Capítulo 04: Se acabó toda esperanza

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoLos libros y la azada

Mientras duró el invierno y los trabajos del campo no urgían, mi hermano Antonio dejó que me dedicara a las tareas de la escuela.

Pero, en cuanto llegó la primavera, comenzó a quejarse. Decía que él debía consumir su vida en trabajos pesados, mientras que yo perdía el tiempo haciendo el señorito. Hubo vivas discusiones conmigo y con mi madre. Se determinó, al fin, para tener paz en casa, que por la mañana iría temprano a la escuela, y el resto del día lo emplearía en trabajos materiales.

Pero ¿cómo estudiaría las lecciones? ¿Cuándo haría las traducciones?

Oíd. La ida y vuelta de la escuela me proporcionaba algún tiempo para estudiar. En cuanto llegaba a casa, agarraba la azada en una mano y en la otra la gramática, y camino del trabajo estudiaba: qui, quae, quod, etc., hasta que llegaba al tajo. Allí daba una mirada nostálgica a la gramática, la colocaba en un rincón, y me disponía a cavar, a escardar o a recoger hierbas con los demás, según necesidad.

A la hora en que los demás merendaban, yo me iba aparte, y mientras tenía en una mano el pan que comía, con la otra mano sostenía el libro y estudiaba. La misma operación hacía al volver a casa. Y para hacer mis deberes escritos, el único tiempo de que disponía era durante las comidas y las cenas, más algún hurto hecho al sueño.

Mas, a pesar de tanto trabajo y de tan buena voluntad, mi hermano Antonio no se daba por satisfecho. Un día, delante de mi madre y, después, delante de mi hermano José, dijo con tono imperativo:

¡Ya he aguardado bastante! ¡Quiero acabar con tanta gramática! yo me hice grande y fuerte y nunca vi un libro.

Dominado en aquel momento por el pesar y la rabia, respondí lo que no debía:

¡Pues mal hecho! -le dije-. ¿No tienes ahí a nuestro burro que es más grande que tú y tampoco fue a la escuela? ¿Quieres ser tú como él?

A tales palabras se puso furioso y, gracias a mis piernas, que, por cierto, me solían obedecer bastante bien, pude ponerme a salvo de una lluvia de golpes y pescozones.

Un puñado de días felices

Mi madre estaba afligidísima. Yo lloraba. El capellán don Juan Calosso sentía gran pena. Aquel digno ministro del Señor, enterado de los conflictos de mi casa, me llamó un día y me dijo:

-Has puesto en mí tu confianza, y no quiero que esto sea en vano. Deja a ese bendito hermano tuyo, vente conmigo y tendrás un padre amoroso.

Comuniqué en seguida a mi madre la caritativa oferta, y hubo una gran alegría en la familia. Hacia el mes de abril comencé a vivir con el capellán de Morialdo, y sólo iba a casa por la noche, para dormir.

Nadie puede imaginar mi gran alegría. Don Juan Calosso se convirtió para mí en un ídolo. Le quería más que a un padre, rezaba por él y le servía con ilusión en todo. Además era un placer tomarse molestias por él y, diría, dar la vida por complacerle.

Adelantaba más en un día con aquel sacerdote que una semana en casa. Y aquel hombre de Dios me apreciaba tanto, que me dijo varias veces:

No te preocupes de tu porvenir. mientras yo viva, nada te ha de faltar. Y, si muero, también proveeré.

Don Juan Calosso se muere

Mis cosas marchaban con increíble suerte. Me consideraba feliz en todo y no deseaba nada del mundo, cuando un desastre truncó el camino de mis esperanzas.

Una mañana de abril de 1828, don Juan Calosso me mandó a un recado a mi casa. Apenas había llegado, cuando una persona, corriendo, jadeante, me indica que vuelva inmediatamente junto al sacerdote, pues había sido atacado de un mal grave y preguntaba por mí.

Más que correr, volé junto a mi bienhechor. Le encontré en la cama, privado del habla. Sufría un ataque apopléjico. Me conoció, quiso hablar, pero no pudo articular palabra. Me dio la llave del dinero, haciendo gestos de que no la entregase a nadie.

Tras dos días de agonía, el alma de aquel santo sacerdote volaba al seno del Creador. Con él morían todas mis esperanzas. Siempre he rezado por aquel mi insigne bienhechor, y jamás dejaré de hacerlo mientras viva.

Llegaron los herederos de don Juan Calosso y les entregué la llave y todo lo demás.

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