SUEÑO 30. 1861. La linterna mágica

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoCon singular acuerdo nos ofrecen numerosas crónicas particulares del Oratorio un sueño narrado por el mismo Don Bosco, en el cual vio su Obra de Valdocco y los frutos que produciría en el porvenir; el estado de las conciencias de sus alumnos; los que eran llamados al estado eclesiástico o a servir a Dios en la Pía Sociedad o a llevar vida de seglares y el porvenir de la naciente Congregación.

El siervo de Dios soñó, pues, la noche precedente al dos de mayo y el sueño le duró casi seis horas. Apenas amaneció se levantó del lecho para tomar algunos apuntes sobre las escenas principales y anotar los nombres de algunos personajes que había visto desfilar a través de su fantasía mientras dormía.

En la narración de dicho sueño invirtió tres buenas noches consecutivas, hablando a sus jóvenes desde la tribuna que le solían colocar debajo del pórtico una vez rezadas las oraciones de costumbre.

El dos de mayo estuvo hablando por espacio, casi, de tres cuartos de hora.

El exordio, como sucedía siempre que comenzaba una de estas narraciones, parece un poco confuso y extraño, lo que juzgamos natural, por razones que hemos expuesto ya en otros lugares y por las que someteremos al juicio de nuestros lectores.

Comenzó, pues, el siervo de Dios a hablar así a los jóvenes después de haberles anunciado el tema de sus buenas noches:

Este sueño se refiere solamente a los estudiantes. Muchísimas cosas de las que vi en él no sería capaz de describirlas, por falta de inteligencia y por insuficiencia de palabras.

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Me parecía haber salido de mi casa de Becchi. Me dirigía por un sendero que conducía a un pueblo próximo a Castelnuovo, llamado Capriglio. Quería visitar un campo arenoso de nuestra propiedad, que estaba situado en un vallecillo detrás del caserío llamado Valcappone; la cosecha de este campo apenas si produce para pagar los impuestos. En mi niñez estuve varias veces trabajando en aquel sitio.

Había recorrido ya un buen trecho de camino, cuando cerca de aquel campo me encontré con un hombre como de unos cuarenta años, de estatura ordinaria, barba larga y bien cuidada y de rostro moreno. Vestía un traje que le llegaba hasta las rodillas, llevaba ceñidos los costados y sobre la cabeza una especie de gorrito blanco. Se hallaba en actitud de quien espera a alguien. El tal me saludó familiarmente como si yo fuese para él persona conocida desde mucho tiempo; después me preguntó:

—¿Adónde vas?

Mientras detenía el paso, le repliqué:

—Voy a ver un campo que tenemos por estos contornos. Y tú, ¿qué haces aquí?

—No seas curioso —me contestó—. No necesitas saberlo.

—Bien. Pero al menos haz el favor de decirme tu nombre y quién eres, pues, me he dado cuenta de que me conoces. Yo, en cambio, no te conozco.

—No hace falta que te diga ni mi nombre, ni mis cualidades. Ven. Prosigamos juntos.

Me puse en camino con él y después de avanzar unos pasos me vi en un extenso campo cubierto de higueras. Mi compañero me dijo:

—¿No ves qué hermosos higos hay aquí? Si quieres puedes coger y comer de ellos.

Yo le respondí maravillado:

—En este campo nunca hubo higos.

Y él añadió:

—Pues ahora los hay; ahí los tienes. —Pero no están maduros; todavía no es tiempo de higos. —Pues a pesar de ello, mira: los hay ya muy hermosos y en punto; si quieres probarlos date prisa porque se hace tarde.

Y como yo no me moviese, mi amigo insistió:

—Date prisa; no pierdas tiempo, que se acerca la noche. —Pero ¿por qué me das tanta prisa? No, no quiero higos; me agrada verlos, regalarlos, pero no me son agradables al paladar.

—Si es así, sigamos adelante; pero recuerda lo que dice el Evangelio de San Mateo, cuando habla de los grandes acontecimientos que sucederán a Jerusalén. Decía Cristo a los Apóstoles: Ab arbore fici discite parabolam. Cum jam ramus ejus tener fuerit et folia nata, scitis quia prope est aestas. Y ahora está muy cerca, puesto que los higos comienzan a madurar.

Reemprendimos la marcha y he aquí que apareció otro campo sembrado de viñas. El desconocido me dijo inmediatamente:

—¿Quieres uvas? Si no te agradan los higos, ahí tienes uvas: coge come.

—¡Oh! Ya las cogeremos a su tiempo en la viña.

—Pues aquí también las hay.

—¡A su tiempo! —, le respondí.

—Pero ¿no ves cuánta uva madura?

-—¿Posible? ¿Y en esta estación?

—Pero date prisa, que se hace tarde y no hay tiempo que perder.

—¿Qué prisa tenemos? Con tal de que al final del día me encuentre en mi casa…

—Te repito que te des prisa, pues pronto se hace de noche.

—Si se hace de noche volverá otra vez el día.

—No es cierto; ya no volverá el día.

—¿Cómo? ¿Qué es lo que quieres decir?

—Que se acerca la noche.

—Pero ¿de qué noche me estás hablando? ¿Quieres decir que debo preparar la mochila para partir? ¿Qué debo ir pronto a mi eternidad?

—Se aproxima la noche: dispones de muy poco tiempo.

—Dime al menos si será pronto. ¿Cuándo he de partir?

—No seas tan curioso. Non plus sápere quam oportet sápere.

—Así decía mi madre a los entrometidos —pensé para mí—; y después proseguí en alta voz:

—Por ahora no quiero uvas.

Seguimos avanzando lentamente y tras breve caminar llegamos al campo de nuestra propiedad, en el qué encontramos a mí hermano José cargando un carro. Al verme se acercó para saludarme; después saludó a mi compañero, pero viendo que éste no respondía al saludo ni le hacía caso, me preguntó si el tal había sido condiscípulo mío:

—No —le dije—, es la primera vez que lo veo.

Entonces José le dirigió de nuevo la palabra diciéndole:

—Oiga, por favor, dígame su nombre; tenga la bondad de contestarme; que yo sepa con quién hablo.

Pero el guía continuaba sin hacerle caso. Mi hermano, extrañado, se dirigió nuevamente a mí para preguntarme:

—Pero ¿quién es éste?

—No lo sé, no ha querido decírmelo.

Ambos insistimos para que nos dijese de dónde venía, pero el otro repitió: Non plus sápere quam oportet sápere. Entretanto mi hermano se había alejado y no volví a verle, mientras que el desconocido, dirigiéndose a mí, me dijo:

—¿Quieres ver algo extraordinario?

—De buena gana— respondí.

—¿Quieres ver a tus muchachos tal y como son actualmente? ¿Cómo serán en el futuro? ¿Quieres contarlos?

—¡Oh!, sí, sí.

—Ven, pues.

Entonces sacó no sé de dónde una gran máquina, que no sabría describir, la cual constaba de una gran rueda. Y mientras la colocaba en el suelo le pregunté:

—¿Qué significa esa rueda?

—La eternidad en las manos de Dios— me respondió.

Y tomando la manivela de aquella rueda, la hizo girar. Después me dijo:

—Toma el manubrio y dale una vuelta.

Así lo hice y después mi acompañante añadió:

—Ahora mira dentro.

