Capítulo 19: Su amistad con Juan Massaglia

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioMás largas e íntimas fueron las relaciones de Domingo con Juan Massaglia, de Marmorito, pueblo poco distante de Mondonio. Vinieron ambos contemporáneamente al Oratorio; eran de pueblos vecinos y ambos tenían deseos de abrazar el estado eclesiástico y firme propósito de santificarse.

No basta, – decía cierto día Domingo a su amigo -, no basta decir que queremos abrazar el estado eclesiástico, es menester tratar de conseguir las virtudes necesarias para este estado.

Verdad es; – respondió su amigo – pero si ponemos de nuestra parte todo lo que podemos, Dios no dejará de darnos las gracias y las fuerzas para hacernos dignos de favor tan grande como es el de ser ministros de Jesucristo.

Llegado el tiempo pascual, hicieron, como los demás jóvenes, los ejercicios espirituales con gran edificación de todos. Acabados los ejercicios, dijo Domingo a su compañero: <<Quiero que seamos amigos, verdaderos amigos y para conseguirlo, de ahora en adelante en las cosas del alma, hemos de ser el uno monitor del otro en cuanto pueda contribuir a nuestra aprovechamiento espiritual. Pues bien, si adviertes alguna imperfección en mí, me deberás avisar para que pueda enmendarme, y si ves que está a mi alcance alguna obra buena, no dejes de indicármelo>>.

Con mucho gusto lo haré, aunque veo que no lo necesitas; pero tú sí que has de hacer eso conmigo, pues sabes que por mi edad, mis estudios y mis circunstancias me encuentro expuesto a mayores peligros que tú.

Dejémonos de cumplidos y ayudémonos mutuamente a santificamos.

Desde entonces Domingo y Massaglia fueron unos auténticos amigos, y su amistad fue duradera, por fundarse en la virtud, puesto que trabajaban a porfía en ayudarse con el ejemplo y los consejos para evitar el mal y practicar el bien.

Al terminar el año escolar y pasados los exámenes, se dio permiso a los alumnos de la casa para que fuesen a pasar las vacaciones con sus padres o con otra persona de la familia.

Algunos, estimulados por el deseo de adelantar en los estudios y atender a los ejercicios de piedad, prefirieron quedarse en el Oratorio; entre éstos estaban Savio y Massaglia. Sabiendo yo con qué ansias los esperaban sus padres y la necesidad que tenían de restablecer sus fuerzas, les dije: << ¿Cómo es que no vais algunos días con vuestros padres? – ellos, entonces, en vez de contestarme, se echaron a reír – ¿Qué queréis decir con esas risas? >>.

– Ya sabemos – respondió Domingo – que nuestros padres nos aguardan con ilusión; también nosotros los queremos a ellos e iríamos de buena gana a visitarlos. Pero el pajarito, mientras está en la jaula, no goza de libertad, es cierto; más, en cambio, vive seguro de las garras del halcón. Fuera de la jaula vuela, sí, por donde quiere, pero al instante menos pensado es presa del halcón infernal>>.

Con todo, y en bien de su salud, juzgué muy conveniente enviarlos a pasar algunos días en sus casas.

Accedieron, mas sólo por obediencia, y sólo permanecieron estrictamente el tiempo que se les había fijado.

Si quisiera escribir los ejemplos de virtud de Massaglia, sería menester repetir muchas de las cosas dichas sobre Domingo Savio, a quien él imitó fielmente mientras vivió. Gozaba de una buena salud y daba excelentes esperanzas en los estudios. Concluido el curso de humanidades, rindió exámenes con muy buen resultado y vistió el hábito clerical. Pero ese hábito que tanto apreciaba apenas si pudo llevarlo por algunos meses. Enfermó de un catarro que no parecía más que un ligero resfriado, por lo que ni siquiera quiso interrumpir sus estudios; más, como sus padres deseaban someterle a una cura radical, le obligaron a interrumpir los estudios y se lo llevaron a casa.

Durante este tiempo escribió a Domingo la siguiente carta:

<<Querido amigo:

Mi intención era permanecer solamente algunos días en casa y volver en seguida al Oratorio: ésa fue la razón por la que dejé todos mis trastos de estudiante por ahí; pero veo que las cosas van despacio y que la curación de mi enfermedad es cada día más incierta. El médico dice que voy mejorando, pero a mí me parece que estoy peor. Habrá que ver quién tiene razón. Querido Domingo: de lo que siento gran pena es de hallarme lejos de ti y del Oratorio y de no tener facilidades para hacer las prácticas de piedad. Solamente me consuela el recuerdo de aquellos días que juntos, nos preparábamos y acercábamos a recibir la santa comunión.

Estoy seguro, sin embargo, de que, si bien estamos separados con el cuerpo, de ninguna manera lo estamos con el espíritu.

Te ruego, entretanto, que tengas la bondad de ir a la sala de estudio y de hacer una visita policíaca a mi pupitre. Encontrarás allí algunos cuadernos y, a su lado, a mi amigo el Kempis, o sea, la Imitación de Cristo. Haz de todo un paquete y envíamelo. Fíjate bien que se trata de un libro escrito en latín; pues, si bien me agrada la traducción, no pasa de ser una traducción, en la cual no encuentro tanto agrado como en el original latino.

