Capítulo 06: Las escuelas de Chieri: tres cursos en un año

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoVolver a empezar desde el principio

 Después de perder tanto tiempo, finalmente se tomó la decisión de que fuera a Chieri para dedicarme seriamente al estudio. Era el año 1831 (3 de noviembre). Quien se ha criado entre bosques y no ha visto más que un pueblecillo provinciano, queda muy impresionado ante cualquier novedad. Estaba de huésped en casa de una paisana: Lucía Matta, viuda con un solo hijo, la cual vivía en aquella ciudad para atenderle y vigilarle.

La primera persona a quien conocí fue al sacerdote don Eustaquio Valimberti, de santa memoria. Él me dio muchos y buenos consejos para mantenerme alejado de los peligros. Me invitaba a ayudarle a misa, lo que le daba ocasión para hacerme algunas sugerencias. El mismo me presentó al delegado de estudios de la escuela, y me hizo trabar conocimiento con otros profesores.

Como los estudios hechos hasta entonces eran de todo un poco, que equivalían a casi nada, me aconsejaron entrar en la clase sexta (que hoy correspondería a un cuarto de básica).

El maestro de entonces, don Valeriano Pugnetti, también de grata memoria, tuvo para conmigo mucha caridad. Me ayudaba en la escuela, me invitaba a ir a su casa y, compadecido de mi edad y de mi buena voluntad, no ahorraba nada de cuanto pudiera ayudarme.

Por mi edad y mi corpulencia (dieciséis años cumplidos) parecía un pilastrón en medio de mis compañeros, aún niños.

Ansioso de sacarme de aquella situación, después de estar dos meses en la clase sexta y habiendo conquistado el primer puesto, fui admitido a examen para pasar a la clase quinta.

Entré con gusto en la nueva clase, porque los condiscípulos eran algo mayores y tenía además como profesor al querido don Eustaquio Valimberti.

Dos meses después, tras haber logrado varias veces ser el primero de la clase, fui admitido a otro examen por vía de excepción, y pasé así a la clase cuarta (que correspondería al sexto de básica).

El profesor de esta clase era José Cima, hombre severo en la disciplina. Cuando vio comparecer en su aula, a mitad de curso, a un alumno tan alto y corpulento como él, dijo bromeando delante de todos: <<He aquí un enorme talento o un topo. ¿Qué opináis? >>.

Aturdido ante tal presentación, respondí: <<Algo de las dos cosas. Un pobre muchacho que tiene buena voluntad para cumplir su deber y progresar en los estudios>>.

Estas palabras fueron de su agrado y respondió con insólita afabilidad:  <<Si usted tiene buena voluntad, ha caído en buenas manos; no le dejaré sin trabajo.

Anímese y, si alguna dificultad encuentra, dígamelo en seguida, que yo se la allanaré>>. Se lo agradecí de corazón.

Un día me olvidé un libro

 Hacía dos meses que estaba en aquella clase cuando ocurrió un pequeño incidente que dio algo que hablar sobre mí. Explicaba un día el profesor la vida de Agesilao, escrita por Cornelio Nepote. Aquel día no tenía yo mi libro y, para disimular mi olvido, sostenía abierto ante mí el Donato.

Los compañeros se dieron cuenta de ello. Empezó uno a reír, siguió otro, hasta que cundió el desorden en la clase.

¿Qué sucede? – dijo el profesor – ¿qué sucede? Díganlo en seguida.

Y como todas las miradas se dirigiesen hacia mí, me mandó hacer la construcción gramatical del párrafo y repetir su misma explicación. Me puse de pie y, siempre con la gramática en la mano, repetí de memoria el texto, la construcción gramatical y la explicación. Los compañeros, casi instintivamente, aplaudieron, entre gritos de admiración.

Imposible explicar el furor del profesor, ya que era aquélla la primera vez en que, según él, le fallaba la disciplina. Me largó un pescozón, que esquivé agachando la cabeza. Después, con la mano sobre mi Donato, hizo explicar a los vecinos la razón de aquel desorden. Ellos dijeron:

Bosco, con el Donato en las manos, ha leído y explicado como si tuviera el libro de Cornelio Nepote.

Reparó el profesor en el libro sobre el que había apoyado la mano, me hizo continuar la «lectura» dos períodos más y después me dijo:

Le perdono su olvido por su feliz memoria. Es usted afortunado. Procure servirse bien de ella.

Al fin de aquel año escolar, 1831-32, pasé, con buenas calificaciones, al tercer curso (séptimo de EGB).

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