Observé la máquina y vi que tenía un gran cristal en forma de lente, casi de un metro y medio de diámetro, emplazado en el centro de la misma y fijo en la rueda. Alrededor de la lente se leía: Hic est óculus qui humilia réspicit in coelo et in térra. Inmediatamente apliqué la cara a la lente. Miré y ¡oh, espectáculo maravilloso! Vi en el interior de aquel artefacto a todos los jóvenes del Oratorio.

—Pero ¿cómo es posible? —, me decía para mí. Hasta ahora no vi a ninguno de mis hijos en esta región y ahora los contemplo a todos reunidos. ¿Pero no están en Turín?

Miré por encima y a los lados de la máquina, pero fuera de la lente a nadie veía. Levanté el rostro para expresar mi admiración al compañero, pero apenas pasados unos instantes me ordenó que diese una segunda vuelta a la manivela, y vi una singular y extraña separación de jóvenes. A un lado los buenos y a otro los malos. Los primeros radiantes de felicidad; los otros, que afortunadamente no eran muchos, daban compasión. Yo los reconocí a todos, pero ¡qué distintos eran de lo que los compañeros creían! Unos tenían la lengua agujereada; otros los ojos completamente extraviados; quiénes sufrían dolor de cabeza producido por repugnantes úlceras, no faltando los que tenían el corazón roído por los gusanos. Cuanto más los miraba, más afligido me sentía.

—Pero ¿es posible que estos sean mis hijos?, —exclamé—. No comprendo lo que pueden significar estas extrañas enfermedades.

Al escuchar estas palabras, el que me había conducido a la rueda, me dijo:

—Escúchame: la lengua agujereada significa las malas conversaciones; la vista extraviada, los que interpretan o juzgan de una manera torcida los designios de Dios, prefiriendo la tierra al cielo; la cabeza enferma, representa el menosprecio de tus avisos y consejos y la satisfacción de los propios caprichos; los gusanos son las malas pasiones que corroen el corazón; también están ahí los sordos, los que no quieren escuchar tus palabras para no ponerlas en práctica.

Después me hizo una señal, y yo, dando una tercera vuelta a la rueda, apliqué el ojo a la lente del aparato. Vi entonces a cuatro jóvenes atados con gruesas cadenas. Los observé atentamente y los conocí a los cuatro. Pedí explicación al desconocido y me respondió:

—Lo puedes comprender fácilmente: son los que no escuchan tus consejos y si no cambian de conducta corren el peligro de ir a parar a la cárcel y acabar en ella sus días por sus delitos o graves desobediencias.

—Desearía tomar nota de sus nombres para no olvidarlos —le dije—, pero el amigo me respondió.

—No hace falta; están ya todos anotados; aquí los tienes escritos en este cuaderno.

Entonces me di cuenta de que mi acompañante tenía un cuadernillo en la mano. Me ordenó que diese otra vuelta al manubrio y después de hacerlo, me puse nuevamente a mirar. Vi a otros siete jóvenes, todos de aspecto huraño y desconfiado, con un candado que les cerraba los labios. Tres de ellos se tapaban también los oídos con las manos. Me separé entonces del cristal y quise anotar con lápiz sus nombres, pero aquel hombre me volvió a decir:

—No hace falta; aquí los tienes escritos en este cuaderno que llevo siempre conmigo. Y se opuso en absoluto a que yo escribiese. Yo, lleno de estupor y dolorido por aquella extraña actitud, pregunté el significado de aquel candado que cerraba los labios de aquellos infelices.

El me respondió:

—¿No lo entiendes? Estos son los que callan.

—Pero ¿qué es lo que callan?

—¡Callan!

Entonces comprendí que se trataba de la Confesión. Eran los que incluso, cuando el confesor les pregunta, no responden, o responden evasivamente, o faltan a la verdad. Dicen sí cuando deben responder no y viceversa. El amigo continuó:

—¿Ves aquellos tres que además de llevar un candado en la boca se tapan los oídos con las manos? ¡Qué condición tan deplorable la suya! Esos son los que no solamente callan pecados en la confesión, sino que además no quieren escuchar en manera alguna los avisos, los consejos, las órdenes del confesor. Son los que no prestarán oído a tus palabras, aunque parezca que las escuchan y que estaban dispuestos a obrar diversamente. Podrían quitarse las manos de donde las tienen, pero no quieren hacerlo. Los otros cuatro escucharon tus consejos, tus exhortaciones, pero no se aprovecharon de ellas.

—¿Y cómo haría para quitarles ese candado?

—Ejiciatur superbia e córdibus eorum.

—Amonestaré a éstos —proseguí—, pero para los que se tapan los oídos con las manos hay pocas esperanzas.

Aquel hombre me dio después un consejo; a saber, que cuando dijese dos palabras desde el pulpito, una fuera sobre la manera de confesarse bien; y por mi parte prometí obedecerle. No diré que solamente hablaré de esto, porque me haría pesado, pero sí que inculcaré con frecuencia una máxima tan necesaria. En efecto, es mucho mayor el número de los que se condenan por confesarse mal que los que van al infierno por no confesarse, porque aún los malos alguna vez se confiesan, pero son muchísimos los que no se confiesan bien. El personaje misterioso me hizo dar otra vuelta a la manivela. Miré después y vi a otros tres jóvenes en una situación espantosa.

Cada uno de ellos tenía un mono enorme sobre las espaldas. Al observar atentamente pude comprobar que aquellos animales tenían cuernos. Cada uno de ellos con las patas delanteras apretaban fuertemente las gargantas de sus infelices víctimas de forma que el rostro de aquellos desgraciados muchachos se tomaba de un color rojo sanguinolento, y sus ojos, inyectados en sangre, parecía que iban a saltar de sus órbitas. Con las patas de atrás les apretaban los muslos de manera que a duras penas les consentían moverse y con la cola, que les llegaba hasta el suelo, les enredaban las piernas hasta el punto de que les hacían imposible el caminar. Esto representaba a los jóvenes que después de los ejercicios espirituales continúan en pecado mortal, especialmente contra la pureza y la modestia, habiéndose hecho reos en materia grave contra el sexto mandamiento. El demonio les apretaba la garganta para no dejarles hablar cuando debían hacerlo; les hacía enrojecer hasta perder la cabeza, y proceder de una manera irracional, haciéndoles esclavos de una vergüenza fatídica, que, en lugar de conducirlos a la salvación, los lleva a la ruina. Mediante sus estratagemas les hacen saltar los ojos de las órbitas, para que no puedan ver sus miserias y los medios para salir del estado miserable en que se encuentran, haciéndoles víctimas de su aprensión y repugnancia hacia los Santos Sacramentos. Los tienen aprisionados por los muslos y por las piernas., para que no puedan moverse ni dar un paso por el camino del bien; tal es el predominio de la pasión, a causa del hábito contraído, que llegan a creer imposible la enmienda.

Les aseguro, queridos jóvenes, que derramé abundantes lágrimas al contemplar aquel espectáculo. Habría deseado precipitarme a salvar a aquéllos infelices, pero apenas me separaba de la lente, nada veía. Quise entonces tomar nota de los nombres de los tres desgraciados, pero el amigo me replicó:

—Es inútil, pues están ya escritos en este libro que tengo en la mano.

Entonces, con el corazón lleno de una emoción indecible y con lágrimas en los ojos, me volví al compañero y le dije.

—Pero ¿es posible que se encuentren en semejante estado estos tres pobres jóvenes a los cuales he dado tantos consejos y a los que tantos cuidados he dedicado en la confesión y fuera de ella?