Ya estoy harto de no hacer nada; y encima el médico me ha prohibido estudiar. Doy muchas vueltas por mi cuarto y a menudo digo entre mí: ¿Saldré de ésta? ¿Volveré a ver a mis amigos? ¿No será ésta la última enfermedad? Sólo Dios sabe lo que ha de ser. Yo creo estar preparado para acatar la santa y amable voluntad de Dios,

Si se te ocurre algún buen consejo, no te lo guardes. Dime cómo andas de salud, y no te olvides de mí en tus oraciones, particularmente a la hora de la comunión. ¡Animo! No me olvides delante del Señor, que, si no podemos vivir largo tiempo aquí en la tierra, sí que podremos estar un día felices en dulce compañía durante una eternidad bienaventurada.

Recuerdos a nuestros amigos, especialmente a los hermanos de la Compañía de la Inmaculada.

El Señor sea contigo y cuenta siempre con tu afectísimo.

JUAN MASSAGLIA>>.

Domingo cumplió fielmente el encargo de su amigo y, con el paquete que le pedía, le envía la siguiente carta:

<<Querido Massaglia:

Tu carta me ha dado una gran alegría. Por ella veo que aún vives, pues desde tu partida no había tenido noticias tuyas y estaba en dudas de si rezar por ti un gloriapatri o un responso. Ahí van los objetos que me pides. Sólo te hago saber que el Kempis es, sí, muy buen amigo, pero que se murió y que hace tiempo que no se mueve de su sitio. Es menester, por lo mismo, que tú te hagas el encontradizo con él, le sacudas el polvo y lo leas, haciendo después lo posible por poner en práctica cuanto halles en él.

Suspiras por la comodidad que aquí tenemos a la hora de cumplir nuestras devociones; no te falta razón; cuando yo voy a Mondonio me ocurre prácticamente lo mismo. Para suplir esta deficiencia, yo procuraba todos los días hacer una visita al Santísimo Sacramento, haciéndome acompañar de cuantos amigos podía. Además de la Imitación, leía el Tesoro escondido en la santa misa, de San Leonardo de Porto Maurizio. Si te parece, haz tú lo mismo.

Me dices que ignoras si volverás a verme en el Oratorio; pues bien, que sepas que este bendito cacharro de mí cuerpo anda también bastante estropeado, y todo me hace presagiar que me acerco rápidamente al término de mis estudios y de mi vida.

Como quiera que sea, podemos quedar en lo siguiente: roguemos el uno por el otro para que podamos ambos tener una buena muerte. El que llegue primero al paraíso, le cogerá sitio al otro, y cuando éste suba a buscarlo, él le alargará la mano para introducirlo en el cielo.

Dios nos conserve siempre en su santa gracia y nos ayude a hacernos santos, pero pronto santos, porque temo que nos va a faltar tiempo.

Todos nuestros amigos suspiran por tu vuelta al Oratorio y te saludan afectuosamente en el Señor.

Yo, por mi parte, con cariño de hermano, me declaro siempre tuyo afmo.

DOMINGO SAVIO>>.

La enfermedad de Massaglia, al principio, parecía leve, y varias veces se creyó completamente curado. Pero pronto volvió a recaer hasta llegar casi inesperadamente a los últimos extremos.

<<Tuvo tiempo – me escribió el teólogo Valfré, su director espiritual durante las vacaciones – de recibir con la mayor ejemplaridad todos los auxilios de nuestra santa religión, y murió con la muerte del justo que deja el mundo para volar al cielo>>.

Con la pérdida de este amigo, Domingo quedó profundamente afligido y, aunque resignado a la divina voluntad, le lloró por varios días. Esta fue la vez primera que vi aquel rostro angelical entristecido y bañado en lágrimas. Su único consuelo fue, orar y hacer que todos orasen por su amigo difunto. Se le oyó exclamar más de una vez: <<Querido Massaglia, tú has muerto, pero confío que ya estás en el cielo en compañía de Gavio; y ¿cuándo iré yo a unirme con vosotros en la inmensa felicidad de los cielos? >>.

Todo el tiempo que Domingo sobrevivió a su amigo lo tuvo presente en sus prácticas de piedad, y solía decir que no podía oír la santa misa o hacer los ejercicios de devoción sin encomendar a Dios su alma, ya que tanto bien le había hecho él durante su vida. Esta pérdida fue muy dolorosa para el corazón sensible de Domingo, y su salud misma quedó notablemente alterada.

Estas dos joyas de cartas cruzadas entre Domingo y Massaglia, que tan bien nos descubren el alma de los dos amigos, no tienen fecha. Don Caviglia señala como probable los finales de marzo o principios de abril de 1856. Dejó Massaglia tan edificante y viva memoria de sí en el pueblo, que la habitación en que había expirado el «santo joven» se conservaba aún, al cabo de más de ochenta años, en su estado primitivo (Caviglia, p, 479).

Massaglia dice a su amigo que salude «a los socios de la Compañía de la Inmaculada», Ahora bien si se tiene en cuenta que murió el 20 de mayo de 1856, unos meses después – de haber abandonado el Oratorio, es fuerza deducir que el 8 de junio de 1856 la Compañía existía ya de alguna manera.

En la carta de Massaglia, que, al decir del Card. Salotti, <<no se lee sin lágrimas>> (o. c., p. 207) hace resaltar don Caviglia: <<El tono de tristeza que lo envuelve va unido a una ternura de afecto tan profundo y sensible cuanto más próximo a ser el último latido del corazón>>. Por el contrario, la contestación de Savio, rezumando serenidad y buen humor, refleja el estilo de Don Bosco.

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