Capítulo 13: Su espíritu de oración. Devoción a la Virgen. El mes de María

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioDios le había enriquecido, entre otros dones, con el de un gran fervor en la oración.

Estaba su espíritu tan habituado a conversar con Dios en todas partes, que; aun en medio de las más clamorosas algazaras, recogía su pensamiento y con piadosos afectos elevaba el corazón a Dios.

Cuando rezaba con los demás, parecía verdaderamente un ángel: inmóvil y bien compuesto, de rodillas, sin apoyarse en ninguna parte, con suave sonrisa en el rostro, la cabeza levemente inclinada y los ojos bajos, se le hubiera podido tomar por otro San Luis.

Bastaba verle para quedar edificado. El año 1854, el conde Cays fue elegido prior de la compañía de San Luis, establecida en el Oratorio. La primera vez que tomó parte en nuestras funciones vio a un jovencito que oraba en una compostura tan devota, que se sintió profundamente maravillado. Terminadas las sagradas funciones, quiso informarse y saber quién era el niño que había llamado su atención; se trataba de Domingo Savio.

Dividía casi siempre su recreo en dos partes, una de las cuales la empleaba en lecturas piadosas o en alguna oración que hacía en la iglesia con otros compañeros en sufragio de las almas del purgatorio o en honor de la Virgen.

Su devoción a la Madre de Dios era sencillamente extraordinaria. Cada día hacía una mortificación en su honor, jamás fijaba sus ojos en personas de otro sexo; mientras iba a la escuela, no solía levantar la vista. Pasaba a veces cerca de espectáculos públicos; los compañeros los devoraban con tal avidez, que ni sabían dónde estaban; preguntado Domingo si le habían gustado, contestaba que no había visto nada; por ello, un compañero enfadado le riñó diciéndole:

Pues ¿para qué tienes los ojos, si no te sirven para mirar estas cosas?

-Quiero que me sirvan para contemplar el rostro de nuestra celestial Madre cuando, con la gracia de Dios, sea digno de ir a verla en el paraíso,

Tenía especial devoción al Corazón Inmaculado de María. Todas las veces que entraba en la iglesia iba ante su altar para pedirle que le alcanzara la gracia de guardar el corazón libre de todo afecto impuro.

-María-le decía-, quiero ser siempre vuestro hijo; haced que muera antes de cometer un pecado contrario a la virtud de la modestia.

Todos los viernes escogía un recreo para irse con algunos compañeros a rezar a la iglesia la corona de los siete dolores de María o las letanías de la Virgen de los Dolores.

No sólo era devoto de María Stma., sino que se alegraba mucho cuando podía conducir a sus condiscípulos a obsequiarla con piadosos ejercicios.

Cierto sábado invitó a un compañero para que fuera con él a rezar las vísperas de la Stma. Virgen, y como éste accediese de mala gana, diciendo que tenía frío en las manos, Domingo se sacó al punto los guantes, se los dio, y así fueron ambos a la iglesia.

Otro día de gran frío se quitó la capa que llevaba puesta a fin de prestársela a otro para que fuese contento a rezar con él en la iglesia. ¡Quién podrá dejar de admirar tan generosa piedad!

En ningún tiempo era Domingo Savio más fervoroso en su devoción a nuestra celestial Protectora como durante el mes de mayo. Se unía entonces con otros discípulos para cumplir cada día del mes alguna devoción particular, además de lo que se hacía públicamente en la iglesia. Preparó una serie de ejemplos edificantes que poco a poco fue narrando con mucho gusto para animar a otros a ser devotos de la Virgen. Hablaba de ella a menudo en tiempo de recreo, y exhortaba a todos a confesarse, a frecuentar la santa comunión, principalmente en aquel mes, y daba ejemplo él mismo, acercándose todos los días a la mesa eucarística con tal recogimiento, que mayor no se podía desear

Un curioso episodio dará a conocer la ternura de su corazón en su devoción a la Virgen, Los alumnos de su dormitorio decidieron hacer a sus propias expensas un hermoso altarcito que había de servir para solemnizar la clausura del mes de María. Domingo era todo actividad en esta obra, pero, cuando fueron después a recolectar la pequeña cuota con que cada uno debía contribuir, exclamó:

– ¡Pues sí que estoy arreglado! Para estas cosas hace falta dinero, y yo no tengo ni un céntimo en el bolsillo. Y, no obstante, quiero contribuir con algo.

Fue, tomó un libro que le habían dado de premio y, después de pedir permiso al superior, volvió contento y dijo:

-Amigos, ya puedo concurrir también yo a honrar a la Virgen; ahí está ese libro. Sacad de él lo que podáis. Esa es mi contribución.