Y seguidamente le pregunté qué es lo que deberían hacer para arrojar de encima a tan horribles monstruos.

Entonces, mi compañero, comenzó a decir muy de prisa y entre dientes estas palabras: Labor, sudor, fervor.

—Es inútil; si hablas así no te entenderé nada.

¡Vaya! Estás acostumbrado al empeño de las gramáticas y al uso de las construcciones en las clases ¿y no comprendes? Presta atención: Labor, punto y coma; sudor, punto y coma; fervor, punto. ¿Has entendido?

—He comprendido el sentido material de las palabras, pero es necesario que tú me digas el significado.

Y el guía continuó:

Labor in assiduis opéribus; sudor in poenitentiis continuis; fervor in oratiónibus fervéntibus et perseverántibus. Pero, por estos es inútil que te sacrifiques; no conseguirás ganártelos, pues no quieren sacudir el yugo de Satanás, del cual son esclavos. Entretanto, yo seguía mirando por la lente y me atormentaba pensando:

—Pero ¿todos éstos se han de perder irremisiblemente? ¿Es posible? ¿Aun después de haber hecho los ejercicios espirituales? ¿También aquéllos? ¿Y aquellos otros? ¿Después de haber hecho tanto por ellos… después de haber trabajado tanto…, después de tantos sermones… después de tantos consejos como les he dado… ¡y de tantas promesas!, después de haberles avisado tantas veces? ¡Jamás me habría esperado semejante desengaño! Y no encontraba punto de reposo.

Entonces mi intérprete comenzó a reprenderme:

—¡Oh, el soberbio! ¿Y quién eres tú para pretender convertir a las almas con tu trabajo? ¿Porque amas a los jóvenes pretendes que correspondan a tus desvelos? ¿Acaso crees que amas más a las almas que Nuestro Divino Salvador y que has sufrido y padecido por ellas más que El? ¿Piensas que tu palabra es más eficaz que la de Jesucristo? ¿Acaso predicas tú mejor que El? ¿Te imaginas que has tenido mayor caridad y que tu solicitud ha sido más grande para con tus jóvenes que la que El empleó para con sus Apóstoles? Tú sabes que vivían con El continuamente, que gozaban ininterrumpidamente del cúmulo de sus beneficios, que oían día y noche sus amonestaciones y los preceptos de su doctrina, que contemplaban sus obras que debían ser un vivo estímulo para la santificación de sus costumbres. ¡Cuánto no hizo y dijo en favor de Judas Iscariotes! Y, con todo, Judas Iscariotes le traicionó y murió impenitente [y ahora está en infierno – Gehenna]. ¿Eres tú acaso mejor que los Apóstoles? Pues bien, los Apóstoles eligieron siete diáconos, solamente siete, seleccionados con la mayor solicitud, y, con todo, uno prevaricó. ¿Y tú, entre quinientos, te maravillas de este pequeño número que no corresponde a tus cuidados? ¿Pretendes conseguir que entre ellos no haya ninguno malo, ningún pervertido? ¡Oh, el soberbio!

Al oír esto callé, pero no sin sentir mi alma oprimida por el dolor.

—Por lo demás, consuélate— prosiguió aquel hombre, viéndome tan abatido. Y me hizo dar otra vuelta a la rueda, mientras decía:

—¡Admira la generosidad de Dios! Observa cuántas almas te quiere regalar. ¿Ves ese gran número de jóvenes?

Volví a mirar a través de la lente y vi una muchedumbre inmensa de jóvenes, a los cuales desconocía por completo.

—Sí, los veo —respondí—, pero no los conozco.

—Pues bien, éstos son los que el Señor te dará en lugar de aquellos que no corresponden a tus cuidados. Ten presente que por cada uno de ellos el Señor te dará cien.

—¡Ah! ¡Pobre de mí!, —exclamé—; tengo la casa llena; ¿dónde colocaré a todos estos jóvenes nuevos?

—No te preocupes. Por ahora tienes sitio para todos. Más adelante, Aquel que te los envía, te indicará dónde los tienes que albergar. El mismo te proporcionará el sitio.

—No es tanto el lugar donde colocarlos lo que me preocupa, cuanto la manera de darles de comer.

No pienses ahora en eso; el Señor proveerá.

—Si es así, perfectamente— repliqué lleno de consuelo.

Y observando durante largo rato y con gran complacencia a aquellos jóvenes, retuve la fisonomía de muchos de ellos, de forma que ahora los reconocería si los volviese a ver.

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Y ahí terminó de hablar Don Bosco en la noche del dos de mayo.

En la noche del tres de mayo el Santo proseguía su relato.

A través de aquel cristal pudo ver la vocación de cada uno de sus alumnos. En esta ocasión fue conciso y categórico en sus palabras. No dio nombre alguno, dejando para otra ocasión las preguntas que hizo a su guía y las explicaciones que oyó de labios de este en relación con ciertos símbolos y alegorías que habían desfilado ante su vista.

El clérigo Ruffino nos legó algunos nombres sirviéndose de las confidencias que le hicieran algunos de los mismos jóvenes a quienes Don Bosco había dicho lo que sobre ellos había visto en el sueño, dejando constancia de ello. Dicha nota llevaba fecha de 1861.

Nosotros entretanto —continúa Don Lemoyne— para mayor claridad en la exposición y para evitar demasiadas repeticiones, formaremos un todo único, introduciendo en el relato los nombres omitidos y las explicaciones consiguientes; pero éstas, en la mayoría de los casos, no serán presentadas en forma dialogada. Con todo seremos exactos, citando literalmente cuanto escribió el cronista.

Don Bosco, pues, comenzó a decir:

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El desconocido continuaba junto al aparato de la rueda y de la lente. Yo me sentía muy contento por haber visto a tantos jovencitos que vendrían a vivir con nosotros, cuando me fue dicho:

—¿Quieres contemplar algo más hermoso?

—Sí, sí, veamos.

—¡Da una vuelta a la rueda!

Así lo hice, mirando después a través de la lente. Vi a todos mis jóvenes divididos en numerosos grupos, algo distante los unos de los otros y ocupando una amplia extensión. Hacia una parte divisé un terreno sembrado de legumbres y hortalizas y cubierto en parte de pastos, en cuyos linderos crecían algunas hileras de vides silvestres. En dicho campo, los jóvenes de uno de los grupos trabajaban la tierra empleando azadas, palas, bieldos de dos puntas, picos y rastrillos. Estaban además divididos en cuadrillas que tenían sus respectivos jefes. Les presidía el Caballero Oreglia de Sara Esteban, el cual distribuía entre ellos herramientas de labor de toda suerte y obligaba a trabajar a los que no tenían ganas de hacerlo. A lo lejos, al fondo de aquel terreno, vi a algunos jóvenes arrojando la simiente a la tierra.

El segundo grupo se encontraba en la otra parte, en un extenso campo de trigo cubierto de doradas espigas. Un largo foso servía de lindero entre este y los demás campos cultivados que se veían por doquier y cuyos límites se perdían en el horizonte lejano. Los jóvenes que trabajaban en él se dedicaban a recoger las mieses, pero no todos realizaban la misma labor. Unos segaban y hacían grandes gavillas; otros las amontonaban; quiénes espigaban, quién conducía un carro; este trillaba, aquél arreglaba las hoces, el otro las distribuía, el de más allá tocaba la guitarra. Les aseguro que era un hermoso espectáculo de sorprendente variedad.

