Capítulo 12: Varios episodios. Buenos modales en el trato con sus compañeros

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEl pensamiento de ganar almas para Dios lo acompañaba en todas partes. En los tiempos libres era el alma del juego siendo de notar que, en cuanto decía o hacía, miraba constantemente el progreso, moral suya o el de su prójimo. Siempre tenía presente aquel principio de urbanidad de no interrumpir a los demás cuando están hablando; pero si los compañeros callaban, hacía recaer la conversación sobre materias de clase, como historia, aritmética, etc., y tenía a mano mil cuentecillos que hacían agradable su compañía. Si oía murmurar a alguno, luego le interrumpía con un chiste, o, bien con un cuento o cosa parecida, para mover a risa y desviar así la conversación de la murmuración e impedir la ofensa de Dios entre sus compañeros.

Su semblante alegre y su temperamento vivaz le hacían querido de sus compañeros, aun de los menos amantes de la piedad; de modo que todos gozaban departiendo con él y aceptaban de buena gana los avisos que de vez en cuando les daba.

Un día deseaba un compañero suyo disfrazarse, y a él no le parecía bien.

– ¿Te gustaría-le dijo Domingo-ser realmente como quieres aparentar, con dos cuernos en la frente, un palmo de narices y vestido encima de arlequín? -. Jamás-repitió el otro.

-Pues entonces-añadió Domingo-, si no quieres tener estas trazas, ¿por qué quieres parecer tal y afear el buen porte que Dios te ha dado?

En cierta ocasión sucedió que un hombre, en tiempo de recreo, se introdujo entre algunos jóvenes que estaban jugando y, dirigiéndose a uno de ellos, Se puso a hablar en alta voz, de suerte que todos los circunstantes podían oírle; y para atraer a los demás comenzó a contar bufonadas e historietas a propósito para mover a risa. Los muchachos, movidos de la curiosidad, en breve se apiñaron a su alrededor, escuchando con avidez sus simplezas; pero, no bien se vio así rodeado, hizo caer la conversación sobre materia de religión, y comenzó a vomitar barbaridades que horrorizaban, burlándose de las cosas más santas y diciendo infamias de todas las personas eclesiásticas, Algunos de los presentes, no pudiendo aguantar tanta impiedad y no osando refutarle, se contentaron con retirarse, en tanto que un buen número de incautos continuaba escuchándole. Llegó casualmente Domingo, y, luego que conoció de qué se trataba, venciendo todo respeto humano, dijo a sus compañeros:

-Amigos, dejemos solo a ese desgraciado, que intenta robar nuestras almas.

Los jóvenes, obedeciendo a la voz de tan amable y virtuoso compañero, se apartaron al punto de aquel emisario del demonio, que, al verse de tal manera abandonado de todos, se marchó para no volver.

En otra ocasión, varios jóvenes se habían propuesto ir a nadar. Esto en todas partes resulta peligroso, pero particularmente en los alrededores de Turín, en donde, a más del riesgo que corre la moralidad, encuéntrense aguas muy profundas e impetuosas, donde los jóvenes a menudo son víctimas de su afición a nadar. Lo supo Domingo, y procuró entretenerlos contándoles alguna novedad; más cuando los vio absolutamente decididos, Les dijo con resolución:

-No, yo no quiero que vayáis.
-Si no hacemos mal alguno.
-Desobedecéis a vuestros superiores y os ponéis en peligro de dar o recibir escándalo y de ahogaros; ¿y esto no es malo?
-Pero tenemos tanto calor que no podemos soportarlo.
-Sí no podéis soportar el calor de este mundo, ¿podréis después sufrir el terrible calor del infierno que os vais a merecer.

Movidos por estas razones, cambiaron de intento, se pusieron a jugar con él y, llegada la hora, fueron a la iglesia para asistir a las sagradas funciones.

Algunos jóvenes del Oratorio fundaron una asociación para preocuparse de la mejora espiritual de los compañeros díscolos. Domingo, que formaba parte de ella, era de los más celosos. Si tenía dulces, frutas, crucecitas, medallas, estampas o cosa semejantes, las guardaba para este objeto.

– ¿Quién la quiere? ¿Quién la quiere? decía en alta voz.
-Yo, yo-gritaban corriendo a su alrededor.
-Despacio, despacio-les decía-; la daré al que sepa responder mejor a una pregunta de catecismo.

Entonces preguntaba sólo a los más trastos, y no bien contestaban a algo, les hacía el regalo.

A otros los ganaba con diversos recursos; los invitaba a pasear, entraba en conversación con ellos y, si llegaba el caso, tomaba parte en sus juegos. Se le vio en alguna ocasión con un grueso bastón en los hombros, cual otro Hércules con la clava, jugar a la rana y mostrarse entregado en cuerpo y alma a aquel juego. Pero de pronto suspendía la partida y decía al compañero:

– ¿Quieres que el sábado vayamos a confesarnos?

El otro, que veía lejano el plazo, deseoso de continuar el juego, y también por darle gusto, le respondía que sí. A Domingo le bastaba esto, y continuaba jugando. Pero ya no le perdía de vista, y todos los días, bien por un motivo, bien por otro, le recordaba aquel sí, y le iba entre tanto insinuando el modo de confesarse bien Llegado el sábado, cual cazador que ha hecho buena presa, le acompañaba a la iglesia, se confesaba él primero, y las más de las veces prevenía al confesor, y luego ayudaba al compañero en la acción de gracias.

