El Sermón

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Mi vida de sermón comenzó a fraguarse en el escritorio de fray Guillermo Botta, padre dominico y predicador preclaro. Durante días enteros consultó el Evangelio y varios libros de teología. Palabra a palabra dio forma a mi cuerpo.

El celoso dominico, mientras me escribía, imaginaba a los sencillos campesinos de la parroquia de Butigliera de Asti, pueblecito enclavado en las suaves colinas del Piamonte.

Cuando descubrí que yo no era un sermón cualquiera, sino que estaba destinado a brillar con luz propia en la misión del año Jubilar, me llené de orgullo.

Por fin llegó el día. Era una tarde de abril. Los campesinos se habían congregado en la iglesia. Un olor rancio a cera quemada impregnaba el templo. El predicador subió al púlpito. Comenzó la disertación. Mi cuerpo de sermón, impulsado por su voz potente, comenzó a llenar todos los rincones de la iglesia.

Minutos después se derrumbaron mis sueños de grandeza. Varios campesinos dormitaban al no entender las palabras eruditas del predicador. Otros, ajenos a mí, elaboraban una lista de pecados para realizar una buena confesión y eludir las penas del infierno… algunas mujeres devotas musitaban el santo rosario.

Cuando comenzaba a sentirme decepcionado, llamó mi atención un niño de unos diez años. Desde la altura del púlpito observé su pelo recio y ensortijado. Sus ojos despiertos y atentos se cruzaron con los míos. Me cautivó. Hallé en él la tierra buena que buscaba. Me olvidé del olor a cera, de los campesinos que dormitaban, de las beatas que farfullaban oraciones. Y me esforcé por llenar la vida de aquel muchacho. Le hablé de la misericordia de Dios; de la alegría de vivir; de la sonrisa que abre caminos al encuentro; de la bondad. Y él me escuchó para siempre.

Han transcurrido muchos años. Aquel niño es hoy sacerdote en la ciudad de Turín. Anuncia caminos nuevos a los jóvenes para que lleguen a ser “honrados ciudadanos y buenos cristianos”.

Me cabe el honor de haber sido el primer sermón que escuchó. Desde aquella tarde nunca nos hemos separado.

Las palabras de Don Bosco han dado vida a mi cuerpo. Él me ha enseñado a ser charla amena que provoca sonrisas y homilía que capta la atención. A su lado he aprendido a hundir mis raíces en la vida diaria y a anunciar la misericordia infinita de un Dios que es Padre. En sus labios dejé de ser sermón para convertirme en “la sonrisa joven de Dios”.

Nota: El papa León XII declaró 1825 como año Jubilar. El pequeño Juan Bosco asistió a las predicaciones de la misión organizada con motivo de este evento. Aquí se encontró a don Juan Calosso, sacerdote que lo acompañó en los inicios de su vocación sacerdotal. (Memorias del Oratorio. Década primera)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s