Capítulo 03: Encuentros

La primera comunión.

A la edad de once años fui admitido a la primera comunión. Me sabía entero el catecismo, pero de ordinario, ninguno era admitido a la primera comunión, si no tenía doce años. Además, a mí, dada la distancia (unos 5 Km.), no me conocía el párroco y me debía limitar exclusivamente a la instrucción religiosa de mi buena madre. Y como no quería que siguiera creciendo sin realizar este gran acto de nuestra santa religión, ella misma se las arregló para prepararme como mejor pudo y supo.

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don Bosco

Me envió al catecismo todos los días de cuaresma. Después fui examinado y aprobado, y se fijó el día en que todos los niños debían cumplir con pascua (26 de marzo de 1826). Era imposible evitar la distracción en medio de la multitud. Mi madre procuró acompañarme varios días. Durante la cuaresma, me había ayudado a confesarme tres veces.

Juanín – me repitió varias veces -, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepararte bien, confesarte y no callar nada en la confesión. Confiésalo todo, arrepentido de todo, y promete a nuestro Señor ser mejor en lo porvenir.

Todo lo prometí. Si después he sido fiel, Dios lo sabe.

En casa me hacía rezar, leer un libro devoto y me daba además aquellos consejos que una madre ingeniosa tiene siempre a punto para bien de sus hijos.

Aquella mañana no me dejó hablar con nadie. Me acompañó a la sagrada mesa e hizo conmigo la preparación y acción de gracias, que el vicario, de nombre don José Sismondo, dirigía alternando con todos en alta voz.

No quiso que durante aquel día me ocupase en ningún trabajo material, sino que lo empleara en leer y en rezar.

Entre otras muchas cosas, me repitió mi madre muchas veces estas palabras: “Querido hijo mío: éste es un día muy grande para ti. Estoy persuadida de que Dios ha tomado verdadera posesión de tu corazón. Prométele que harás cuanto puedas para conservarte bueno hasta el fin de la vida. En lo sucesivo, comulga con frecuencia, pero guárdate bien de hacer sacrilegios. Dilo todo en confesión; sé siempre obediente; ve de buen grado al catecismo y a los sermones; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones”.

Recordé los avisos de mi buena madre y procuré ponerlos en práctica. Me parece que desde aquel día hubo alguna mejora en mi vida, sobre todo en la obediencia y en la sumisión a los demás, que al principio me costaba mucho, ya que siempre quería oponer mis pueriles objeciones a cualquier mandato o consejo.

Me apenaba la falta de una iglesia o capilla adonde ir a rezar y a cantar con mis compañeros. Para oír un sermón o para ir al catecismo tenía que andar cerca de diez kilómetros entre ida y vuelta a Castelnuovo o a la aldea de Buttigliera. Por eso mis coterráneos venían gustosos a oír mis «sermones de saltimbanqui».

La santa misión.

En aquel ario de 1826, con motivo de una santa misión que hubo en la aldea de Buttigliera, tuve ocasión de oír varios sermones. La nombradía de los predicadores atraía a las gentes de todas partes. Yo mismo iba en compañía de otros muchos. Después de una instrucción y una meditación, al caer de la tarde los oyentes volvían a sus casas.

Una de aquellas tardes del mes de abril volvía a casa en medio de una gran multitud. Iba entre nosotros un tal don Juan Calosso, de Chieri, hombre muy piadoso, que, aunque curvado por los años, hacía aquel largo trecho de camino para ir a escuchar a los misioneros. Era el capellán de la aldea de Morialdo.

Una propina por cuatro palabras.

Al ver a un muchacho de baja estatura, con la cabeza descubierta y el cabello recio y ensortijado, que iba con gran silencio en medio de los demás, puso sus ojos sobre mí y empezó a hablarme de esta manera:

Hijo mío, ¿de dónde vienes? ¿Acaso has ido tú también a la misión?

Sí, señor. He oído también los sermones de los misioneros.

¡Pues sí que habrás podido entender mucho! De seguro que tu madre te hubiera predicado mejor. ¿No te parece?

Es cierto. Mi madre me dice a menudo cosas muy bonitas. Pero eso no quita que yo no vaya con gusto a oír a los misioneros, y creo haberlos entendido muy bien.

