Capítulo 15: Sus penitencias

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Domingo Savio, Santo Domingo SavioSu edad, su poca salud, su inocencia, le hubieran, sin duda, eximido de toda penitencia; pero sabía que difícilmente puede conservar un joven la inocencia sin la penitencia; y este pensamiento le hacía ver sembrada de rosas la senda del sufrimiento. Y aquí no entiendo por penitencia el soportar pacientemente las injurias y desazones, no hablo de la continua mortificación y recogimiento de todos sus sentidos cuando oraba, en la clase, en el estudio y en el recreo. Estas penitencias eran continuas en él, entiendo referirme a las penitencias con que afligía su cuerpo. En su fervor se había propuesto ayunar todos los sábados a pan y agua en honor de la bienaventurada Virgen, pero se lo impidió su confesor. Quería ayunar durante la cuaresma; pero al cabo de una semana lo supo el director de la casa y al punto se lo prohibió. Quería al menos dejar el desayuno, y también eso le fue prohibido. No se le permitían tales penitencias para que su delicada salud no se acabase de malograr. ¿Qué hacer, pues?

Como se le prohibía mortificarse en la comida, comenzó a afligir su cuerpo de otros modos: ponía astillas de madera en la cama y pedacitos de ladrillo para que se le tornara molesto el mismo reposo; quería llevar una especie de cilicio; mas todo se le prohibió igualmente. Imaginó entonces un nuevo medio: dejó que se adelantara el otoño y el invierno sin aumentar el abrigo en su lecho, de suerte que en el rigor del mes de enero no tenía más abrigo que en el verano. Una mañana que guardó cama por una indisposición, le visitó el director y, al verle hecho un ovillo, se le acercó y pudo darse cuenta de que no tenía más abrigo que una colcha muy delgada.

¿Por qué haces eso? -le dijo-. ¿Es que quieres morirte de frío?

No – respondió -, no me moriré de frío. Jesús en el pesebre de Belén y cuando pendía de la cruz estaba menos abrigado que yo.

Como se le Prohibiese entonces absolutamente hacer nuevas penitencias, fuesen del género que fuesen, sin pedir permiso expresamente, se sometió al fin con pena a ese mandato.

Le encontré en cierta ocasión que iba exclamando muy afligido:

¡Ay de mí! ¡Estoy en un verdadero aprieto! El Salvador dice que si no se hace penitencia no se podrá entrar en el paraíso, y a mí me prohíben hacerla; ¿cuál va a ser entonces mi cielo?

La penitencia que Dios quiere de ti – le dije – es la obediencia. Obedece y ya tienes bastante.

¿Pero es que no podría hacer alguna otra penitencia más?

Sí, se te permite ésta: Soportar con paciencia las injurias que te hagan, tolerar con resignación el calor, el frío, los vientos, las lluvias, el cansancio y todas las indisposiciones de salud que quisiera enviarte el Señor.

Bien, pero todo esto hay que sufrirlo por necesidad.

Pues lo que haya que sufrir por necesidad, ofrécelo al Señor y se convertirá en virtud, y ganarás muchos méritos para tu alma.

Convencido y resignado con estos consejos, se retiró tranquilo.

Bien precoz fue en Savio este espíritu de penitencia. El testigo don Juan Pastrone, capellán de Mondonio, atestigua: «Muchas veces le oí contar a una tal Anastasia Molino que el siervo de Dios acostumbraba a mortificar su cuerpo con azotes y haciendo penoso su descanso en la cama con instrumentos de penitencia. Lo supo ella de la madre de Savio, la cual se le quejaba de esta costumbre de su hijo, porque echaba a perder mucho las sábanas». Así lo confirma su hermana: «Recuerdo, por habérselo oído a mi padre, que tenía unos grandes deseos de hacer penitencia, para poder santificarse, como decía. A este propósito me contaba que en una ocasión fueron a visitarlo en su habitación por estar enfermo, y se dieron cuenta, sin que él lo notase, de que debajo de las sábanas tenía, piedras escondidas para hacer más duro su lecho. Esto me lo solía contar echándomelo en cara mi padre, porque me quejaba de que mi cama no era bastante blanda».

Sí se le hubiera permitido lo que él intentaba, su fervor le hubiera llevado a verdaderos excesos. Refiere don Cerruti: «Tengo bien presente un hecho que nos contaba Don Bosco poco después de la muerte de Savio. Una vez, por espíritu de mortificación, intentó mantener un dedo de la mano derecha sobre una vela encendida durante el rezo de un Avemaría. Hacia el final se desmayó y lo llevaron a la enfermería. Don Bosco le dio una buena reprimenda. Al contárnoslo terminó: ‘No hagáis cosas de ésas sin permiso de los superiores’».

Al leer las enseñanzas de Don Bosco en esta materia, no se vaya a creer que tenía en poco las mortificaciones aflictivas y las penitencias, pues sabemos que él mismo las practicaba sin excluir el cilicio y la disciplina. Pero con los jóvenes hay que usar de prudencia, máxime cuando se les ve movidos de exceso de fervor en busca de penitencias incompatibles con su edad y salud.

Así, pues, Domingo comprendió y practicó con tanta fidelidad los consejos de su director espiritual, que Cagliero pudo atestiguar: «Era tan mortificado en sus sentidos, que a todos nos encantaba con la práctica constante de la paciencia, de la dulzura y de su actitud y puntualidad en sus deberes».

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