían sin duda sus compañeros.

Otro día acababa yo de dar gracias después de la misa; ya iba a salir de la sacristía, cuando oí en el coro una voz como de uno que dialogaba. Voy a ver, y hallo a Domingo que hablaba y luego callaba, como si diese lugar a contestación; entre otras cosas entendí claramente estas palabras: <<Sí, Dios mío, os lo he dicho y os lo vuelvo a repetir: os amo y quiero seguir amándoos hasta la muerte. Si veis que he de ofendemos, mandadme la muerte; sí, antes morir que pecar>>.

Le pregunté qué hacía en aquellos instantes, y él, con toda sencillez, me respondió:

¡Pobre de mí! Es que a veces me asaltan tales distracciones que me hacen perder el hilo de mi oración, y me parece ver cosas tan bellas que se me pasan las horas en un instante.

Un día entró en mi cuarto y me dijo:

Pronto, venga conmigo, que se ofrece ocasión de hacer una obra buena.

¿A dónde quieres llevarme? -le pregunté.

Vamos, pronto. – añadió – Vamos en seguida.

No me decidía del todo. Pero como él insistiese, y como yo hubiera experimentado en otras ocasiones la importancia de estas invitaciones, condescendí. Le sigo, sale de casa, se dirige por una calle adelante, y luego por otra, sin detenerse ni decir palabra. Al fin se para; sube una escalera, llega al tercer piso y agita fuertemente la campanilla.

Aquí es donde usted tiene que entrar – me dijo, y se marchó sin más.

Se abre la puerta.

¡Oh! ¡Pronto! – me dicen- de lo contrario no va a haber tiempo. Mi esposo tuvo la desgracia de hacerse protestante. Ahora se encuentra en trance de muerte y pide, por piedad, morir como buen católico.

Me dirigí en seguida al lecho del enfermo, que mostraba grandes deseos de reconciliarse con Dios, y, arreglados con la mayor presteza los negocios del alma, llegó el cura de la parroquia de San Agustín, que había sido llamado poco antes, y apenas le hubo administrado el sacramento de los enfermos con una sola unción, el enfermo pasó a mejor vida.

Más tarde quise preguntar a Domingo cómo había sabido que en aquella casa había un enfermo, pero a él le dolió mi pregunta y se echó a llorar. Desde entonces jamás se lo volví a preguntar.

La inocencia de vida, el amor a Dios, el deseo de las cosas celestiales había elevado de tal modo el espíritu de Domingo que bien se puede decir que estaba habitualmente absorto en Dios. A veces interrumpía el recreo, dirigía a otra parte su mirada y se ponía a pasear a solas. Preguntándole por qué dejaba así a sus compañeros, respondía: <<Me sobrecogen esas benditas distracciones. Me parece que sobre mi cabeza se abre el cielo, y tengo que apartarme de mis compañeros por no decir cosas que tal vez se tomarían a broma>>.

Otro día se hablaba durante el recreo del gran premio que Dios tiene preparado a los que conservan la estola de la inocencia; y, entre otras cosas, decían: <<Los inocentes son los que en el cielo están más cerca del Salvador y le cantan especiales himnos de gloria por toda la eternidad>>. Bastó esto para levantar su espíritu a Dios y para que quedase inmóvil, abandonándose como muerto en brazos de uno de los presentes.

Tales arrobamientos le sucedían en el estudio, mientras iba a clase y volvía de ella y aun durante la misma clase. Hablaba muy a menudo del sumo pontífice, dando a entender cuán grande era su deseo de poderle ver antes de morir, y aseguró repetidas veces que tenía cosas de gran importancia que comunicarle.

Como repitiera a menudo estas palabras, le pregunté que era aquello de tanto importancia para decir al papa.

Si pudiera hablar con él le diría que, en medio de las grandes tribulaciones que le aguardan, no deje de trabajar con particular solicitud por Inglaterra. Dios prepara un gran triunfo en aquel reino.

¿Y en qué te fundas para decirlo?

Se lo diré, pero no quisiera que hablara usted de esto a otros, porque me expondría a que se burlasen de mí. Con todo, sí va a Roma, dígaselo a Pío IX. Oiga, pues: «Una mañana, mientras daba gracias después de la comunión, me sobrevino una fuerte distracción, y me pareció ver una vastísima llanura llena de gente y envuelta en densas tinieblas. Caminaban, pero como quien perdió el camino y no ve dónde fija las plantas.

Esta región – me dijo uno que estaba a mi lado – es Inglaterra; iba a preguntarle otras cosas cuando vi al Sumo Pontífice Pío IX tal como lo había contemplado en algunos cuadros. Vestía majestuosamente y, llevando en sus manos una antorcha esplendorosa, avanzaba entre aquella inmensa muchedumbre de personas.

A medida que iba avanzando, las tinieblas desaparecían con el resplandor de la antorcha, y la gente quedaba inundada de tanta luz como en pleno mediodía». «Esta luz – me dijo el amigo – es la religión católica, que debe iluminar Inglaterra>>.

