Capítulo 05: Veinte kilómetros para ir a la escuela

Un seminarista de ojos brillantes.

Aquel año, la divina Providencia me relacionó con un nuevo bienhechor: don José Cafasso, de Castelnuovo de Asti.

Era el segundo domingo de octubre de 1827, y celebraban los habitantes de Morialdo la maternidad de la Santísima Virgen. Era la solemnidad principal de la población. Unos estaban en las faenas de la casa o de la iglesia, mientras otros se convertían en espectadores o tomaban parte en juegos y pasatiempos diversos.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco

A uno solo vi alejado de todo espectáculo, Era un seminarista. pequeño de estatura, de ojos brillantes, aire afable y rostro angelical. Se apoyaba contra la puerta de la iglesia. Quedé como subyugado con su figura, y aunque yo rozaba apenas los doce (quince) años, sin embargo, movido por el deseo de hablarle, me acerqué y le dije:

Señor cura, ¿quiere ver algún espectáculo de nuestra fiesta? Yo le acompañaré con gusto adonde desee.

Me hizo una señal para que me acercase y empezó a preguntarme por mis años, por mis estudios; si había recibido la primera comunión, con qué frecuencia me confesaba, a dónde iba al catecismo y cosas semejantes. Quedé como encantado de aquella manera edificante de hablar, respondí gustoso a todas las preguntas; después, casi para agradecer su amabilidad, repetí mi ofrecimiento de acompañarle a visitar cualquier espectáculo o novedad.

Mi querido amigo – dijo él -: los espectáculos de los sacerdotes son las funciones de la iglesia. Cuanto más devotamente se celebran, tanto más agradables resultan. Nuestras novedades son las prácticas de la religión, que son siempre nuevas, y por eso hay que frecuentarlas con asiduidad. Yo sólo espero a que abran la iglesia para poder entrar.

Me animé a seguir la conversación y añadí:

Es verdad lo que usted dice. Pero hay tiempo para todo: tiempo para la iglesia y tiempo para divertirse.

Él se puso a reír. Y terminó con estas memorables palabras, que fueron como el programa de las acciones de toda su vida:

Quien abraza el estado eclesiástico se entrega al Señor, y nada de cuanto tuvo en el mundo debe preocuparle, sino aquello que puede servir para la gloria de Dios y provecho de las almas.

Entonces, admiradísimo, quise saber el nombre del seminarista, cuyas palabras y porte publicaban tan a las claras el espíritu del Señor. Supe que era el clérigo José Cafasso, estudiante del primer curso de teología, del cual ya había oído hablar en diversas ocasiones como de un espejo de virtudes.

Porvenir incierto.

La muerte de don Juan Calosso fue para mí un desastre irreparable. Lloraba sin consuelo por el bienhechor fallecido. Cuando estaba despierto pensaba en él. Soñaba con él cuando dormía. Tan adelante fueron las cosas, que mi madre, temiendo por mi salud, me mandó por algún tiempo con mi abuelo a Capriglio.

En aquel tiempo tuve otro sueño. En él se me reprendía ásperamente por haber puesto mi esperanza en los hombres y no en la bondad del Padre celestial.

Mientras tanto, yo pensaba siempre en adelantar en los estudios. Veía a varios buenos sacerdotes que trabajaban en el sagrado ministerio; pero no podía acomodarme a un trato familiar con ellos. Me ocurrió a menudo encontrarme por la calle con mi párroco y su vicario. Los saludaba desde lejos y, cuando estaba más cerca, les hacía una reverencia. Pero ellos me devolvían el saludo de un modo seco y cortés y seguían su camino. Muchas veces, llorando, decía para mí y también a los otros:

Si yo fuera cura, me comportaría de otro modo. Disfrutaría acercándome a los niños, conversando con ellos, dándoles buenos consejos. ¡Qué feliz sería si pudiese charlar un poco con mi párroco! Con don Juan Calosso tenía esta suerte. ¡Y que ahora no la tenga ya!

Mi madre, viéndome siempre afligido a causa de las dificultades que se oponían a mis estudios, desesperando de obtener el consentimiento de Antonio, que ya pasaba de los veinte años, determinó hacer la división de los bienes paternos. Había una gran dificultad, ya que José y yo éramos menores de edad y precisaba hacer muchas diligencias y soportar gastos considerables. Con todo, en poco tiempo se realizó aquella determinación.

