El día que Juan Bosco cantó dos veces

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: Parroquia El Espíritu Santo
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Tenía unos once o doce años cuando, con motivo de una fiesta, hubo baile público en la plaza de Morialdo. Era la hora de las funciones religiosas de la tarde y Juan, deseando que cesase aquel escándalo, se dirigió a la plaza y, mezclado entre la gente, en parte conocidos suyos, trataba de persuadirles a que dejaran el baile y entraran en la iglesia a las vísperas.

¡Mira por dónde un chiquillo, casi un crío, viene a imponernos leyes! – decía uno.

¿Quién te ha dado el simpático encargo de venir a predicarnos y hacer de padre espiritual? – replicaba otro.

¡Hay que tener una cara como la tuya para venir a estorbarnos en lo mejor de nuestra diversión! – añadía un tercero.

¡Preocúpate de tus cosas y no te metas donde no te llaman! – refunfuñaba bruscamente un cuarto. Y se reían en su cara.

Entonces Juan se puso a cantar una canción religiosa popular, pero con una voz tan agradable y armoniosa que, poco a poco, acudieron todos a su alrededor. Después de un instante, se encaminó hacia la iglesia: todos le siguieron, como encantados por su voz, hasta entrar en la iglesia tras él.

Al anochecer, volvió Juan al baile, que se había reanudado con loco frenesí. Iba oscureciendo cada vez más e iba diciendo Juan a los que parecían más sensatos: <<Ya es hora de retirarse: el baile resulta peligroso>>. Pero como nadie le hiciera caso, se puso a cantar como había hecho antes. Al dulce sonido, casi mágico de su voz, cesaron las danzas y quedó vacío el lugar del baile. Todos corrieron a su alrededor para oírle, y al acabar le ofrecieron muchos regalos para que volviese a empezar. Volvió a cantar y rápidamente le ofrecieron regalos o dinero como pago por su canto, pero no quiso aceptar nada. Los organizadores del baile, que veían cómo con el fin del baile cesaban también sus ganancias, se le acercaron y, ofreciéndole dinero, le dijeron:

Mira, toma este dinero y márchate, o te llevas una paliza como no la has recibido en tu vida.

¡Eh!, ¿qué manera de hablar es ésa? ¿Estoy acaso en su casa para tener que obedecerlos? ¿No soy libre de hacer lo que más me cuadre? Yo tengo aquí parientes a quienes esperan en sus casas. ¿Les ofendo a ustedes si vengo a llamarlos? Las familias temen que haya alguna desgracia, alguna riña; ¿no es justo quitarles su preocupación? Sobre todo a estas horas, debes comprender, ustedes que son personas sensatas y buenas, que es muy posible ocurran problemas, que luego les causarían pesar. Si deseo el orden es porque nuestro barrio gozó siempre de buena fama por todos los pueblos. ¿Les falto con esto al respeto?

Estas y otras razones semejantes, expuestas por un niño, sorprendieron y convencieron a muchos para abandonar el baile. Los más fanáticos siguieron todavía un rato; pero, al ser tan pocos, también ellos decidieron marcharse.

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