En el año 1858, cuando yo fui a Roma, referí esto al sumo pontífice, el cual me escuchó con bondad y agrado.

Esto – dijo el papa – me confirma en el propósito de trabajar infatigablemente en favor de Inglaterra, que ya es el objeto de todas mis solicitudes. Este relato, si es que no es algo más, lo he de tomar, por lo menos, por consejo de un alma piadosa.

Omito otros hechos semejantes, dándome por satisfecho con los narrados, y dejo a otros que los publiquen cuando lo crean conveniente para mayor gloria de Dios.

En este capítulo, Don Bosco da a conocer algunos dones carismáticos o gracias sobrenaturales que son muestra ordinaria de la santidad. Para juzgar rectamente la seriedad de cuánto va expuesto puede ayudarnos esta declaración de don Rúa (SP 323): <<Domingo, dada su humildad, observaba diligentemente aquel aviso: Bueno es ocultar el secreto del rey. Por esto, que yo sepa, jamás habló con nadie de sus dones sobrenaturales, excepto con su director espiritual, a quien, por obediencia y, más aún, por su gran confianza, no se lo podía ocultar A más de los aquí consignados, otros hechos extraordinarios acontecieron, omitidos en la Vida, pero que Don Bosco advierte ya que los ha dejado escritos aparte>>. Atesta y afirma Cagliero (SP 23): <<Sé también que Don Bosco dejó otras memorias de hechos extraordinarios de este santo jovencito que no han podido ser halladas>>.

Cuanto al hecho del hereje moribundo, la hermana, en el proceso, después de contarlo, añade (SP 319): <<Cuando Don Bosco me contó este hecho, añadía que jamás había podido comprender cómo el siervo de Dios hubiese sabido guiarle en la oscuridad de la noche a través de las calles de Turín, que ciertamente debían de serle desconocidas. Y concluía diciendo: ¡Se ve que Domingo era un jovencito santo que sabía muchísimo más de lo que parecía! >>.

Otro hecho análogo, omitido por Don Bosco, pero atestiguado en los procesos, es éste. Dice Don Bosco que cuando se dejó llevar a la cabecera de aquel moribundo, condescendió porque <<ya otras, veces había experimentado la importancia de aquellas invitaciones>>. Una de ellas fue el 8 de septiembre de 1855. Don Bosco se la contó a Cagliero y a algunos otros. Domingo, en compañía de otros compañeros, se ofreció a Don Bosco para asistir a los atacados de cólera morbo, que de nuevo había hecho su aparición. Un día se detuvo ante una casa de la calle Cottolengo, preguntó al dueño si había alguna persona atacada de cólera, y como el dueño respondiera negativamente, Domingo insistió y rogó, por favor, que lo mirara atentamente, porque en la casa tenía que haber una enferma.

Y tenía razón. Una pobre mujer iba a trabajar a la casa de la mañana a la noche, y el dueño había puesto a su disposición un cuartucho en el desván, donde dejaba su ropa, y comía. La noche anterior no bajó como solía, pero nadie había reparado en ello. Asaltada allí por el cólera, ni fuerzas tenía para pedir socorro. El dueño, cediendo a las instancias del joven, le hizo visitar toda la casa, hasta que, al llegar a aquel tugurio, encontró a la pobre mujer moribunda. En seguida llamaron a un sacerdote, el cual apenas si tuvo tiempo de confesarla y administrarle la extremaunción.

Durante el proceso, su hermana Teresa dio detallado testimonio de uno de los hechos omitidos por Don Bosco. Dijo así:

<<Ya desde pequeña oí contar a mi padre y a mis parientes y vecinos un hecho que nunca pude olvidar. Un día mi hermano Domingo, ya alumno de Don Bosco, se presentó a su director y le dijo:

– ¿Quiere hacerme un favor? Deme un día de permiso.

– ¿A dónde quieres ir?

– A casa, porque mi madre está muy delicada y la Virgen la quiere curar.

– ¿Quién te lo ha dicho? ¿O, es que te han escrito?

– No, nadie me ha dicho nada. Pero yo lo sé igualmente.

Don Bosco, que ya conocía la virtud de Domingo, concedió importancia a sus palabras y le contestó: <<Puedes irte en seguida. Aquí tienes el dinero para el viaje hasta Castelnuovo. Desde ahí, hasta Mondonio, ya no hay combinación. Tendrás que ir a pie. Pero si encuentras algún vehículo ahí tienes dinero suficiente>>.

Y marchó.

Mi madre, alma de Dios, se encontraba en un momento muy apurado, sufriendo dolores indecibles. Las vecinas, siempre prontas para aliviar estos sufrimientos, no sabían qué hacer. El trance era serio. Mi padre entonces se decidió a ir a Buttigliera de Asti en busca del doctor Girola. Llegaba ya al cruce del camino que lleva a Buttigliera cuando se encontró con mi hermano Domingo, niño aún, que venía a Mondonio. Mi padre, sobresaltado, le pregunta:

– ¿A dónde vas?

