Capítulo 18: Sus amigos. Su trato con Camilo Gavio

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Domingo Savio, Santo Domingo SavioTodos eran amigos de Domingo; el que no le quería, por lo menos le respetaba por sus virtudes. El, por otra parte, sabía quedar bien con todos. Tan firme estaba en la virtud que se le aconsejó entretenerse con algunos jóvenes algo díscolos para ver si lograba ganarlos para Dios. Él se aprovechaba del recreo, de los juegos y de conversaciones, aun indiferentes, para sacar provecho espiritual.

Sin embargo, sus mejores amigos eran los socios de la Compañía de la Inmaculada, con los que, como ya se ha dicho, se reunía, bien para tener encuentros espirituales, bien para hacer ejercicios piadosos. Estas reuniones o encuentros se tenían con licencia de los superiores, pero asistían sólo los jóvenes y ellos mismos las regulaban. Se trataba en ellas del modo de celebrar las novenas y las solemnidades principales; se fijaban las comuniones que cada uno debía hacer en determinados días de la semana, se repartían entre ellos a los compañeros en los que se veía una mayor necesidad de ayuda moral, y cada uno protegía a su cliente y empleaba todos los medios que la caridad cristiana le sugería para encaminarle a la virtud.

Domingo era de los más animosos, y puede decirse que en estas conferencias llevaba la voz cantante.

Podría citar aquí a varios compañeros de Domingo que tomaban parte en ellas y que lo trataron a menudo, pero la prudencia aconseja no nombrarlos, pues todavía viven. Solamente mencionaré dos, de Camilo Gavio, de Tortona, y de Juan Massaglia, de Marmorito.

Gavio no vivió más que algunos meses entre nosotros, pero tan corto tiempo bastó para dejar santa memoria entre sus compañeros.

Su luminosa piedad y sus disposiciones para la pintura y escultura habían movido al municipio de aquella ciudad a ayudarle, enviándolo a Turín para que siguiese los estudios de arte. Había Gavio sufrido una grave enfermedad en su casa, y cuando vino al Oratorio, ya sea por hallarse lejos del pueblo y de los suyos o ya por encontrarse en compañía de muchachos desconocidos, el caso es que se encontraba arrinconado, observando cómo los demás se divertían, absorto en sus pensamientos.

Lo vio Savio y no tardó mucho en acercarse a él para consolarle.

Mantuvieron el siguiente diálogo:

¡Hola, amigo! Se ve que no conoces a nadie, ¿verdad?

Pues sí. Pero me divierto viendo jugar a los otros.

¿Cómo te llamas?

Camilo Gavio, de Tortona.

– ¿Cuántos años tienes?

Quince cumplidos.

¿Qué te pasa que estás tan triste? ¿Te encuentras enfermo?

Sí; he estado gravemente enfermo: un ataque de corazón me llevó al borde del sepulcro y aún no me he curado del todo.

Desearás curar, ¿verdad?

Hombre, estoy completamente resignado a la voluntad de Dios.

Estas últimas Palabras demostraban que Gavio era un joven de piedad nada común y constituyeron un verdadero consuelo para el corazón de Domingo. En consecuencia, reanudó el diálogo con toda confianza:

Quien desea hacer la voluntad de Dios desea santificarse. Entonces tú deseas ser santo, ¿verdad?

Sí, ésta es mi gran ilusión.

Muy bien; así aumentaremos el número de nuestros amigos y tomarás parte con nosotros en nuestros esfuerzos para santificamos.

Es algo muy hermoso; pero no sé qué he de hacer.

Te lo voy a decir en pocas palabras: que sepas que aquí nosotros hacemos consistir la santidad en estar muy alegres. Procuramos por encima de todo huir del Pecado, como de un gran enemigo que nos roba la gracia de Dios y la paz del corazón. En segundo lugar, tratamos de cumplir exactamente nuestros deberes y frecuentar las prácticas de piedad. Empieza desde hoy a escribir como: recuerdo, la frase: «Servir a Dios con alegría».

Esta conversación fue como un bálsamo para las penas de Gavio, que experimentó un verdadero consuelo. Desde aquel día fue amigo íntimo de Domingo y fiel imitador de sus virtudes. Pero la enfermedad que le había llevado al borde del sepulcro, y que no había desaparecido por completo, al cabo de dos meses apareció nuevamente y, a pesar de los recursos de la medicina y la solicitud de sus amigos, no fue posible hallar remedio. Algunos días después, habiendo recibido con gran edificación los últimos sacramentos, entregaba su alma al Creador el 29 de diciembre de 1855.

