Capítulo 14: Confesiones y comunión frecuente

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEstá probado por la experiencia que el mejor apoyo de la juventud lo, constituyen los sacramentos de la confesión y la comunión. Dadme un chico que se acerque con frecuencia a estos sacramentos y lo veréis crecer en su juventud, llegar a la edad madura y alcanzar, si Dios quiere, la más avanzada ancianidad con una conducta que servirá de ejemplo a cuantos le conozcan.

Persuádanse los jóvenes de esto para ponerlo en práctica; compréndanlo cuantos trabajan en la educación de la juventud, para que lo puedan aconsejar.

Antes de su venida al Oratorio, Domingo se acercaba a estos sacramentos una vez al mes, como se acostumbraba en las escuelas. Más tarde aumentó la frecuencia; pero como yo un día predicara esta máxima: «Sí queréis, queridos jóvenes, perseverar en el camino del cielo, os aconsejo tres cosas: acercaos a menudo al sacramento de la confesión, frecuentad la santa comunión y elegíos un confesor a quien abráis enteramente el corazón y no lo cambiéis sin necesidad», Domingo acabó de comprender la importancia de estos consejos.

Comenzó por elegir un confesor fijo, con el cual se confesó regularmente todo el tiempo que anduvo entre nosotros; y para que pudiese su confesor formarse un juicio cabal de su conciencia, quiso, según dijimos, hacer con él la confesión general. Comenzó a confesarse de quince en quince días, después cada ocho, y a comulgar con la misma frecuencia. Como viera el confesor el gran provecho que sacaba de las cosas espirituales, le aconsejó comulgar tres veces por semana, y, al cabo del año, le permitió hacerlo diariamente.

Fue por algún tiempo dominado por los escrúpulos, razón por la cual buscaba confesarse cada cuatro días, y aún más a menudo; pero su director espiritual se lo prohibió y, por obediencia, le impuso la confesión semanal.

Tenía Domingo con él no sólo una confianza ilimitada, sino que con la mayor sencillez trataba con él de cosas de conciencia también fuera de confesión. Alguien le aconsejó que cambiara alguna vez de confesor, pero él no quiso hacerlo nunca.

«El confesor-decía-es como el médico del alma, y no se puede- cambiar de médico sino, por falta de confianza en sus cuidados o porque el caso es desesperado; yo no me encuentro en esas condiciones. Tengo la más completa confianza en mi confesor, el cual, con paternal bondad y solicitud, cuida del bien de mí alma; no encuentro mal alguno en mí que él no pueda curar».

Sin embargo, le aconsejó su director mismo que cambiase alguna vez, principalmente con ocasión de los ejercicios espirituales; entonces obedecía prontamente sin oponer la menor dificultad.

Domingo se sentía realmente feliz.

-Si tengo en mi corazón alguna pena-comentaba-, voy a mi confesor, y él me aconseja según la voluntad de Dios, puesto que Jesucristo mismo dijo que la voz del confesor es para nosotros la voz de Dios. Y si deseo algo especial, voy y recibo la comunión, en que se nos da el cuerpo que fue entregado por nosotros; es decir, aquel cuerpo mismo, aquella sangre, aquella alma, aquella divinidad que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz al Eterno Padre. ¿Qué me falta, pues, para ser feliz? Nada de este mundo. Sólo me resta gozar sin velos en el cielo de aquel mismo Dios que ahora, con los esos de la fe, contemplo y adoro en el sacramento.

Con tales pensamientos pasaban verdaderamente felices los días para Domingo. De aquí provenía aquella alegría y aquel gozo celestial que se transparentaban en todas sus acciones.

No se crea que no comprendía la importancia de lo que hacía y que no tenía un estilo de vida cristiana cual conviene a quien desea comulgar frecuentemente, pues su comportamiento era irreprensible. Invité a sus compañeros a que me dijesen si en los tres años que estuvo entre nosotros habían notado en él algún defecto que corregir o alguna virtud que sugerirle, y todos, unánimes, aseguraron no haber visto en él cosa que mereciese corrección ni virtud que no poseyera.

El modo como se preparaba para recibir la santa comunión era fervoroso y edificante. La noche precedente rezaba antes de acostarse una oración con este fin y concluía siempre así: «Sea alabado y reverenciado en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento».

A la mañana siguiente, antes de comulgar, hacía la conveniente preparación, y después su acción de gracias era inacabable. Las más de las veces, si no le llamaban, se olvidaba del desayuno, del recreo y hasta en alguna ocasión de la clase, quedándose en oración o, mejor dicho, en contemplación de la bondad divina, que de modo tan inefable comunica a los hombres los tesoros infinitos de su misericordia. Era para él una verdadera dicha poder pasar una hora ante el sagrario. Iba a visitarlo invariablemente una vez al día por lo menos, e invitaba a otros a que le acompañasen. Su oración predilecta la constituía la corona al sagrado Corazón de Jesús en reparación de las injurias que recibe de los herejes, infieles y malos cristianos.

Para sacar de su comunión es mayor fruto y para tener al mismo tiempo un nuevo estímulo para hacerlas cada día con mayor fervor, se había fijado un fin particular para cada uno de ellos.

He aquí cómo distribuía sus comuniones a lo largo de la semana:

«El domingo, en honor de la Stma. Trinidad.

El lunes, por mis bienhechores espirituales y temporales.

El martes, en honor de Santo Domingo y mi ángel custodio.

El miércoles, en honor de la Virgen Dolorosa y por la conversión de los pecadores.

