Capítulo 17: La compañía de la Inmaculada

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Domingo Savio, Santo Domingo SavioBien puede decirse que toda la vida de Domingo fue un ejercicio de devoción a la Virgen, pues no dejaba pasar ocasión alguna sin tributarle sus homenajes.

En el año 1854, el sumo pontífice Pío IX definía como dogma de fe la Concepción Inmaculada de María. Domingo deseaba ardientemente hacer vivo y duradero entre nosotros el, recuerdo de este augusto título que la Iglesia ha dado a la Reina de los cielos.

Desearía – solía decir – hacer algo en honor de la Virgen; pero en seguida, ya que temo que me falte tiempo.

Guiado, pues, de su ingeniosa caridad, eligió a algunos de sus mejores compañeros Y los invitó a un irse con él para formar una compañía, que llamaron de la Inmaculada Concepción. El fin que ésta se proponía era granjearse la protección de la Madre de Dios durante la vida, y de modo especial en punto de muerte.

Dos medios se proponían para ello: ejercitar y promover prácticas piadosas en honor de la Inmaculada y frecuentar la comunión.

De acuerdo con sus amigos, redactó un reglamento y, tras no pocos retoques, el 8 de junio de 1856, nueve meses antes de su muerte, lo leía con ellos ante el altar de María Santísima.

Con gusto lo inserto aquí para que pueda servir de norma a otros que quieran imitarlo.

<<Nosotros, Dominio Savio, etc. (siguen, los nombres de sus compañeros), para granjearnos durante la vida y en el trance de la muerte la protección de la Virgen Inmaculada y para dedicarnos enteramente a su santo servicio, hoy, 8 del mes de junio, fortalecidos con los santos sacramentos de la confesión y comunión, y resueltos a profesar hacia nuestra Madre celestial una constante y filial devoción, nos comprometemos ante su altar y con el consentimiento de nuestro director espiritual a imitar, en cuanto lo permitan nuestras fuerzas, a Luis Comollo, para cuyo fin nos obligamos:

  • A observar rigurosamente el reglamento de la casa.
  • A edificar a nuestros compañeros, amonestándoles caritativamente y exhortándoles al bien con nuestras palabras y mucho más con nuestro buen ejemplo.
  • A emplear escrupulosamente el tiempo.

Y para asegurarnos la perseverancia en el estilo de vida que nos proponemos, sometemos a nuestro director el siguiente reglamento:

  • Como regla principal, prometemos una rigurosa obediencia a nuestros superiores, a los que nos sometemos con ilimitada confianza.
  • Nuestra primera y especial ocupación consistirá en el cumplimiento de nuestros propios deberes.
  • La caridad recíproca unirá nuestros ánimos y nos hará amar indistintamente a nuestros hermanos, a quienes avisaremos amablemente cuando parezca útil la corrección.
  • Destinaremos una media hora semanal a reunirnos, y después de invocar al Espíritu Santo y hecha una breve lectura espiritual, nos ocuparemos del progreso de la Compañía en la virtud y en la piedad.
  • Nos avisaremos en particular de los defectos que tengamos que corregir.
  • Trabajaremos para evitar cualquier disgusto entre nosotros, por pequeño que sea, y soportaremos con paciencia a nuestros compañeros y a las demás personas que nos resulten antipáticas.
  • No se señala ninguna oración articular puesto que el tiempo que nos quede después de cumplidos nuestros deberes hemos de consagrarlo a lo que parezca más útil para nuestra alma.

Admitimos, sin embargo, estas pocas prácticas:

  • Sacramentos lo más a menudo que nos sea permitido,
  • Nos acercaremos a la mesa eucarística todos los domingos, fiestas de guardar, novenas y solemnidades de María y de los santos protectores del Oratorio.
  • Durante la semana procuraremos comulgar todos los viernes, a no ser que nos lo impida alguna grave ocupación.
  • Todos los días, especialmente al rezar el santo rosario, encomendaremos a María nuestra asociación, pidiéndole que nos obtenga la gracia de la perseverancia.
  • Procuraremos ofrecer todos los sábados alguna práctica especial o alguna solemnidad en honor de la Inmaculada Concepción de María.
  • Tendremos, por lo tanto, un recogimiento cada vez más edificante en la oración, en la lectura espiritual, en el rezo de los oficios divinos, en el estudio y en la clase.
  • Acogeremos con avidez la palabra de Dios y repensaremos las verdades oídas.
  • Evitaremos toda pérdida de tiempo para librar nuestras almas de las tentaciones que suelen acometer fuertemente en tiempo de ocio; y, por lo tanto:
  • Después de haber cumplido nuestras propias obligaciones, emplearemos el tiempo que nos quede en ocupaciones útiles, como lecturas piadosas e instructivas, o en la oración.
  • Está mandado el recreo, o al menos recomendado después de la comida, la clase y el estudio.
  • Procuraremos manifestar a nuestros superiores lo que parezca provechoso para nuestro adelanto moral.
  • Obedeceremos las indicaciones de nuestros superiores, puesto que uno de nuestros principales fines es la exacta observancia del reglamento, quebrantado muy a menudo por el abuso de estos mismos permisos.
  • Tomaremos el alimento que nuestros superiores nos pongan, sin quejarnos jamás de lo que nos pongan en la mesa y procuraremos que tampoco se quejen los demás.

