Capítulo 16: Mortificación de los sentidos externos

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Domingo Savio, Santo Domingo SavioPuesto cualquiera a considerar la compostura exterior de Domingo, advertía tanta naturalidad, que caía fácilmente en la tentación de imaginarlo salido así de las manos de Dios. Pero cuantos le conocieron de cerca y tuvieron parte en su educación pueden asegurar que era efecto de un gran esfuerzo humano apoyado en la gracia de Dios.

Sus ojos eran muy vivos, y tenía que hacerse no pequeña violencia para tenerlos a raya.

«Al principio – repitió varias veces a un amigo suyo -, cuando me impuse la obligación de dominar del todo mis miradas tuve no poco trabajo y hasta padecía grandes dolores de cabeza».

La custodia de sus ojos fue tal que ninguno de cuantos le conocieron recuerda haberle visto dar una mirada que no estuviese dentro de los límites de la más rigurosa modestia.

«Los ojos – solía decir – son dos ventanas por donde entra lo que uno quiere; podemos dejar pasar por ellas a un ángel o a un demonio con sus cuernos, y hacer que uno u otro sean dueños de nuestro corazón».

Sucedió cierto día que un muchacho de fuera del Oratorio trajo consigo una revista con figuras indecentes e irreligiosas; una turba de curiosos le rodeó para mirar aquellas figuras que habrían causado asco a un turco y hasta a un pagano; acudió también Domingo, creyendo se tratase de alguna imagen devota; más cuando vio de cerca el papel, quedó primero sorprendido y, luego, sonriendo, lo tomó y lo hizo pedazos. Espantados sus compañeros, se miraron entre sí sin decir palabra. Domingo entonces les habló así:

¡Desgraciados! Dios nos ha dado ojos para contemplar la hermosura de las cosas creadas, y vosotros os servís de ellos para mirar estas obscenidades inventadas por gente perversa que desea manchar vuestras almas. ¿Habéis olvidado por ventura lo que tantas veces se nos ha dicho? El Salvador nos dice que una sola mirada deshonesta mancha nuestra alma; ¿y vosotros alimentáis vuestros ojos con impresos de esta clase?

Nosotros – dijo uno de ellos – mirábamos esas figuras para reírnos.

Sí, para reíros… Y riendo de ese modo podéis caer en el infierno… Mas, si tuvierais la desgracia de caer en él, ¿continuaríais riendo?

Pero nosotros – replicó otro – no vemos tan mal esas figuras.

Tanto peor pues el no ver mal mirando esas obscenidades es señal de que vuestros ojos ya están habituados a ellas; y este hábito no es disculpa del mal, antes os hace más culpables. Recordad a Job. Era un anciano y un santo, y estaba afligido por una enfermedad que le tenía tendido en un muladar, y, con todo, hizo pacto con sus ojos de no darles la más mínima libertad en cosa inmodesta.

A estas palabras todos callaron y nadie osó reconvenirle ni le hicieron observación alguna.

A más de ser modesto en sus miradas, era muy medido en sus palabras. Tuviera o no razón, siempre callaba cuando otros hablaban, y hasta truncaba a veces el vocablo para dar lugar a que otros hablaran. Sus maestros y demás superiores aseguran unánimemente que jamás les dio motivo para tener que avisarle ni aun por haber proferido, una sencilla palabra fuera de tiempo, ni en el estudio, ni la clase, ni en la iglesia, ni mientras cumplía sus deberes de estudio y de piedad; antes bien, aun en las ocasiones en que recibía un ultraje, sabía moderar su enojo y su lengua.

Un día avisó a un compañero de que se corrigiera de una costumbre mala; éste, en vez de recibir con gratitud el aviso, se dejó arrastrar a brutales excesos, le dijo mil villanías y luego se desahogó con él a puñetazos y puntapiés. Domingo pudiera haber hecho valer sus razones con los hechos, pues tenía más edad y fuerza, pero no tomó otra venganza que la del cristiano. Se encendió, es verdad, su rostro; pero, refrenando los ímpetus de la cólera, se limitó a decir estas palabras:

Te perdono; hiciste mal; no trates a otros de este modo.

¿Y qué decir de la mortificación de los demás sentidos del cuerpo, Me limitaré a recordar algunos hechos.

En el invierno padecía de sabañones1 en las manos, y por mucho que sufriese, jamás se le oyó palabra ni señal de queja, antes bien parecía hallarse a gusto en ello.

Cuanto más gordos son los sabañones – decía – más aprovechan a nuestra salud.

Quería decir a la salud del alma. Muchos de sus compañeros aseguran que en los grandes fríos del invierno solía ir a la escuela a paso lento y lo hacía por el deseo que tenía de sufrir y hacer penitencia siempre que se le ofrecía ocasión: «Muchas veces le vi – dice un compañero suyo -, en lo más rígido del invierno, abrirse la piel, y aun las carnes, con una aguja o una pluma, para que las laceraciones, convirtiéndose en llagas, le asemejaran más al divino Salvador».

Donde hay grupos de jóvenes se dan siempre algunos descontentadizos que no encuentran nada bien; lo mismo se quejan de las funciones religiosas que de la disciplina, del descanso y de la comida; en todo encuentran alguna pega. Son éstos una verdadera cruz para sus superiores; porque el descontento de uno se comunica a los demás, y a veces con grave daño de todo el grupo.

