El Donato

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Yo era un libro viejo de hojas gastadas por el uso y amarillentas por el tiempo. Mi único honor, el emblemático nombre que pregonaba mi dignidad: Manual para aprender con facilidad la lengua latina en las escuelas regias de los estados de su Majestad. Pero todos me conocían como “El Donato”, apodo recibido en memoria de Donato, autor de una gramática latina del siglo IV.

Pertenecía a la biblioteca de don Juan Calosso, un sacerdote anciano, bueno y sabio que decidió retirarse a la soledad rural de la aldea de Morialdo. Los años me habían marcado con el hierro del olvido. Reposaba polvoriento sobre el anaquel de su escritorio.

Nunca olvidaré aquella mañana de diciembre. Don Juan Calosso parecía rejuvenecido… vino directamente hacia mí. Sopló con fuerza. Me frotó sobre su sotana como si quisiera sacar brillo a mis vetustas tapas de cartoné.

Minutos después me hallé ante un muchacho de unos catorce años. Se llamaba Juan Bosco. Tenía la mirada despierta. El anciano sacerdote me depositó en sus manos. El muchacho me tomó como quien recibe un tesoro. Me sentí renovado y dispuesto a enseñarle mis riquezas.

Varios días después, mis ilusiones rodaron por tierra. Me vi obligado a competir con una azada. Era incomprensible. Mientras la mano derecha de Juan Bosco empuñaba una azada, con la que escardaba las hierbas del campo, me sostenía con la izquierda. Leía a trompicones. ¿Era aquel el respeto que merecía mi sabiduría? Me sentí incómodo. Me hubiera gustado huir.

Noches después, mientras yo dormitaba al calor de la repisa de la chimenea, me sobresaltaron los gritos de Antonio, el hermano mayor de Juan Bosco. De pronto, las voces destempladas de aquel hombre joven y rudo se dirigieron amenazantes hacia mí. Mis hojas comenzaron a temblar. Y hubiera terminado pasto del fuego a no ser por la rapidez con la que Juan me rescató de la ira de la ignorancia.

Quedé admirado por el coraje de aquel muchacho. Aquella noche descubrí que cada vez que me tomaba entre sus manos, realizaba un acto de valentía. Nos hicimos buenos amigos. Me contó que quería ser sacerdote para ayudar a los jóvenes pobres. Puso en el estudio de mis páginas la intensidad que nadie había puesto jamás.

Pasó el tiempo. Tras ofrecerle mi sabiduría, regresé al sueño del olvido. Pero de tanto en tanto recuerdo los ojos despiertos de aquel muchacho que vislumbraban sueños de futuro. Tan sólo ellos eran capaces de otear un mañana cargado de promesas allí donde sólo se veían viñas, campos de maíz, azadas y sarmientos.

Cuando Juan Bosco me miraba era como si me contemplara una multitud inmensa de ojos jóvenes abiertos a la cultura y a la esperanza.

Nota: Don Juan Calosso, anciano sacerdote, enseñó latín al adolescente Juan Bosco utilizando la popular gramática latina “El Donato”. Ante las presiones de su hermano Antonio, Juan estudiará mientras trabaja con la azada en el campo. (Memorias del Oratorio. Década primera).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s