En aquel campo, a la sombra de añosos árboles, se veían numerosas mesas con el alimento necesario para toda aquella gente; y más allá, a poca distancia, un amplio y magnífico jardín cercado, de abundante sombra y cubierto de macizos de las más bellas y variadas flores.

La separación entre los que labraban la tierra y los segadores representaba a los que abrazan el estado eclesiástico y a los que no siguen esta vocación. Yo, con todo, no entendía aquel misterio y volviéndome a mi guía, le dije:

—¿Qué significa esto? ¿Quiénes son los que cavan?

—¿Aún no lo entiendes?, —me replicó)—. Los que cavan son los que trabajan solamente para sí mismos, esto es, los que no son llamados al estado eclesiástico sino al laical.

Y entonces comprendí inmediatamente que aquellos trabajadores eran los artesanos, a los cuales, en su estado, les basta pensar en la salvación de la propia alma, sin que tengan especial obligación de dedicarse a la de los demás.

—¿Y los segadores que se encuentran en la otra parte del campo? —, repliqué.

Y pronto supe que eran los llamados al estado eclesiástico, de forma que ahora sabría decir quién se hará sacerdote y quién seguirá otra carrera.

Mientras contemplaba yo con verdadera curiosidad aquel campo de trigo, vi que Provera distribuía las hoces entre los segadores, lo que significaba que podría llegar a ser Rector de un Seminario o director de una Comunidad religiosa o de una casa de estudios o algo más. Ha de notarse que no todos los que trabajaban recibían la hoz de sus manos, ya que los que acudían a él eran solamente los que formaron parte de nuestra Congregación; los demás la recibían de otros distribuidores que no eran de los nuestros, lo que quería indicar que estos últimos se harían sacerdotes, pero para dedicarse al Sagrado Ministerio fuera del Oratorio. La hoz es símbolo de la palabra de Dios.

Provera no entregaba la hoz inmediatamente a quienes se la pedían. A algunos les ordenaba que fuesen antes a comer; y, en efecto, estos iban a tomar un bocado aquí y allá: símbolo de la piedad y del estudio.

A Santiago Rossi le mandó que fuese a tomar un bocado. Aquellos a quienes se les daba esta orden se dirigían a un bosquecillo donde estaba el clérigo Durando muy ocupado, entre otras cosas, preparando las mesas para los segadores y dándoles de comer. Esta ocupación indicaba a los destinados de una manera especial a promover la devoción al Santísimo Sacramento.

Mateo Calliano era el encargado de dar de beber a los segadores.

Costamagna segundo se presentó también pidiendo una hoz, pero Provera lo mandó al jardín por dos flores. Lo mismo sucedió a Quattróccolo. A Rebuffo se le ordenó que fuese por tres flores, prometiéndosele, en cambio, que después se le entregaría la hoz. También estaba allí Olivero.

Entre tanto los jóvenes se habían desparramado por entre las espigas. Muchos estaban alineados; otros, delante de un cantero ancho; algunos, junto a otro más estrecho. Don Ciattino, párroco de Maretto, segaba con la hoz que le había entregado Provera. Lo mismo hacían Francesia y Vibert, Perucati, Merlone, Momo, Garino, Iarach, los cuales habrían de dedicarse a la salvación de las almas mediante el ministerio de la predicación, si correspondían a su vocación.

Quiénes segaban más, quiénes menos. Bondioni trabajaba desesperadamente, pero nada violento puede ser de mucha duración. Otros manejaban las hoces con todas sus fuerzas, sin lograr cortar la mies. Vascheti empuñó una hoz y comenzó a segar hasta que se salió del campo yéndose a trabajar a otra parte. A otros varios les sucedió lo mismo. Entre los que segaban había muchos que no tenían la hoz afilada; a algunas hoces les faltaba la punta. Algunos las tenían tan gastadas que al querer emplearlas destrozaban y estropeaban la mies.

A Domingo Ruffino se le encargó de segar un bancal muy ancho; su hoz cortaba muy bien, pero le faltaba la punta, símbolo de la humildad: era el deseo de ocupar el grado más elevado entre los iguales. Acudió a Francisco Cerrutti para que se la arreglara. En efecto, vi a Cerrutti arreglando algunas hoces; señal de que debía de inculcar en los corazones ciencia y piedad, lo que quería decir que sería enseñante, por eso se le veía manejar diestramente el martillo. Golpear con esta herramienta quería decir dedicarse a la enseñanza del clero. Provera le presentaba las hoces estropeadas. Don Ronchetti y otros recibían las que necesitaban ser afiladas, pues se dedicaban a esto. El oficio de afilar representaba a los que se encargaban de formar al clero en la piedad. Viale fue a coger una hoz que no estaba afilada, pero Provera le dio otra que acababa de ser pasada por la piedra. Vi también a un herrero preparando las herramientas de metal empleadas en la agricultura: era Costanzo.

Mientras todos se entregaban con ardor, cada uno a su trabajo, Fusero hacía las gavillas, lo que indicaba la conservación de las conciencias en la gracia de Dios; pero, detallando aún más y viendo en las gavillas representados a los simples fieles, no destinados al estado religioso, se sobrentendía que ocuparía en el porvenir un puesto de enseñante en la instrucción de los clérigos.

Había algunos que le ayudaban a atar las gavillas y recuerdo haber visto entre otros a Don Turchi y a Ghivarello. Esto representa a los destinados a poner orden en las conciencias, especialmente mediante la práctica del ministerio de la Confesión, entre los adeptos o aspirantes al estado eclesiástico.

Otros transportaban gavillas en un carro, símbolo de la gracia de Dios. Los pecadores convertidos han de montar en este carro para seguir la recta vía de la salvación, que tiene como término el cielo.

El carro comenzó a moverse cuando estuvo completamente cargado de gavillas. Tiraban de él, no los jóvenes, sino dos bueyes, símbolo de la fuerza o esfuerzo perseverante. Algunos iban conduciéndolo. Delante de todos ellos Don Rúa, que era el que guiaba, lo que quiere decir que su misión sería dirigir las almas hacia el cielo. Don Savio seguía detrás con una escoba recogiendo las espigas y las gavillas que se caían.

Esparcidos por el campo estaban los espigadores, entre los cuales Juan Bonetti y José Bongiovanni; esto es: los que atendían a los pecadores obstinados. Bonetti especialmente está designado por el Señor para buscar a los desgraciados que han escapado de la hoz de los segadores.

Fusero y Anfossi amontonaban gavillas en el campo, para que fuesen trilladas a su debido tiempo: esto tal vez quería decir que a su debido tiempo desempeñarían alguna cátedra.

Otros, como Don Alasonatti, ataban las gavillas, representación de los que administran el dinero, vigilan para que se cumplan las reglas; enseñan las oraciones y el canto sagrado, cooperando, en suma, moral y materialmente, a encaminar a las almas hacia la meta de la salvación.

Un espacio de terreno estaba preparado como para trillar las gavillas en él. Don Juan Cagliero, que se había dirigido al jardín en busca de algunas flores, las distribuía entre los compañeros y él con un ramito en la mano se encaminó hacia la era para comenzar la faena. Esta labor simboliza a los destinados por Dios para la instrucción del pueblo llano.