Estos hechos se repetían con frecuencia y eran para él de grandísimo consuelo y de gran provecho para sus compañeros; pues sucedía, no raras veces, que alguno que no había sacado ningún fruto del sermón oído, en la iglesia, se rendía después a las piadosas insinuaciones de Domingo.

Acontecía a veces que alguno le engañaba con buenas palabras toda la semana y, llegado el sábado, no se dejaba ver al tiempo de confesarse; pero Domingo, así que le veía de nuevo, le decía en son de chanza:

– ¡Vaya pillo, buena me la hiciste!
-Pero, hombre-le respondía el otro-. Si no estaba preparado, no me sentía…

Infeliz-añadía Domingo-; has cedido al demonio que te vio muy bien dispuesto; ahora tú te encuentras mucho menos dispuesto y hasta te veo de mal humor. ¡Ea!, vamos, haz la prueba; trata de confesarte; haz un esfuerzo, confiésate bien, y ya verás la alegría que sentirás en el corazón.

Por lo regular, el que decidía confesarse volvía en seguida a Domingo con el corazón rebosando de contento.

-Es verdad-le decía-; ¡estoy contento de veras! De hoy en adelante me confesaré más a menudo.

Entre jóvenes suele ocurrirle a alguno que queda como marginado por sus compañeros, ya por rudo o ignorante, ya por tímido o por estar apesadumbrado a causa de algún disgusto. Chicos así suelen sufrir el peso del abandono cuando más necesidad tienen del consuelo de un amigo.

Esos eran los amigos de Domingo. Se acercaba a ellos, los alegraba con interesantes conversaciones, les daba buenos consejos, y más de una vez sucedió que algunos que estaban decididos a entregarse al desorden mejoraron animados por las caritativas palabras del amigo.

Por esta razón, todos los que se encontraban indispuestos de salud querían a Domingo por enfermero, y los que se hallaban apesadumbrados y se sentían acongojados le exponían sus cuitas. De este modo tenía siempre abierto el camino para ejercitar la caridad con el prójimo, y acrecentar sus méritos delante de Dios.

Francisco Cerruti, que llegó a ser del Consejo Superior salesiano, entró en el Oratorio el 8 de noviembre de 1856, y pronto experimentó la afabilidad de Domingo. De ello hizo en el proceso detallada narración. Recién llegado, se sentía como perdido, pensando continuamente en su madre. Un día, mientras durante el recreo se hallaba pensativo apoyado en una columna del pórtico, se le acercó un compañero de rostro sereno, que con dulces maneras le dijo:

– ¿Cómo te llamas?
-Francisco Cerruti-respondió.
– ¿De dónde eres?
-De Saluggia.
– ¿A qué clase vas?
-A la segunda de gramática.
-Entonces ya sabes latín… ¿Sabes de dónde viene la palabra sonámbulo …? Viene de somno ambulare (caminar durante el sueño).
– ¿Pero quién eres tú que así me hablas? -preguntó fijando en su rostro la mirada.
-Soy Domingo Savio.
– ¿A qué clase vas?
-A la de humanidades… Vamos a ser amigos, ¿verdad? -Seguramente-fue la respuesta.

El testigo, referido el gracioso dialoguito, terminó así su declaración: «Desde aquel momento tuve ocasión de encontrarme muchas veces él, aun en circunstancias íntimas, en las cuales ya desde entonces me formé un concepto de que era un santo joven».

También don Rúa menciona una animosa intervención del jovencito para alejar a sus compañeros de un hombre sin pudor que, penetrando en el patio y cautivando la atención de los muchachos, comenzó a despotricar contra la religión y contra los sacerdotes. No hace falta suponer que se trate del mismo caso contado por Don Bosco, porque incidentes análogos los había de cuando en cuando; y así, don Francesia pudo atestiguar: «Oí decir a Don Bosco que Domingo era el fiel guardián del Oratorio, porque con su vigilancia impedía que fraudulentamente se introdujeran entre los jóvenes personas extrañas para difundir la impiedad. Recuerdo que en aquellos tiempos, más de una vez, encontré emisarios de los protestantes, venidos expresamente al Oratorio para sembrar sus errores; uno de los más solícitos para impedirlo era el jovencito Domingo Savio». Esas intrusiones de extraños eran posibles, porque entonces el patio se diferenciaba poco de una plaza abierta. El Oratorio se encontraba casi en medio del campo.

El mismo don Francesia refiere otro hecho de singular valor que Domingo no dudó en realizar con el mismo Don Bosco para alejar el mal del Oratorio, Dice así: «Un día me encontré al azar cerca de Don Bosco, estaba hablando con el jovencito Domingo Savio; y no pude menos de maravillarme al ver que éste, a quien tenía por tímido, hablaba con los brazos en jarra, diciendo con un semblante muy serio:

-Estas cosas no se deben tolerar en el Oratorio.

Y como Don Bosco le respondiera:

-Mira, veremos; ten paciencia.

Él replicaba, insistiendo:

-Es un escándalo y no se puede tolerar.

Era la primera vez que veía a aquel jovencito hablar a Don Bosco casi con -aire de autoridad. Y lo hacía con una persuasión tal, que era forzoso excluir que hubiera ficción ni otro motivo humano. Se trataba de un caso realmente delicado». Razón tenía don Francesia para maravillarse también al no ver aquella vez en Domingo la habitual jovialidad alabada por Don Bosco, que veía en él un poderoso auxiliar en su apostolado.

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