El que muestre ilusión por formar parte de esta asociación deberá, ante todo, purificar su conciencia en el sacramento de la confesión, recibir la sagrada comunión, dar luego prueba de buena conducta durante una semana, leer atentamente estas reglas y prometer a Dios y a María Santísima Inmaculada su exacta observancia.

El día de su admisión, todos los socios se acercarán a la santa comunión, pidiendo a su divina majestad que obtenga al nuevo compañero la virtud de la perseverancia, de la obediencia y el verdadero amor de Dios.

La asociación está puesta bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción, de quien tomamos nombre y cuya medalla constantemente llevaremos. Una sincera, filial e ilimitada confianza en María, un amor singularísimo y, una devoción constante hacia ella nos hará superar todos los obstáculos y ser firmes en nuestras resoluciones, rigurosos con nosotros mismos, amables con el prójimo y exactos en todo.

Aconsejamos además a los hermanos que escriban los santos nombres de Jesús y de María, primero en su corazón y su mente, y luego en sus libros y en los objetos de su uso.

Rogaremos a nuestro director que examine el reglamento y nos manifieste su parecer, asegurándole que nos atendremos todos a lo que disponga. Puede modificarlo en todo aquello que le parezca conveniente.

Que María Inmaculada, nuestra titular, bendiga nuestros esfuerzos, puesto que ella nos ha inspirado crear esta piadosa asociación; que ella aliente nuestras esperanzas, escuche nuestros votos, para que, amparados bajo su manto y fortalecidos con su protección, desafiemos las borrascas de este mar proceloso y superemos los asaltos del enemigo infernal.

De esta suerte, y por ella amparados, confiamos poder ser de edificación para nuestros compañeros, de consuelo para nuestros superiores e hijos predilectos de tan augusta Madre. Y si Dios nos concede gracia y vida para servirle en el ministerio sacerdotal, nos esforzaremos en hacerlo con el mayor provecho posible.

Y desconfiando de nuestras propias fuerzas, y con una confianza ilimitada en el auxilio divino, nos atreveremos a esperar que, después del peregrinaje por este valle de lágrimas, obtendremos a la hora postrera, consolados por la presencia de María, el eterno galardón que Dios prepara a quienes le sirven en espíritu y en verdad>>.

El director del Oratorio leyó este fragmento y, después de haberlo examinado atentamente, lo aprobó con las siguientes condiciones:

<<Las mencionadas promesas no tienen fuerza de voto. Ni siquiera obligan bajo pena de culpa alguna.

En las reuniones se propondrá alguna obra de caridad externa, como la limpieza de la iglesia o la instrucción religiosa de algún niño menos instruido.

Se distribuirán los días de la semana de modo, que cada día comulgue alguno de los socios.

No se añadan otras prácticas piadosas sin permiso especial de los superiores.

Establézcase como objeto principal el promover la devoción a la Inmaculada Concepción y al Santísimo Sacramento.

Antes de aceptar a un aspirante, désele a leer la vida de Luis Comollo>>.

No hay documento que señale la fecha exacta en que comenzó la Compañía de la Inmaculada. Lo que dice Don Bosco a lo largo del capítulo 17 ha inducido a error aun a algún biógrafo de valía. El 8 de junio, «nueve meses antes de su muerte», se refiere, no al principio real, sino a la constitución oficial de la Compañía, la cual lo menos hacía un año que había comenzado. El tiempo que precedió al 8 de junio se empleó en buscar socios, afianzarse y elaborar el reglamento a base de experiencias cotidianas. El biógrafo, en efecto, dice de Savio: «Con sus amigos redactó un reglamento y, tras no pocos afanes», aquel día «lo leía con ellos». Varias incompatibilidades cronológicas impiden absolutamente colocar su origen después de 1855.

Escribe Salotti: «El acto de la fundación de la Compañía me parece a mí como el testamento espiritual de Savio; desde los artículos del reglamento me parece oír el eco de aquella alma profundamente piadosa que, impulsada por los atractivos del bien, quiere crear una legión de jóvenes que sepan vivir y mostrarse sinceramente cristianos». Por voz unánime fue elegido presidente el entonces clérigo Miguel Rúa.

Del silencioso trabajo que los socios de la Compañía realizaban en medio de los jóvenes, de acuerdo con lo que prescribe el reglamento, nos habla el Card. Cagliero, describiendo así los efectos: «Recuerdo que entre los jóvenes más buenos había un verdadero afán para ejercitarse en la virtud de un modo extraordinario, usar pequeños cilicios en el brazo, abstenerse del postre, rezar con una compostura especial como hacer una mortificación el sábado y, con la santa obediencia, practicar de modo especial la castidad, haciendo de ella voto temporal y según la capacidad de nuestra edad».

El autor inserta aquí los rasgos biográficos de José Bongiovanni, huérfano que, a los diecisiete años, entró en el Oratorio en 1854. Murió siendo sacerdote salesiano unos días después de la consagración de la iglesia de María Auxiliadora, que tuvo lugar el 9 de junio de 1868. En la larga nota sólo se dice con relación a Domingo que él, Bongiovanni, fue «uno de sus más eficaces colaboradores» en la fundación de la Compañía de la Inmaculada. Por esto reducimos la nota del santo autor a esta sencilla mención.


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