La conducta de Domingo era, en todo, lo contrario de lo de estos tales. Jamás sus labios prefirieron palabras de queja ni por los calores del estío ni por los fríos del invierno. Siempre estaba igualmente alegre, hiciese bueno o mal tiempo; siempre se mostraba satisfecho de todo lo que le presentaban en la mesa, y, con admirable habilidad, sabía hallar el modo de sacrificarse; cuando un manjar era censurado de los demás por demasiado cocido o crudo, o porque no tenía sal o la tenía en exceso, él se mostraba contento, diciendo que cabalmente así era como le gustaba.

Por lo regular se quedaba en el comedor después de que habían salido sus compañeros y recogía los mendrugos que aquéllos dejaran sobre la mesa o caídos en el suelo y se los comía él como la cosa más sabrosa.

A los que se mostraban maravillados de esto, encubría su espíritu de penitencia diciendo: <<Los panes no se comen enteros; si están en pedazos se les ahorra no poco trabajo a los dientes>>.

No permitía que se echara a perder sopa, cocido o cualquier otro alimento, sin tener reparo en aprovecharlos él mismo. Y no es que lo hiciera por gula, pues, muchas veces daba a sus compañeros la porción de comida que le tocaba a él.

Habiéndosele preguntado por qué se mostraba tan solícito en juntar aquellas sobras que a nadie apetecían, respondió: <<Todo cuanto tenemos en esta vida es don precioso de la mano de Dios; pero de todos los dones, después de su santa gracia, el más apreciable es el alimento, con el cual nos conserva la vida. Así que aun la más pequeña parte de este don merece nuestro agradecimiento y es verdaderamente digno de ser recogido con la más escrupulosa diligencia>>.

Era para él un agradable entretenimiento limpiar los zapatos, cepillar la ropa de sus compañeros, prestar a los enfermos los más humildes servicios, barrer o desempeñar trabajos análogos.

Cada uno hace lo que puede – solía decir -; yo no soy capaz de hacer grandes cosas; pero lo que puedo quiero hacerlo a mayor gloria de Dios, y espero que el Señor, en su infinita misericordia, se dignará aceptar estos mis miserables obsequios.

Comer cosas que no eran de su gusto, abstenerse de las que le agradaban, dominar sus miradas aun en cosas indiferentes, tolerar ingratos olores, renunciar a su propia voluntad, soportar con perfecta resignación lo que causaba algún dolor a su cuerpo o a su ánimo, eran actos de virtud en que Domingo se ejercitaba todos los días, y podemos decir que en cada momento de su vida.

Callo, por lo tanto, muchísimos otros actos de este género; pero todos concurrían a demostrar cuán grande era en Domingo el espíritu de penitencia, de caridad y de mortificación de todos los sentidos de su persona, y, al mismo tiempo, cuán diligente era su virtud en aprovecharse de las ocasiones grandes o pequeñas y hasta de las más indiferentes, para santificarse y aumentar sus méritos delante del Señor.

Atestigua el canónigo Ballesio: «El aspecto del siervo de Dios y su compostura eran expresión de su modestia y de su castidad».

El Card. Cagliero: «Siempre he considerado al siervo de Dios como a un joven piadoso y bueno, y de virtud sólida, y de una piedad firme y de una pureza más firme todavía. Nosotros, sus compañeros y asistentes, le veíamos siempre circunspecto, reservado y delicadísimo en cuanto se refiere a esta hermosa y angelical virtud. Le vi muchas veces, al acostarse y levantarse, desnudarse y vestirse con tal modestia y sencillez, que tenía admirados y edificados a sus compañeros de dormitorio. Es más, me consta que los que dormían cerca y que a veces se comportaban con menos miramientos, aprendieron de él una mayor delicadeza.

Ningún compañero se atrevía a proferir nunca palabra menos casta en presencia suya. Nadie se permitía ante él actos menos modestos o un tanto ligeros. Su porte les prevenía, avisaba y mantenía en la virtud. Difícil es decir hasta qué punto el venerable Don Bosco, que conocía su pudor angelical, lo alentó en esta virtud, considerándola como la flor más espléndida entre otras tan hermosas que él cultivaba en su Oratorio».

Este capítulo no lo incluyó Don Bosco en la primera edición, sino que lo añadió en la siguiente.

El compañero que le vio abrirse las carnes según narra Don Bosco, fue el clérigo Juan Bautista Giácomo Piano, más tarde párroco en Turín. Él se lo escribió en 1860 a Don Bosco, quien publicó la carta casi a la letra. Sirve este detalle para afirmar una vez más cómo el santo biógrafo no dejaba, al escribir, correr la fantasía. El mismo Piano recuerda cómo Don Bosco había invitado a sus hijos a contarle cuanto supieran de las virtudes de Domingo.

El no despreciar los dones de Dios, razón por la cual recogía y comía con preferencia los mendrugos abandonados por sus compañeros, le sugirió una iniciativa que parecería extravagante sí no estuviera ennoblecido por tan alto principio sobrenatural. En las Memorias Biográficas se menciona la compañía de así llamada porque los asociados se proponían recoger lo que los chicos dejaban caer fácilmente de la mesa o en los patios. Pues bien, don Francesia informa en los procesos que esta singular asociación fue fundada por Domingo Savio.

El Card. Cagliero, después de pasar lista a una serie de mortificaciones practicadas por Domingo, infiere de todo ello que el pequeño Domingo no era sólo un pequeño penitente, sino un émulo de las penitencias de los santos más avanzados.

  1. Los sabañones son la inflamación dolorosa de pequeños vasos sanguíneos de la piel que se producen en respuesta a la exposición repetida al aire frío, pero no helado.

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