Así que la familia se redujo a mi madre y a mi hermano José, que quiso vivir conmigo sin dividir las partes. Mi abuela había muerto hacía unos años (11 febrero 1826).

Cierto que, con aquella división, se me quitaba un gran peso de encima y se me daba plena libertad para seguir los estudios. Mas, para cumplir las formalidades de la ley se precisaron varios meses, con lo que no pude ir a las escuelas públicas de Castelnuovo hasta cerca de Navidad de 1828, cuando yo tenía trece años.

Juan Roberto sastre y cantor.

La entrada en una escuela pública, con un maestro nuevo, después de haber estudiado en privado, fue para mí desconcertante. Tuve casi que comenzar la gramática italiana para pasar luego a la latina.

Durante algún tiempo iba desde casa todos los días a la escuela del pueblo; pero en lo más crudo del invierno me resultaba casi imposible. Entre las dos idas y las dos vueltas hacía casi cerca de veinte kilómetros al día.

Así que me pusieron a pensión con un buen hombre que se llamaba Juan Roberto, sastre de profesión, muy aficionado al canto gregoriano y a la música vocal.

Como yo tenía bastante buena voz, me di con ardor al arte musical, de modo que en pocos meses logré formar parte del coro y ejecutar los solos con éxito.

Deseando además ocupar las horas libres con alguna otra cosa, me puse a hacer de sastre. En poquísimo tiempo aprendí a pegar botones, a hacer ojales, costuras simples y dobles. Aprendí a cortar calzoncillos, camisas, pantalones, chalecos, y me parecía que ya era todo un señor sastre.

Mi amo, al verme adelantar en su oficio, me hizo propuestas bastante ventajosas para que me quedara a trabajar definitivamente con él. Pero mis planes eran muy otros: yo quería adelantar en los estudios. Por eso, mientras me ocupaba en muchas cosas para evitar el ocio, hacía todos los esfuerzos posibles para alcanzar el fin principal.

Un grupo de amigos.

Durante aquel año tropecé con algún peligro por parte de ciertos compañeros. Querían llevarme a jugar durante las horas de clase y, como yo sacara la excusa de que no tenía dinero, me sugerían la forma de reunirlo robando a mi amo y también a mi madre. Para animarme a ello, me decía uno:

Amigo, ya es hora de que despiertes. Hay que aprender a vivir en este mundo.

Quien tiene los ojos vendados no sabe por dónde camina. Ea, apáñate para tener dinero, y también tú gozarás de las diversiones de tus compañeros.

Recuerdo que respondí así: <<No entiendo lo que quieres decir. Me parece que con tus palabras me aconsejas el juego y el robo. Pero ¿tú no rezas cada día: el séptimo, no hurtar? El que roba es un ladrón, y los ladrones acaban mal. Además que mi madre me quiere mucho, y si le pido dinero para cosas que no estén mal, me lo dará. Sin su permiso nunca he hecho nada; no quiero comenzar ahora a desobedecerla. Si tus compañeros hacen esto, no son buenos. Si no lo hacen, y lo aconsejan a los otros, son unos granujas y unos malvados>>.

Estas palabras corrieron de boca en boca, y nadie se atrevió a hacerme tan indignas propuestas. Es más, mi respuesta llegó a oídos del profesor, que desde entonces me apreció más. Lo supieron también los padres de muchos jovencitos, y aconsejaban por esto a sus hijos que viniesen conmigo. De esta forma pude fácilmente elegir un grupo de amigos que me querían y obedecían como los de Morialdo.

Mis cosas iban tomando muy buen cariz, cuando un nuevo incidente vino a trastornarlas. El señor Virano, mi profesor, fue nombrado párroco de Mondonio, en la diócesis de Asti. En abril de aquel año 1831, nuestro querido maestro tomaba posesión de su parroquia y le sustituía otro (Nicolás Moglia), que, con su incapacidad para la disciplina, casi echó a perder cuanto había aprendido en los meses anteriores. 5- Las escuelas de Chieri: tres cursos en un año

Volver a empezar desde el principio.

Después de perder tanto tiempo, finalmente se tomó la decisión de que fuera a Chieri para dedicarme seriamente al estudio. Era el año 1831 (3 de noviembre).