Al ver aquel acto tan espontáneo y generoso, los compañeros se conmovieron, y también ellos quisieron aportar libros y otros objetos. De esta manera resultó una pequeña tómbola cuyo producto fue más que suficiente para cubrir los gastos del altar.

Terminado éste, los chicos deseaban celebrar el acontecimiento lo mejor posible. Cada cual andaba muy solícito en los preparativos; más como no pudiesen acabar para el tiempo fijado, fue menester trabajar durante la noche.

-Yo-dijo Domingo-pasaré gustoso toda la noche trabajando.

Pero sus condiscípulos le convencieron de que se acostase, pues que estaba convaleciente de una enfermedad, y como él se resistiese, al final tuvo que ir porque se lo mandaron.

-Al menos-dijo a uno de sus compañeros-venme a despertar en cuanto terminéis, para que pueda ser de los primeros en contemplarlo.

Las dos principales devociones del Oratorio eran en honor de Jesús

Sacramentado y de María Inmaculada. De ellas habla Don Bosco en el capítulo 13 y 14, previas unas palabras sobre el don de oración concedido por Dios a Domingo Savio.

He aquí el testimonio del Card. Cagliero: «El espíritu de fe y de unión con Dios era en él habitual, de manera que su vida era totalmente de fe viva, de certidumbre y sin la menor duda en su corazón sencillo y pleno de Dios. Cuanto hacía estaba acompañado de gran fe y de sentimientos divinos y sobrenaturales que le impulsaban y alentaban con admiración de cuantos éramos sus compañeros, maestros y asistentes o disfrutábamos de su -conversación. No vivía más que de Dios, con Dios y para Dios».

Observa acertadamente Caviglia (275): «El alma de Savio es un caso de alma orientada desde los primeros momentos a la conciencia y plenitud de Dios. Las palabras de Cagliero y de Don Bosco nos hacen ver un alma unida a Dios en oración continua, atraída a él por una especie de gravitación que deriva del amor del continuo ejercicio de la presencia de Dios».

El cuadro que él nos traza de Domingo en oración nos lo presenta como una figura angelical, imagen que se repite con frecuencia en las declaraciones de los testigos. Bien lo había notado mamá Margarita, la cual dijo un día a su hijo: «Muchos jóvenes buenos tienes, más ninguno supera a Domingo Savio». Y preguntado por qué, respondió: «Está en la iglesia como un ángel en el cielo» (MB 5,207).

Los testigos que lo vieron rezar no aciertan a expresarse de otra manera. Don José Melica: «Yo mismo vi muchísimas veces estar completamente recogido en oración con tal y tanto fervor, que ni aún se daba cuenta de mi presencia cuando yo, como sacristán mayor, cumplía deberes de mi incumbencia». Don Cerruti: «Lo he visto yo rezar ante el altar de la Virgen con aspecto de serafín». El Cardenal Cagliero: «¡Cuántas veces le vi entrar en la iglesia y de cuánta edificación era para sus compañeros que, arrastrados por su ejemplo, se componían ellos también rezando con el mayor recogimiento y fervor Se sentían al lado más que de un ángel, de un serafín de amor». Y da hasta seis nombres de compañeros de entonces que como él admiraban el ardor seráfico de Domingo en oración.

De su devoción a la Madre de Dios habló ya Don Bosco (c.8) y hablará todavía (c.17). Domingo iba a rezar ante el altar de la Virgen que había en la iglesia de S. F. Sales, donde se recogía la comunidad para sus prácticas de piedad. Las oraciones especiales que dirigía a la Virgen eran las que Don Bosco había reunido en su joven cristiano: rosario, letanías de la Dolorosa, los siete dolores, la corona al Sagrado Corazón de María y los siete gozos.

Testifica don Bongiovanni: «Muy a menudo solía él, hablando con sus compañeros, llamar a la Stma. Virgen con el dulce nombre de Madre, y mostraba en su rostro, ora una viva alegría, ora un misterioso semblante; siempre un fervoroso interés, como de ser que ciertamente debía tener con él estrechísima relación e intimidad. De todo lo cual yo fui muchísimas veces testigo ocular». El mismo asegura que alguna vez se colocaba en lugar donde no pudiera ser visto, y desde allí lo contemplaba a su sabor cuando rezaba ante un cuadro de la Dolorosa que había en un altarcito en el dormitorio, «porque, comentaba, sentía en mi corazón un contento inexplicable».

Su maestro don Francesia asegura que era «voz común en el Oratorio que el promotor principal de la devoción que reinaba en los jóvenes de la casa por los años 1855 y 1856 era Domingo Savio, y ello era fruto de su gran celo en propagar la devoción a la Virgen».


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