Si me dices cuatro palabras de los sermones de esta tarde, te doy una propina.

Dígame si quiere que le hable del primer sermón o del segundo.

Sobre el que quieras. Basta que me digas cuatro cosas. ¿Te acuerdas de qué trató el primer sermón?

Trató de la necesidad de entregarse a Dios y de no dejar para más adelante la conversión.

Pero, en resumen, ¿qué se dijo? – añadió el venerable anciano algo maravillado.

Lo recuerdo bastante bien. Si quiere, se lo digo entero.

Y, sin más, comencé con el exordio, y seguí a continuación con los tres puntos, a saber: que el que difiere su conversión corre gran peligro de que le falte el tiempo, la gracia, o la voluntad. Él me dejó hablar por más de media hora, rodeado por toda la gente. Después empezó a preguntarme:

¿Cómo te llamas? ¿Quiénes son tus padres? ¿Has ido mucho a la escuela?

Me llamo Juan Bosco. Mi padre murió cuando yo era muy niño. Mi madre es viuda, con cinco personas que mantener. He aprendido a leer y escribir un poco.

¿Has estudiado la gramática latina?

No sé qué es eso.

¿Te gustaría estudiar?

¡Muchísimo!

¿Quién te lo impide?

Mi hermano Antonio.

¿Y por qué Antonio no te deja estudiar?

Porque como a él no le gustaba ir a la escuela, dice que no quiere que otros pierdan el tiempo estudiando como él lo perdía. Pero, si yo pudiese ir, sí que estudiaría y no perdería el tiempo.

¿Y para qué quisieras estudiar?

Para hacerme sacerdote.

¿Y por qué quieres ser sacerdote?

Para acercarme a hablar y enseñar la religión a tantos compañeros míos que no son malos, pero que se hacen tales porque nadie se ocupa de ellos.

Mi franqueza y, diría, mi audacia en el hablar causó gran impresión en aquel santo sacerdote, que, mientras yo hablaba, no me quitaba los ojos de encima. Llegados entre tanto a un determinado punto del camino en que era menester separarnos, me dejó diciendo:

¡Animo! yo pensaré en ti y en tus estudios. Ven a verme con tu madre el domingo, y todo lo arreglaremos.

Cuánto vale un amigo fiel.

Fui, en efecto, al domingo siguiente con mi madre. Y convinieron en que él mismo me daría clase un rato cada día, a fin de que trabajase el resto en el campo, para condescender con mi hermano Antonio. Este se conformó fácilmente, ya que todo esto debía empezar después del verano, cuando ya no hay mucho trabajo en el campo.

Me puse enseguida en las manos de don Juan Calosso, que sólo hacía unos meses que había venido a aquella capellanía. Me di a conocer a él tal como era. Le manifestaba con naturalidad mis deseos, mis pensamientos y mis acciones. Esto le agradó mucho, porque así me podía guiar con más conocimiento de la realidad en lo espiritual y en lo temporal.

Y así conocí cuánto vale un director fijo, un amigo fiel del alma, pues hasta entonces no lo había tenido. Me prohibió enseguida, entre otras cosas, una penitencia que yo acostumbraba a hacer y que no era proporcionada a mi edad y condición. Me animó a frecuentar la confesión y comunión, y me enseñó a hacer cada día una breve meditación y un poco de lectura espiritual.

Los domingos pasaba con él todo el tiempo que podía. De este modo comencé a gustar la vida espiritual, ya que hasta entonces obraba más bien materialmente y como las máquinas que hacen las cosas sin saber por qué.

Hacia mediados de septiembre comencé los estudios de la gramática italiana, que aprendí pronto y practiqué con oportunas redacciones. Por Navidad empecé el Donato, y por Pascua ya traducía del latín al italiano, y viceversa.

Durante todo aquel tiempo no dejé los acostumbrados entretenimientos festivos en el prado, o en el establo durante el invierno. Todo cuanto mi maestro hacía o decía, la más mínima de sus palabras, me servía para entretener a mi auditorio.

Veía el cielo abierto, pues había logrado mis deseos. Pero una nueva tribulación, más aún, un grave infortunio echó abajo todas mis ilusiones.

Texto: San Juan Bosco / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


info@espiritusantogt.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s