El jueves, en sufragio de las almas del purgatorio.

El viernes, en memoria de la pasión de nuestro Señor Jesucristo.

El sábado, en honor de la Virgen, para obtener su protección en vida y en punto de muerte».

Tomaba parte con transportes de alegría en todos los ejercicios en honor del Stmo. Sacramento. Si le acontecía encontrarse con el viático cuando era llevado a los enfermos, luego se arrodillaba en cualquier parte, y si el tiempo se lo permitía, lo acompañaba hasta que volvía a la iglesia. Un día que pasaba junto a él, mientras llovía y estaban las calles enlodadas, no habiendo mejor lugar, se puso de rodillas sobre el barro. Se lo reprochó después un compañero, diciéndole que no había por qué manchar de aquel modo la ropa, y que el Señor no exigía tal cosa. Él se limitó a responder:

-Lo mismo, las rodillas que los pantalones son del Señor; todo ha de servirle para darle honra y gloria. Cuando Jesús pasa cerca de mí, no sólo me arrojaría en el barro para honrarle, sino que también me precipitaría en un horno para participar de ese modo de aquel fuego de caridad infinita que le llevó a instituir tan gran sacramento.

En una ocasión vio a un militar de pie en el momento- mismo en que pasaba cerca de él el santo viático. No atreviéndose a invitarle a arrodillarse, sacó del bolsillo un pañuelito blanco, lo extendió en el suelo y, con una seña, le invitó a que se sirviera de él. Al principio el militar se mostró confuso v, dejando después a un lado el pañuelo, se arrodilló en medio de la calle.

En una fiesta del Corpus lo enviaron a la procesión de la parroquia vestido de monaguillo. Fue aquello para él un precioso regalo; el mayor que le podían hacer.

En este capítulo se nos delinea la vida sacramental de Domingo Savio, la cual constituye la base de la obra formativa y educativa de la Pedagogía de Don Bosco.

Nos causa hoy cierta maravilla que a un niño como Domingo Savio le dosifica Don Bosco la frecuencia de la comunión de la manera -descrita.

Caviglia intenta una explicación, diciendo que Don Bosco quería que su santo llegase a la comunión diaria, con una perfección consciente y querida, como fabricada por sus propias manos, y el punto de llegada tenía que coincidir con el punto más alto de su pureza interior (353). El mismo define tal conducta como «sabiduría educadora en la pedagogía autor del espíritu». Vale la pena pensar en esto, tanto más que nos consta que igual método siguió don Bosco también con otros jóvenes buenísimos del Oratorio, a, pesar de que era defensor de la comunión frecuente y diaria.

Del fervor eucarístico de Domingo volverá el santo biógrafo a hacer seguidamente mención. En este capítulo ha querido sobre todo destacar su preparación para comulgar y su acción de gracias «ilimitada». Dice don Francesia: «Yo lo tengo presente en mi pensamiento y recuerdo la compostura que solía guardar después de la santa comunión, y me causaba maravilla su actitud inmóvil, aun cuando el banco fuera incómodo, y esto por largo tiempo». El Card. Cagliero: “Su exterior recogido, devoto y pío, era superior a su edad y comparable al que tienen las almas adelantadas y privilegiadas en devoción. Su aspecto era semejante a un angelito en su preparación y acción de gracias”. Y don Rúa, siempre tan mesurado en la expresión de su pensamiento, juzga en general su piedad eucarística “prodigiosa para su edad” Dedicaba la comunión de los martes a su ángel custodio, hacia el cual alimentaba desde pequeño una especial devoción que después aumentaría en el Oratorio, donde Don Bosco la promovía entre los jóvenes.

Su hermana Teresa testifica: «Mi hermana Ramona me contaba que, cuando era pequeñita, cayó en una balsa con peligro de ahogarse. Mi hermano se lanzó y la puso a salvo>. Preguntado por alguno de los presentes cómo se las había arreglado para salvarla siendo menos. corpulento que ella, respondió: No lo conseguí con solas mis fuerzas, sino que mientras con un brazo alcanzaba a mi hermana, con el otro era ayudado por el Ángel Custodio».

Cuando tenía pocos años rogaba insistentemente a su padre que le llevara a las fiestas de un pueblo vecino. Sucedió lo previsto: a la vuelta casi no podía andar de puro cansado. En aquellos momentos apareció un robusto joven que, dirigiéndole palabras de ánimo, se lo puso en brazos y lo llevó hasta casa. En cuanto lo dejó de pie, se esfumó sin darse a conocer. El Padre quedó en la convicción de que había sido un enviado de Dios, como en otro tiempo lo fue el arcángel Rafael. Y así lo refería en los últimos años, que los pasó en el Oratorio después del fallecimiento de su esposa y haber dado estado a sus hijos.

Otro rasgo de fervor referido por Juan Branda: «Puedo afirmar que la práctica que se conserva actualmente en el oratorio de hacer la visita al Santísimo después de las comidas fue iniciada por el siervo de Dios, el cual, de paso, solía invitar a algunos compañeros».

De los papeles de don Esteban Trione, que tanto trabajó por la causa del santo, -entresacamos esta. nota: «Uno de los testigos del venerable Domingo Savio, Mons. Ballesio, mientras se dirigía al tribunal eclesiástico, les decía a los Otros testigos: No nos creerán, nos creerán; cuando atestigüemos los admirables fervores eucarísticos de Domingo Savio. Y sin embargo, no es más que la pura verdad.


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