– Voy a ver a mamá, que está enferma.

Mi padre, que no hubiera querido verle entonces en Mondonio, le respondió: <<Antes pasa por Ranello, por casa del abuelo>>. (Ranello es una aldehuela entre Castelnuovo y Mondonio). Y dicho, esto se marchó en seguida, por la prisa que tenía.

Mi hermano, impulsado, ciertamente, por una fuerza interior, llegó a mi casa. Mi madre, en cuanto lo ve, le saluda, pero se apresura a decirle: <<Ve hijo mío; vete ahora con estos vecinos. Más tarde te llamaré>>.

Pero Domingo no se da por enterado. Salta rápidamente sobre la cama, abraza fuertemente a la madre, la besa y exclama: <<Ahora me voy, pero antes quería abrazarte>>.

Y, en efecto, se retiró en seguida. Apenas Domingo la dejó, cesaron sin más, los dolores de la madre. Cuando el doctor llegó con el padre, ya estaba todo resuelto. Con gran maravilla supieron que mamá, apenas le había abrazado su hijo, se había puesto mejor. Entretanto, mientras los vecinos la atendían con mil cuidados, le vieron al cuello una cinta verde, a la cual estaba unido un pedacito de seda doblado y cosido como un escapulario. Entonces comprendieron todos que mi hermano, al abrazarla, le había puesto al cuello aquella cinta. Mi madre, mientras vivió, llevó siempre encima aquella preciada reliquia, que había sido su salvación.

Domingo, cuando llego al colegio, se presentó en seguida a Don Bosco para agradecerle el permiso recibido, y añadió: <<Mi madre está perfectamente bien. La ha curado la Virgen que le he puesto al cuello>>.

«Meses más tarde, antes de morir Domingo, volviendo a abrazar a mamá, le dijo:

-Aquel escapulario que le puse al cuello cuando estaba en peligro, le recomiendo que lo conserve y lo preste a las mujeres que se encuentren en su estado. Préstelo de balde, sin pretender ganancia; como la salvó a usted, salvará a las demás.

Yo sé que tanto mi madre -sigue hablando Teresa-, mientras estuvo en vida, como los demás de la familia después, tuvieron ocasión de prestar el escapulario a mujeres de Mondonio y de los pueblos circunvecinos, y siempre oí decir que se vieron eficazmente ayudadas.

Yo misma he aprovechado aquella cinta querida. Mi hermana, que había venido expresamente a Turín para atenderme; mi marido, las amigas y los vecinos todos, estaban con gran ansiedad por mi vida; pero esta mi hermana escribió en seguida a mi hermano Juan para que buscase la preciosa reliquia; él se puso en movimiento, fue de pueblo en pueblo, hasta que logró dar con el sagrado recuerdo. Cuando me lo pusieron al cuello, me encontraba tan postrada de fuerzas que nadie tenía la menor esperanza de mi curación; pero bastó la presencia de aquel lazo y escapulario para que al instante recobrase la salud y la vida. Este objeto milagroso fue tan solicitado, entró en tantas casas, estuvo puesto sobre el pecho de tantas madres que se hallaban en peligro de muerte, que ya no me ha sido devuelto, lo que para mí constituye una verdadera contrariedad>>.

Esta relación, que se conserva en el Archivo de la Sociedad Salesiana, fue transcrita y dirigida por la interesada a Pío X el bula postulatoria del 27 de febrero de 1912. En el proceso, en un interrogatorio suplementario de noviembre de 1915, hizo ella amplia exposición del hecho, añadiendo algún detalle más; por ejemplo, que su hermano Juan le llevó el escapulario a las diez del 31 de diciembre de 1877.

La sorprendente visita de Domingo a su madre tuvo lugar el 12 de septiembre de 1856. Es la fecha del nacimiento de su hermana Catalina. Por este rasgo de amor filial, Domingo es invocado por las madres a punto de dar a luz.

El hecho más notable de este capítulo 20 es el éxtasis eucarístico de seis horas. Don Bosco, único testigo, lo reveló tan sólo después de la muerte de Domingo.

Punto muy importante es también el que trata de Inglaterra. Pío IX había establecido allí la jerarquía católica en 1850. Fue un acontecimiento del que no se acababa de hablar, augurando el retorno de la isla de los santos al seno de la Iglesia romana. Ciertamente que la imaginación corría demasiado; pero no es menos cierto que, a partir de entonces, las conversiones fueron multiplicándose cada vez más, de lo cual Don Bosco no dejaba de informar a sus hijos. En aquel clima de ardientes esperanzas floreció la visión del santo.

Don Bosco había ya manifestado su intención de ir a Roma, como lo recuerda don Rúa (SP 126). El «gran triunfo» no debía ser necesariamente un gran golpe de escena; pero puede decirse que se vislumbraba ya en el horizonte el crecido número de conversiones. Y ¡qué conversiones! Los católicos ingleses, que a comienzo del siglo XIX eran unos 160.000, alcanzan hoy el número de tres millones.

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