A lo lejos se divisaban algunas negras humaredas que levantaban sus penachos al cielo. Era el efecto de la labor de los que recogían los rastrojos y sacándolos fuera del campo sembrado de espigas, los amontonaban y les prendían fuego. Esto simboliza a los destinados a separar a los buenos de los malos, labor reservada a los directores de nuestras futuras casas. Entre éstos estaban Don Francisco Cerruti, Tamietti, Domingo Belmonte, Pablo Albera y otros que actualmente cursan sus primeros estudios, siendo aún muy jóvenes.

Todas las escenas anteriormente descritas se desarrollaban al mismo tiempo. Entre aquella multitud de jóvenes vi a algunos que llevaban unas antorchas encendidas para alumbrar a los demás a pesar de que era pleno mediodía. Eran los que habían de servir de ejemplo a los demás obreros del Evangelio, iluminando al clero con su conducta. Entre ellos estaba Pablo Albera, el cual, además de llevar la antorcha, tocaba también la guitarra, indicio de que indicaría el camino a seguir a los sacerdotes animándolos al cumplimiento de su misión. Se aludía a algún otro cargo que ocuparía en la Iglesia.

Mas, en medio de tanto movimiento, no todos los jóvenes al alcance de mi vista se ocupaban de algún trabajo. Uno de ellos tenía una pistola en la mano, esto es, tenía vocación de militar, pero aún no se había decidido a seguirla.

Algunos otros, con las manos en la cintura, observaban a los segadores, dispuestos a seguir su ejemplo; otros parecían indecisos, pero al considerar la dureza del trabajo, no se resolvían a empuñar la hoz. No faltaban tampoco quienes acudían presurosos a la faena. Algunos, al llegar el momento de tener que comenzar a segar, permanecían ociosos; otros empuñaban la hoz al revés, entre ellos Molino: símbolo de los que hacen lo contrario de lo que deben hacer. Muchísimos se alejaban para coger uvas silvestres, representando a los que pierden el tiempo en cosas extrañas a su ministerio.

Mientras yo contemplaba lo que sucedía en el campo del trigo, vi un grupo de jóvenes cavando la tierra; ofrecían un espectáculo singular. La mayor parte de aquellos muchachos trabajaba con singular interés, más tampoco faltaban los negligentes. Algunos manejaban la azada al revés; otros golpeaban la tierra, pero la herramienta no penetraba en ella; no faltaban quienes a cada azadonada se les salía el hierro del mango. El mango representa la rectitud de intención.

Observé entonces que algunos que al presente son artesanos, estaban en el campo de los que segaban, y, en cambio, otros que ahora son estudiantes se encontraban entre los que cavaban la tierra. Intenté tomar nota de cuanto veía, pero mi intérprete me mostraba siempre el cuaderno y no me permitía escribir.

Al mismo tiempo vi también a muchos jóvenes que estaban sin hacer nada, no sabían resolverse a ponerse a segar o a cavar la tierra.

Los dos Dalmazzo, Primo Ganglio y Monasterolo con otros muchos, estaban mirando, pero ya habían tomado una decisión.

También me di cuenta de que algunos, saliendo del grupo de los cavadores, mostraban deseos de ir a segar. Uno corrió al campo de trigo tan decidido que no se preocupó antes de adquirir una hoz. Avergonzado de aquel necio proceder, volvió atrás para pedirla. El que las distribuía no quería dársela y el tal le urgía para que se la proporcionase.

—Aún no es tiempo— le respondió el distribuidor.

—Sí que lo es, dámela.

—No; ve antes a coger dos flores del jardín.

—¡Ah!, —exclamó el solicitante encogiéndose de hombros—; iré a coger todas las flores que quieras.

—No, solamente dos.

Se dirigió seguidamente al jardín, pero al llegar a él se dio cuenta de que no había preguntado qué flores eran las que tenía que coger, y se apresuró a desandar el camino.

—Has de cortar —le dijeron— la flor de la caridad y la flor de la humildad.

—Ya las tengo.

—Eso es lo que te dice tu presunción, pero en realidad no las tienes.

Y aquel joven se revolvía en un acceso de cólera y daba saltos impulsado por la ira que le dominaba.

—No es este el momento más oportuno par enfadarse de esa manera —le dijo el distribuidor—, negándose resueltamente a entregarte la herramienta que le había pedido. Ante tal actitud, el infeliz se mordía los puños de rabia.

Al contemplar semejante espectáculo, aparté la vista de la lente a través de la cual había contemplado tantas cosas, sintiéndome lleno de emoción por las aplicaciones morales que me había sugerido mi amigo.

Quise rogarle aún que me diera algunas explicaciones más y él añadió:

—El campo sembrado de trigo representa a la Iglesia: la mies es el fruto de la cosecha; la hoz es el símbolo de los medios empleados para conseguir dicho fruto, sobre todo la palabra de Dios; la hoz sin punta representa la falta de piedad, y sin filo la carencia de humildad; salirse del campo mientras se siega, quiere decir abandonar el Oratorio o la Pía Sociedad.

La noche del cuatro de mayo Don Bosco se disponía a finalizar la narración del sueño en el que había visto representados en el primer grupo a los alumnos estudiantes del Oratorio y en el segundo a los que eran llamados al estado eclesiástico.

Hemos llegado, pues, al tercer cuadro o visión en la que, en apariciones sucesivas Don Bosco vio a todos los que en 1861 die-ron su nombre a la Pía Sociedad de San Francisco de Sales; el prodigioso engrandecimiento de la misma y el lento ocaso de los primeros salesianos a los que habían de seguir los continuadores de la Obra.

El siervo de Dios aquella noche habló así:

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Después de haber contemplado a mi placer la escena de la siega, tan rica en detalles, el amable desconocido me dijo:

—Ahora dale diez vueltas a la rueda; cuéntalas y después mira a través de la lente.

Me puse a hacer lo que me había sido ordenado y tras haber dado la décima vuelta, me puse a mirar tras el cristal. Y he aquí que vi a los mismos jóvenes a los que recordaba haber contemplado días antes en edad adolescente, convertidos en adultos de aspecto viril; a otros con larga barba o con los cabellos blancos.

—Pero ¿cómo puede ser esto? Hace apenas unos días aquél era un niño al que casi se le podía tomar en brazos, ¿y hoy es ya tan mayor?

El amigo me contestó:

—Es natural; ¿cuántas vueltas has dado?

—Diez.

—Pues bien: del 61 al 71. Todos tienen ya diez años más de edad.

—¡Ah! ¡Comprendido!

Y como continuase observando a través d la lente pude ver panoramas desconocidos, casas nuevas que nos pertenecían y a muchos jóvenes dirigidos por mis queridos hijos del Oratorio, convertidos ya en sacerdotes, en maestros, en directores, que se dedicaban a instruirles y proporcionarles honestas diversiones.

—Vuelve a dar otras diez vueltas —me dijo el personaje— y llegaremos al 1881. Tomé el manubrio y la rueda dio otras diez vueltas. Miré y solamente vi a la mitad de los jóvenes que había contemplado la primera vez, casi todos ya con el pelo blanco y algunos un poco encorvados.

—¿Y los otros, ¿dónde están? —, pregunté.

—Ya forman parte del número de los más— me respondió el guía.

Esta considerable disminución del número de mis muchachos me causó un vivo desasosiego, pero me consoló el contemplar en un cuadro inmenso, países nuevos y regiones desconocidas y una gran multitud de jóvenes bajo la custodia y dirección de nuevos maestros que dependían aún de mis primeros alumnos.

