Un caso de bilocación

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: Parroquia El Espíritu Santo
Fotos: Parroquia El Espíritu Santo

El 14 de octubre de 1878, Don Bosco estaba ciertamente en Turín.

Aquel mismo día, un comerciante en aceite y carbón. Regresaba él de Chanas, pueblecito distante medio kilómetro de Saint-Rambert d’Albon (Francia), adonde había acarreado una partida de su mercancía, cuando de repente vio a un sacerdote que caminaba con gran dificultad. Compadecido de él, se le acercó y le dijo:

Señor cura, me da usted la impresión de que está muy cansado.
Es cierto, buen hombre, respondió el sacerdote; he hecho un largo viaje.
Señor cura, le ofrecería gustoso que se sentase aquí arriba, si mi vehículo no estuviese como está; pero no me atrevo con semejante carreta.
Me hace usted un gran favor. Acepto, porque no puedo más.

Dicho esto, ayudado por el otro, montó en la carreta. Parecía tener una edad de treinta a cuarenta años, y, además, buena presencia. Un detalle en el que de pronto aquel hombre no había reparado, pero del que se dio buena cuenta después, fue que, en cuanto el sacerdote se sentó en el fondo de la carreta, destacaba por ambos costados toda su cabeza con su curioso sombrero, y sin embargo nadie, aun pasando cerca del carruaje, había dado muestras de advertir su presencia.

Una vez llegados a casa, el señor Clément le dio la mano y le ayudó a bajar de la carreta; corrió luego a avisar a su esposa, Adela Clément, de que traía a un sacerdote cansadísimo y que necesitaba algún refrigerio. La señora, mujer caritativa y piadosa, acudió en seguida a invitarle a comer con ellos. El sacerdote aceptó y, durante la comida, escuchó amablemente el relato de sus desgracias, la más dolorosa de las cuales era la de que un hijo se les había quedado ciego, sordo y mudo, de resultas de una enfermedad. La pobrecita no podía resignarse; había rezado a todos los Santos, pero nada podía mitigar su pena. El sacerdote le dijo: <<Rece usted, buena señora, y será escuchada>>.

El marido, durante la comida, le servía de beber. Sobre la mesa, junto a la botella del vino, había un jarro para el agua, como entonces se acostumbraba: era de barro cocido, blanco y con ribetes de plata. Dijo el sacerdote: <<Conserven este jarro como recuerdo mío>>.

Hacia el final de la comida, el señor Clément salió para abrevar a las caballerías, pues tenía que irse de nuevo a su trabajo. Mientras tanto se levantó de la silla el sacerdote y dijo a la señora:

Buena señora, una voz me llama, y es preciso que vaya.
Espere, señor cura, respondió la dueña; mi marido vuelve dentro de unos instantes y le llevará en la carreta a ver a mi hijo.
Una voz me llama, repitió él, y tengo que partir.

Aquel sacerdote desconocido, que hablaba francés no quiso decir su nombre, pero que, a las reiteradas insistencias, respondió: <<Dentro de unos años mi nombre estará impreso en los libros, y estos libros llegarán a vuestras manos. Entonces sabréis quién soy yo>>. Y se fue.

La señora se apresuró a llamar a su marido, engancharon a toda prisa y corrieron a galope tras él, seguros de alcanzarlo pronto; pero no lo vieron y creyeron que se habría ido por otro camino. ¡Cuál no fue su estupor, al llegar a casa de la nodriza del pequeño, la cual les dijo que había pasado un sacerdote y que había curado al niño! La nodriza residía en Coinaud, pueblecito a unos tres kilómetros de Saint-Rambert, y, por los cálculos hechos, resultó que el momento en que el sacerdote estuvo allí coincidía con el que había salido de casa de los Clément.

Hacía siete años que aquella buena gente se devanaba los sesos por adivinar quién podía ser aquel cura misterioso, cuando una de las personas que habían visto al sacerdote curando al niño y que recordaba perfectamente su fisonomía, se acercó al matrimonio Clément con un libro que hablaba de don Bosco y en el que había una foto del mismo.

– ¡Este es, exclamó, el cura que curó al niño!

No había duda, era el mismo; lo reconocieron al instante.

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