Quien se ha criado entre bosques y no ha visto más que un pueblecillo provinciano, queda muy impresionado ante cualquier novedad.

Estaba de huésped en casa de una paisana: Lucía Matta, viuda con un solo hijo, la cual vivía en aquella ciudad para atenderle y vigilarle.

La primera persona a quien conocí fue al sacerdote don Eustaquio Valimberti, de santa memoria. Él me dio muchos y buenos consejos para mantenerme alejado de los peligros. Me invitaba a ayudarle a misa, lo que le daba ocasión para hacerme algunas sugerencias. El mismo me presentó al delegado de estudios de la escuela, y me hizo trabar conocimiento con otros profesores.

Como los estudios hechos hasta entonces eran de todo un poco, que equivalían a casi nada, me aconsejaron entrar en la clase sexta (que hoy correspondería a un cuarto de básica).

El maestro de entonces, don Valeriano Pugnetti, también de grata memoria, tuvo para conmigo mucha caridad. Me ayudaba en la escuela, me invitaba a ir a su casa y, compadecido de mi edad y de mi buena voluntad, no ahorraba nada de cuanto pudiera ayudarme.

Por mi edad y mi corpulencia (dieciséis años cumplidos) parecía un pilastrón en medio de mis compañeros, aún niños.

Ansioso de sacarme de aquella situación, después de estar dos meses en la clase sexta y habiendo conquistado el primer puesto, fui admitido a examen para pasar a la clase quinta.

Entré con gusto en la nueva clase, porque los condiscípulos eran algo mayores y tenía además como profesor al querido don Eustaquio Valimberti.

Dos meses después, tras haber logrado varias veces ser el primero de la clase, fui admitido a otro examen por vía de excepción, y pasé así a la clase cuarta (que correspondería al sexto de básica).

El profesor de esta clase era José Cima, hombre severo en la disciplina. Cuando vio comparecer en su aula, a mitad de curso, a un alumno tan alto y corpulento como él, dijo bromeando delante de todos:

He aquí un enorme talento o un topo. ¿Qué opináis?

Aturdido ante tal presentación, respondí:

Algo de las dos cosas. Un pobre muchacho que tiene buena voluntad para cumplir su deber y progresar en los estudios.

Estas palabras fueron de su agrado y respondió con insólita afabilidad:

Si usted tiene buena voluntad, ha caído en buenas manos; no le dejaré sin trabajo.

Anímese y, si alguna dificultad encuentra, dígamelo en seguida, que yo se la allanaré. Se lo agradecí de corazón.

Un día me olvidé un libro.

Hacía dos meses que estaba en aquella clase cuando ocurrió un pequeño incidente que dio algo que hablar sobre mí. Explicaba un día el profesor la vida de Agesilao, escrita por Cornelio Nepote. Aquel día no tenía yo mi libro y, para disimular mi olvido, sostenía abierto ante mí el Donato.

Los compañeros se dieron cuenta de ello. Empezó uno a reír, siguió otro, hasta que cundió el desorden en la clase.

¿Qué sucede? – dijo el profesor -; ¿qué sucede? Díganlo en seguida.

Y como todas las miradas se dirigiesen hacia mí, me mandó hacer la construcción gramatical del párrafo y repetir su misma explicación. Me puse de pie y, siempre con la gramática en la mano, repetí de memoria el texto, la construcción gramatical y la explicación. Los compañeros, casi instintivamente, aplaudieron, entre gritos de admiración.

Imposible explicar el furor del profesor, ya que era aquélla la primera vez en que, según él, le fallaba la disciplina. Me largó un pescozón, que esquivé agachando la cabeza. Después, con la mano sobre mi Donato, hizo explicar a los vecinos la razón de aquel desorden. Ellos dijeron:

Bosco, con el Donato en las manos, ha leído y explicado como si tuviera el libro de Cornelio Nepote.

Reparó el profesor en el libro sobre el que había apoyado la mano, me hizo continuar la «lectura» dos períodos más y después me dijo:

Le perdono su olvido por su feliz memoria. Es usted afortunado. Procure servirse bien de ella.

Al fin de aquel año escolar, 1831-32, pasé, con buenas calificaciones, al tercer curso (séptimo de EGB).

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s