Después di otras diez vueltas a la rueda he aquí que solamente vi una cuarta parte de los jóvenes que había contemplado pocos momentos antes; todos ellos se habían trocado en ancianos de barbas y cabellos blancos.

—¿Y todos los demás? —, pregunté.

—Forman parte ya del número de los más. Estamos en 1891.

Y he aquí que ante mi vista se desarrolló una escena conmovedora.

Mis hijos sacerdotes, agotados por la fatiga, estaban rodeados de niños, a los cuales yo no había visto nunca; muchos de fisonomía y de color distinto de los que habitualmente viven en nuestros países.

Di aún otras diez vueltas a la rueda y solamente pude ver un tercio de mis primitivos jóvenes, ya decrépitos, cargados de espaldas, desfigurados, macilentos, en los últimos años de su vida. Entre otros, me recuerdo haber visto a Don Rúa, tan viejo y desfigurado que era difícil reconocerlo, ¡tanto había cambiado!

—¿Y los demás? —, pregunté.

—Pertenecen ya al número de los más. Estamos en 1901.

En algunas casas no encontré a ninguno de los antiguos; maestros y directores me eran completamente desconocidos; la muchedumbre de los jóvenes era cada vez más numerosa; las casas aumentaban cada vez más y el personal directivo había crecido también de una manera admirable.

—Ahora —continuó mi amable intérprete— darás otras diez vueltas y verás cosas que te llenarán de consuelo las unas, y otras que te proporcionarán una gran angustia.

Y di otras diez vueltas.

—¡Estamos en 1911! —, exclamó el misterioso amigo.

—¡Ah, mis queridos jóvenes! Vi nuevas casas, jóvenes nuevos, directores y maestros con hábitos y costumbres nuevas.

¿Y mis jóvenes del Oratorio de Turín? Busqué una y otra vez entre una gran muchedumbre de muchachos y solamente pude ver a uno de Vosotros con los cabellos blancos, consumido por la edad, rodeado de una hermosa corona de jóvenes, a los cuales contaba los comienzos de nuestro Oratorio, recordándoles y repitiéndoles las cosas aprendidas de labios de Don Bosco; y les señalaba una fotografía que estaba colgada de la pared del locutorio. ¿Y los otros alumnos ancianos, los superiores de las casas que había visto ya envejecidos?

Tras una nueva señal tomé el manubrio y di algunas vueltas más. Después, solamente vi una llanura desolada sin ser viviente alguno:

—¡Oh!, —exclamé aterrado—. ¡Ya no veo a ninguno de los míos! ¿Dónde están, pues, ahora todos los jóvenes a los cuales acoge y que eran tan vivarachos y robustos y los que se encuentran actualmente conmigo en el Oratorio?

—Pertenecen ya al número de los más. Has de saber que han pasado diez años cada vez que hacías girar la rueda otras tantas veces.

Hice la cuenta y resultó que habían transcurrido cincuenta años y que alrededor del 1911 todos los alumnos actuales del Oratorio habrían muerto.

—¿Quieres ver ahora otro espectáculo sorprendente? —me dijo aquel buen hombre.

—Sí— le respondí.

—Entonces presta atención si te agrada ver y saber algo más. Da una vuelta a la rueda en sentido contrario, y ahora cuenta tantas vueltas cuantas has dado anteriormente.

La rueda giró.

—¡Ahora, mira! —, me dijo el guía.

Miré y he aquí que vi ante mí una cantidad inmensa de jovencitos, todos desconocidos, de una infinita variedad de costumbres, pueblos, fisonomías y lenguas, de forma que por mucho que me esforcé sólo pude apreciar una mínima parte de ellos con sus superiores, directores, maestros y asistentes.

—A éstos, en realidad, no los conozco— dije a mi guía.

—Pues a Pesar de ello —me respondió—, son hijos tuyos. Escúchalos hablan de ti y de tus primeros hijos que fueron sus superiores y que ya no existen; recuerdan las enseñanzas que de ti y de ellos recibieron.

Seguí observando con atención, pero cuando aparté la vista de la lente, la rueda comenzó a girar por sí sola a tanta velocidad y haciendo tal ruido, que me desperté, encontrándome en el lecho presa de un cansancio mortal.

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«A hora que ¡es he contado estas cosas, Vosotros pensarais:

—¡Quién sabe! A lo mejor Don Bosco es un hombre extraordinario, un personaje, tal vez un santo. Mis queridos jóvenes, para impedir que se susciten conversaciones necias en torno a mi persona, les dejo en plena libertad de creer o no creer en estas cosas, de darles más o menos importancia; sólo les ruego que no tomen nada de cuanto les he referido a risa al comentarlo, ya con los compañeros ya con personas de fuera. Me complace el decirles que el Señor dispone de muchos medios para manifestar a los hombres su voluntad. A veces se sirve de los instrumentos más ineptos e indignos, como se sirvió en otro tiempo de la burra de Balaán haciéndola hablar y del falso profeta del mismo nombre, que predijo muchas cosas referentes al Mesías.

Por eso, lo mismo puede suceder conmigo. Les digo además que no se fijen en mis obras para regular las suyas. Lo que deben hacer es tomar en cuenta lo que les digo, pues tengo la certeza de que de esa forma cumplirán la voluntad de Dios y todo redunda en provecho de sus almas. Respecto a lo que hago, no digan nunca: Lo ha hecho Don Bosco y, por tanto, está bien; no. Observen primero mis acciones, si ven que son buenas, imítenlas; si acaso me ven hacer algo que no está bien, guárdense mucho de imitarlo: deséchenlo como cosa mal hecha».

El efecto que produjo en el Oratorio el relato de este sueño lo sabremos por los que escucharon su relato de labios de Don Bosco.

El canónigo Jacinto Ballesio en su obrita: “Vita intima di Don Giovanni Bosco”, añadiendo algunos detalles omitidos por la crónica, escribe al comentar el sueño precedente: «Don Bosco era todo para nosotros e incluso durante el brevísimo tiempo que dedicaba al descanso, su pensamiento estaba fijo en sus hijos. El poeta cantó que “sogna il guerrier le schiere”; Don Bosco soñaba con sus jóvenes. Pero ¿qué digo soñar?, las de Don Bosco eran visiones celestiales. El las narraba como sueños, pero yo y todos estábamos persuadidos de que se trataba de auténticas, de sorprendentes visiones. Recuerdo aquella en la que vio a los 400 muchachos del Oratorio, estudiantes y artesanos, en diversas actitudes y en circunstancias diferentes, que representaban el estado moral de cada uno. El Santo contó cuanto había visto, durante varias noches consecutivas, después de las oraciones, y lo hizo con tal viveza de colorido y con tal fuerza expresiva, que parecía un anuncio profético. A algunos los vio resplandecientes de luz; a otros, con el alma y el corazón lleno de tierra; a otros, asediados, acompañados o atacados por animales diversos, símbolo de las tentaciones, de las ocasiones peligrosos y de los pecados. Este relato expuesto por Don Bosco con sencillez, gravedad y afecto paterno, dando al mismo tiempo mucha importancia a lo que decía, causó en todos la mayor y más saludable impresión. Todos los presentes, uno después de otro, quisieron saber de labios del siervo de Dios lo que sobre cada uno había visto, pudiendo comprobar con gran admiración que cuanto el buen padre les decía se adaptaba perfectamente a la más estricta realidad.