Domingo fue varias veces a visitarle durante el curso de la enfermedad y se ofreció a pasar las noches velando junto a su lecho, cosa que no le fue permitido.

Cuando supo que había expirado, quiso verle por última vez y, ante su cadáver, decía conmovido:  << Adiós, Gavio; estoy íntimamente persuadido de que has volado al cielo; prepárame, pues, un sitio para mí. Siempre serás mi amigo, pero mientras Dios me diere vida rogaré por el descanso de tu alma>>.

Después, con otros compañeros, se fue a rezar el oficio de difuntos en la capilla ardiente; durante el día se rezaron otras oraciones; por último, invitó a alguno de sus mejores condiscípulos a que hicieran la santa comunión, y él mismo la recibió varias veces por el descanso del alma de su malogrado amigo.

Entre otras cosas, dijo a sus compañeros: <<Amigos, no podemos olvidarnos del alma de Gavio. Yo confío que a estas horas está gozando de la gloria del cielo; con todo, no cesemos de orar por el descanso de su alma. Dios hará de modo que cuanto hagamos por él lo hagan después otros por nosotros>>.

Los dos capítulos 18 y 19 se unen con el 17. Es la breve, edificante y patética historia de dos amistades, donde resaltan las dos funciones principales de la Compañía, a saber: el provecho espiritual de sus socios y el apostolado del buen ejemplo y de la acción. Cagliero hace así la presentación de los dos amigos de Savio: «Sociable y cariñosísimo con todos los compañeros, tenía Domingo especial relación con los más buenos, particularmente con Gavio y Massaglia, también compañeros míos, conocidísimos en el Oratorio por su destacada piedad religiosa y amor al deber, y por su ejemplar observancia del reglamento; y con ellos se sentía más llevado y enfervorizado por el deseo de hacerse santo», «Dos amigos de Savio – dice Caviglia -, que brillan en dos cuadros diferentes de tamaño y figura, pero de la misma tonalidad».

«Amigos particulares» de Savio y miembros de la Compañía eran también Rúa, Bonetti, Bongiovanni, Ángel Savio, Reano, Vaschetti, Marcellino, según lo declaran en sus testificaciones, y a ellos hay que añadir Ballesio, Melica y Cerruti, amigos suyos aun antes de entrar en la Compañía, ya que a ella dieron su nombre después de la muerte Savio. También estos tres se cuentan entre los testigos del proceso.

Don Bonetti, en una relación escrita a Don Bosco poco después de la muerte de Domingo, escribe: «Cuando se trataba de hacer algo que redundara en honor y gloria de Dios y bien espiritual de los compañeros, no era nunca el último en dar su consentimiento y aprobación, A este fin hablaba de suerte que parecía un doctorcito».

Un hecho demuestra la eficacia del apostolado dé Domingo en la Compañía y por medio de la Compañía. Lo cuenta don Bongiovanni en una relación como la que acabamos de citar: «Don Bosco había obtenido de la Santa Sede la facultad de administrar la comunión en la iglesia del Oratorio en la misa de medianoches de Navidad». Ya varias veces había manifestado el vivísimo deseo de ver a todos los jóvenes de la casa confesarse y comulgar en alguna solemnidad, consuelo que hacía tiempo no le daban, pero que se le proporcionó en la Navidad de 1856. Narra, pues, Bongiovanni: «Creyó Domingo que era llegada la oportunidad de cumplir en esta fecha el justísimo y santo anhelo de su director espiritual, y así se lo dijo a uno de los compañeros para que hablara de ello en la conferencia. Rehusó aparecer como autor y promotor de tan hermosa idea, prefiriendo la gloria que se había de dar a Dios, y que quedara escondida su labor a los ojos de los hombres. Y, dicho y hecho. La propuesta, acogida por mayoría de votos, despertó general interés, y se llevó a la práctica. Distribuyéndose en varias listas los nombres de los chicos de la casa. Se dio una a cada uno de los socios, los cuales debían luego tomarse interés por cada uno de los de la lista a ellos confiada. Y nosotros le vimos ya desde aquella tarde desplegar un celo tan activo para ganar a los suyos, que su ejemplo fue para nosotros el más eficaz, el más enérgico acicate para animarnos cuando se nos entibiaba el entusiasmo. Y, ciertamente debemos, atribuir a su obra el que aquella tarde y, más aún, al día siguiente el resultado fuese espléndido».


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