Capítulo 02: El pequeño saltimbanqui

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoPequeño de estatura

Me habéis preguntado muchas veces a qué edad comencé a preocuparme de los niños. A los diez años hacía lo que era compatible con esa edad: una especie de oratorio festivo. Escuchad.

Era yo aún muy pequeño y ya estudiaba el carácter de mis compañeros. Miraba a uno a la cara, y ordinariamente descubría los propósitos que tenía en el corazón. Por eso los de mi edad me querían y me respetaban mucho. Todos me elegían para juez o para amigo. Por mi parte, hacía bien a quien podía, y mal a ninguno. Los compañeros me querían a su lado para que, en caso de pelea, me pusiera de su parte. Porque, aunque era pequeño de estatura, tenía fuerza y coraje para meter miedo a compañeros de mi edad. De tal forma que, si había pelea, disputas, riñas de cualquier género, yo era el árbitro de los contendientes, y todos aceptaban de buen grado la sentencia que dictaba.

Narrador de historias y cuentos

Pero lo que les reunía junto a mí y les arrebataba hasta la locura eran mis narraciones. Los ejemplos que oía en los sermones o en el catecismo, la lectura de libros, como Los Reales de Francia, Güerrín Mezquino, Bertoldo y Bertoldino, me prestaban argumentos.

Tan pronto me veían mis compañeros, corrían en tropel para que les contase algo, yo que apenas entendía lo que leía. A ellos se unían algunas personas mayores, y sucedía que a veces, yendo o viniendo de Castelnuovo, u otras en un campo o en un prado, me veía rodeado de centenares de personas. Acudían a escuchar a un pobre chiquillo que tenía un poquito de memoria. Estaba en ayunas de toda ciencia, por más que entre ellos pasase por un doctor. En el país de los ciegos, el tuerto es rey.

Durante el invierno, me reclamaban en los establos para que les contara historietas. Allí (el lugar más caliente de la casa) se reunía gente de toda edad y condición, y todos disfrutaban escuchando inmóviles durante cinco o seis horas al pobre lector de Los Reales de Francia, que hablaba como si fuera un orador, de pie sobre un banco para que todos le vieran y oyesen. Y como se decía que iban a escuchar el sermón, empezaba y terminaba las narraciones con la señal de la cruz y el rezo del avemaría (1826).

«Andaba y bailaba sobre la cuerda»

Durante la primavera, en los días festivos sobre todo, se reunían los del vecindario y algunos forasteros. Entonces la cosa iba más en serio. Entretenía a todos con algunos juegos que había aprendido de otros.

Había a menudo, en ferias y mercados, charlatanes y volatineros a quienes yo iba a ver. Observaba atentamente sus más pequeñas proezas y volvía a casa y las repetía hasta aprenderlas. Imaginaos los golpes, revolcones, caídas y volteretas a que me exponía vez por vez.

¿Lo creeréis? A mis once años hacía juegos de manos, daba el salto mortal, hacía la golondrina, caminaba con las manos, andaba, saltaba y bailaba sobre la cuerda como un profesional. Por lo que se hacía los días de fiesta lo comprenderéis fácilmente. Había en      I Becchi un prado en donde crecían entonces algunos árboles. Todavía queda un peral que en aquel tiempo me sirvió de mucho. Ataba a ese árbol una cuerda que anudaba en otro más distante. Después colocaba al lado una mesita con una bolsa y una alfombra en el suelo para dar los saltos.

Cuando todo estaba preparado y el público ansioso por lo que iba a seguir, entonces invitaba a todos a rezar la tercera parte del rosario, tras lo cual se cantaba una letrilla religiosa. Acabado esto, subía a una silla y predicaba o, mejor dicho, repetía lo que recordaba de la explicación del Evangelio que había oído por la mañana en la iglesia; o también contaba hechos y ejemplos oídos o leídos en algún libro. Terminado el sermón, se rezaba un poco y enseguida, venían las diversiones.

En aquel momento hubierais visto al predicador como antes dije, convertirse en un charlatán de profesión. Hacer la golondrina, ejecutar el salto mortal, caminar con las manos en el suelo y los pies en alto, echarme a continuación al hombro las alforjas y tragarme monedas para después sacarlas de la punta de la nariz de este o del otro espectador. Multiplicar pelotas y huevos, cambiar el agua en vino, matar y despedazar un pollo para hacerlo luego resucitar y cantar mejor que antes, eran los entretenimientos ordinarios.

Andaba sobre la cuerda como por un sendero. saltaba, bailaba, me colgaba, ora de un pie, ora de los dos; ya con las dos manos, ya con una sola.

Tras algunas horas de diversión, cuando yo estaba bien cansado, cesaban los juegos, se hacía una breve oración y cada cual volvía a su casa.

Quedaban fuera de estas reuniones los que hubieran blasfemado, hablado mal o no quisieran tomar parte en las prácticas religiosas.

Al llegar aquí, diréis algunos: <<Para ir a las ferias y mercados, para oír a los charlatanes, para preparar cuanto se necesita para tales diversiones, hace falta dinero. ¿De dónde salía? >>

Yo podía proporcionármelo de mil diversos modos. Las moneditas que mi madre y otros me daban para divertirme o para golosinas, las propinas, los regalos, todo lo guardaba para eso. Tenía además una gran pericia para cazar pájaros con la trampa, la jaula, la liga y los lazos; y sabía mucho de nidos. Cuando había recogido unos cuantos, buscaba la manera de venderlos convenientemente. Las setas, las hierbas colorantes y el brezo, constituían para mí otra fuente de ingresos.

Vosotros me preguntaréis si mi madre estaba contenta de que yo llevase una vida tan disipada y de que perdiese el tiempo haciendo de saltimbanqui. Habéis de saber que mi madre me quería mucho y yo le tenía una confianza tan ilimitada, que no me hubiera atrevido a mover un pie sin su consentimiento. Ella lo sabía todo, todo lo observaba y me dejaba hacer. Es más, si necesitaba alguna cosa, me la proporcionaba con gusto. Los mismos compañeros y, en general, todos los espectadores, me daban de buena gana cuanto necesitaba para procurarles los ansiados pasatiempos.

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