En el Oratorio fue tan grande el saludable efecto de este relato, según se pudo apreciar por la conducta de los jóvenes, que mayor no se habría podido esperar de la más fructífera de las misiones. Todas estas cosas extraordinarias que apenas si he mencionado, no se pueden achacar a una atenta observación de la vida ordinaria o a los conocimientos que el mismo Don Bosco hubiese podido recabar de las confidencias que le hacían los jóvenes o a las relaciones con sus colaboradores. El Santo hablaba y obraba estas maravillas de tal modo, que, a nosotros, que ya no éramos niños; no se nos ocurría otra explicación plausible o razonable, sino que se trataba de dones extraordinarios que el cielo le concedía. Y refiriéndonos simplemente al sueño o visión que acabamos de indicar, ¿cómo habría podido ver y recordar con tal exactitud el estado de cada uno de los cuatrocientos jóvenes, entre los cuales se hallaban los que acababan de ingresar en el Oratorio y otros muchos que no se confesaban con él, los cuales al oír de labios del Santo, la descripción viva e íntima de sus almas, de sus inclinaciones y pasiones, de sus actos más ocultos, reconocían que les había dicho la verdad?»

Escribe Mons. Cagliero: «Yo me encontraba presente cuando Don Bosco, en el año 1861, contó el sueño de la rueda, en el cual dio el porvenir de nuestra naciente Congregación. Narraba estos sueños, porque habiéndose aconsejado con Don Cafasso, éste le había dicho que siguiese adelante tuta concientia, en darles importancia, pues juzgaba que era para gloria de Dios y bien de las almas. Tal opinión la supimos de labios de Don Bosco sus amigos más íntimos, poco antes de la muerte de Don Cafasso.

La atención que prestaban los jóvenes a sus palabras causaba sorpresa e imponía en gran manera.

Entretanto Don Bosco, haciendo gala de una prodigiosa memoria y de una extraordinaria lucidez mental, al ser interrogado sobre el particular reservadamente, sabía indicar el nombre del interesado y el oficio que en el campo de trigo desempeñábamos muchísimos de nosotros, dando al mismo tiempo la oportuna explicación.

Empleó el Santo en contar este sueño tres noches consecutivas, sirviendo su relato para nuestros comentarios generales y dando pie para frecuentes conversaciones entre los jóvenes del Oratorio y nuestro buen padre, quedando todos persuadidos de que en él se le había manifestado, no sólo el porvenir del Oratorio, sino también de toda la Congregación. Don Bosco se complacía en repetir a sus íntimos las descripciones del campo cubierto de mieses ondulantes, de las diversas actitudes de los segadores y de los que distribuían las herramientas.

Aseguraba entonces que nuestra Pía Sociedad, tan combatida y obstaculizada, sería aprobada a pesar de todas las probabilidades en contra y que, contra el parecer de muchos, considerados como personas doctas y prudentes, subsistiría, progresaría grandemente alcanzando un gran incremento; cosas todas que yo oí a mis compañeros y repetidas veces al mismo Santo.»

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Respecto a los tres jóvenes que tenían el monazo sobre las espaldas, Don Francisco Dalmazzo atestiguaba con juramento: «Recuerdo muy bien que Don Bosco, hablando de éstos, añadía que, si deseaban saber algo más concreto, se apresurasen a entrevistarse con él. Más de cincuenta muchachos del Oratorio se presentaron al buen padre, temerosos de tener en la conciencia alguna cosa oculta; pero Don Bosco dijo a cada uno de ellos:

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—No eres tú.

Habiéndose encontrado después, casualmente, en el patio, en ocasiones distintas, con aquellos tres infelices, les advirtió de la realidad del desgraciado estado en que se encontraban. Uno de ellos era condiscípulo mío y me lo dijo a mí confidencialmente, manifestándome su admiración de que Don Bosco pudiese conocer aquellas cosas.

Por otra parte, yo también tuve algunas pruebas personales sobre la facilidad con que Don Bosco escudriñaba los corazones, pues repetidas veces me reveló el estado de mi conciencia sin que yo le hubiese preguntado nada. La misma impresión tenían algunos de mis compañeros, los cuales confesaron ingenuamente que, a pesar de haber callado en la confesión pecados graves, Don Bosco había sabido ponerles de manifiesto con toda precisión, el estado en que se encontraban.»

De uno de los cuatro encadenados tuvimos noticias por el teólogo Borel.

Habiendo ido dicho teólogo en 1866 a ejercer su ministerio a las cárceles, al regresar al Oratorio traía a Don Bosco un encargo de parte del joven Bec… di…; condenado por desertor del ejército. El prisionero pedía al Santo “El joven instruido” y al mismo tiempo le mandaba a decir:

—¿Recuerda que me dijo que en el sueño de la rueda me había visto encadenado? Ciertamente yo era uno de los cuatro; pero he de comunicarle para su consuelo, que me encuentro en la prisión, no por haber cometido un delito, sino por haber huido del cuartel por serme insoportable la rigidez de la vida militar.

Don Bosco fue a visitarlo llevándolo al mismo tiempo el libro que le había pedido.

Además de la prisión, el Santo, después de aquel sueño, le pronosticó que sufriría otras vicisitudes. Al terminar sus estudios se había despedido del buen padre, diciéndole que tenía intención de entrar en una Congregación religiosa.

—¡Quédate con nosotros!, —le aconsejó Don Bosco, queriéndole inducir a formar parte de la familia del Oratorio—. No te alejes de mí; aquí tendrás lo que deseas.

Pero el joven estaba resuelto a marcharse.

Si es así, márchate —concluyó el Santo—. Te harás jesuita, pero te mandarán a tu casa. Entrarás en los Capuchinos y no perseverarás. Finalmente, acuciado por el hambre y después de varias peripecias, volverás al Oratorio en demanda de un trozo de pan.

Todo esto parecía poco verosímil, pues el joven en cuestión disponía de un patrimonio de unas 60,000 liras y su familia era la más acomodada del pueblo. Mas a pesar de todo, sucedió al pie de la letra cuanto Don Bosco le había predicho.

Habiendo entrado primeramente en los jesuitas y después en los Capuchinos, no pudo adaptarse a las reglas siendo despedido tras un breve lapso. Gastó el dinero de que disponía y después de algunos años apareció en el Oratorio en un estado de la más extrema miseria. Fue amablemente acogido, permaneció en él un año y se volvió a marchar, pues era muy amante de la vida bohemia. El mismo interesado contaba el cumplimiento de esta profecía en el año 1901.

Entretanto, clérigos y alumnos habían comenzado a asediar a Don Bosco desde el cuatro de mayo, preguntándole en qué parte del campo los había visto, si entre los que cavaban o entre los segadores y la ocupación que desempeñaban. El buen padre satisfizo a todos. Al exponer el sueño hemos dado a conocer algunas de sus respuestas; no pocas de ellas, como se pudo constatar después, fueron verdaderas predicciones.

Don Bosco había visto al clérigo Molino, ocioso, con la hoz en la mano, observando cómo trabajaban los demás; después pudo apreciar cómo se acercaba al foso que rodeaba el campo y después de saltarlo y arrojar el sombrero, le vio salir corriendo. Molino pidió a Don Bosco explicación de todo aquello y escuchó de sus labios esta respuesta:

—Tú cursarás, no cinco, sino seis años de teología y después dejaras la sotana.

Molino quedó estupefacto al escuchar estas palabras, que le parecieron extrañas y lejos de la realidad; pero los hechos comprobaron que Don Bosco tenía razón. Dicho joven cursó cuatro años de teología en el Oratorio y otros dos en Asti y después de hacer los ejercicios espirituales para la ordenación, habiendo ido a San Damián de Asti, que era su pueblo natal para pasar solamente un día y poner en claro cierto asunto, dejó la sotana y no volvió más.

El clérigo Vaschetti era considerado con toda razón como una de las columnas del Colegio de Giaveno. Cuando Don Bosco le dijo que lo había visto salir del campo y saltar el foso, le respondió con despecho:

—¡Se ve que ha soñado!

En efecto, por entonces no pensaba abandonar a Don Bosco. Habiendo salido del Oratorio, pues era libre de hacerlo, y como visitase a Don Bosco siendo ya joven sacerdote, el siervo de Dios le recordó su respuesta brusca pero filial.

—¡Me recuerdo, es cierto? —, replicó Vaschetti.

Y Don Bosco:

—Era aquí al Oratorio adonde Dios te llamaba. Por lo demás espero que el Señor te dará sus gracias; pero tendrás que luchar.

Y en efecto, Dios ayudó a Vaschetti, el cual hizo mucho bien como párroco.

El clérigo Fagnano no quería preguntar a Don Bosco el lugar que ocupaba en el sueño, bien por cortedad, bien porque habiendo llegado al Oratorio hacia pocos meses del Seminario de Asti, no creía mucho en aquellas revelaciones. Acuciado, sin embargo, por los compañeros, se acercó al siervo de Dios y le preguntó qué había visto a través de aquel lente relacionado con él.

—Te vi en el campo, pero tan distante que apenas si te podía reconocer. Estabas trabajando en medio de hombres desnudos.

El clérigo Fagnano no dio demasiada importancia a aquellas palabras, pero las recordó cuando en un día de María Auxiliadora se vio en una playa en el Estrecho de Magallanes comiendo moluscos durante dos días y con el barco a la vista que no se podía aproximar a causa de la tempestad. Y vio a los hombres desnudos de la Tierra del Fuego, lugar en que plantó la Cruz y levantó su misión.

A Don Ángel Savio, Don Bosco le aseguró que le había visto en países muy lejanos.

A las preguntas de Domingo Belmonte, contesto:

—Tú darás gloria a Dios con la música.

Y seguidamente añadió una palabra que causó en el joven profunda impresión; pero después que se hubo alejado unos pasos se borró por completo de su memoria, y, por mucho que recapacitó, no volvió a recordarla. Don Bosco lo había visto conduciendo un carro tirado por cinco mulos. El fruto de sus fatigas sería prodigioso. Maestro y asistente general en el Colegio de Mirabello, profesor en el de Atassio, primeramente, prefecto y después director en Borgo San Martino; director y párroco en Sampierdarena, con todos estos cargos también desempeñó el de maestro de música, contribuyendo al esplendor y decoro de las funciones religiosas. Finalmente, fue prefecto general de la Sociedad y director del Oratorio de Turín, contando siempre con el afecto y la confianza de los hermanos y de los alumnos.

Don Bosco —leemos en la Crónica— dijo también a Avanzino el oficio que desempeñaba en el sueño; después añadió:

—Dios quiere que hagas eso.

Avanzino, que no manifestó a nadie el oficio o misión a que según el sueño estaba destinado, porque no quería someterse a ella, decía después confidencialmente a algunos de sus íntimos:

—Don Bosco me descubrió cosas que yo no había dicho a nadie en el mundo.

A Go… le dijo también Don Bosco:

—Tú serías llamado al estado eclesiástico, pero te faltan tres virtudes: humildad, caridad, castidad.

Añadió que la hoz no se la proporcionaría Don Provera.

El joven Ferrari, que decía querer abrazar el estado eclesiástico, no fue a preguntar el porvenir que le aguardaba según el sueño; por el contrario, seguía tomándolo a broma a pesar de que muchos le insistían para que se presentase al santo. Al fin, se encontró en circunstancias tales que no pudo evitar el encuentro con Don Bosco, el cual le dijo que lo había visto en el campo de trigo y que a despecho de aquellos que lo habían enviado a coger flores, comenzó a segar con entusiasmo, pero que al final volvió la vista atrás y pudo comprobar que no había hecho nada.

—¿Qué quiere decir esto? —, preguntó entonces el joven.

—Pues, quiere decir —replicó Don Bosco— que, si no cambia de estilo, esto es, si sigues obrando según tu capricho, llegarás a ser un sacerdote negligente o un religioso despreocupado.

Pero los jóvenes del Oratorio no se contentaban con las noticias dadas a cada uno en particular. Deseaban tener más amplias explicaciones del sueño, que se les resolviesen ciertas dificultades que no habían comprendido, que se les satisficiese plenamente la curiosidad que sentían, cosas todas que les mantenía en cierto estado de nerviosismo.

Había algunos dotados de gran ingenio, inteligencia y tan listos que habrían puesto en un gran aprieto a otro que no hubiese estado tan seguro de la realidad de su relato, como el Santo.

Don Bosco, por su parte, no temía caer en contradicción y en la noche del cuatro de mayo —dice la Crónica— habló dando facultad a cada uno de los alumnos para que preguntaran cuanto quisieran, pues él mismo deseaba aclarar algunas cosas referentes al sueño, que no hubieran entendido bien.

En la noche del cinco de mayo muchos manifestaron sus dificultades.

—En primer lugar: ¿qué representa la noche?, preguntaron algunos.

Don Bosco respondió:

—La noche representa la muerte que se acerca: Venit nox quando nemo potest operari, ha dicho Nuestro Señor.

Los jóvenes entendieron que estaban próximos los últimos días del buen padre y, después de unos minutos de penoso silencio, requirieron de él que les dijera los medios que tenían que poner en práctica para que aquella noche se alejase lo más posible.

Hay dos medios para conseguirlo —replicó Don Bosco—. El primero sería no tener más esta clase de sueños, pues me arruinan extraordinariamente la salud. Y el segundo, que los empedernidos en el mal no obligaran en cierta manera al Señor a obrar de una forma violenta para librarlos del pecado.

—Y los higos y las uvas, ¿qué simbolizan?

—Las uvas y los higos, que en parte estaban maduros y en parte no, quiere decir que algunos hechos que precedieron a la noche se cumplieron ya y que otros se cumplirán. A su tiempo les diré cuáles son los hechos ya cumplidos. Los higos indican grandes acontecimientos que tendrán lugar muy pronto en el Oratorio. A este respecto tendría muchas cosas que decirles, pero no es conveniente que se las comunique por ahora, lo haré más adelante. Les puedo añadir que los higos, como símbolo de los jóvenes, pueden significar también dos cosas: o maduros por haberse ofrecido a Dios en el sagrado ministerio, o maduros para ofrecerse a Dios en la eternidad.

Séanos permitido —comenta Don Lemoyne— exponer una idea nuestra personal, a saber, que entre los higos ciertamente habría algunos amargos al paladar, por eso Don Bosco no los quiso escoger, aunque se excusase de hacerlo aduciendo un pretexto diferente.

Que el Valle de Valcappone representase el Oratorio nos parece muy lógico, pues en él tuvo origen, o al menos en la región en que está enclavado, la Obra de Don Bosco. Lo mismo representan el carro del hermano José que fue siempre un generoso bienhechor del siervo de Dios y la rueda con la lente a través de la cual el siervo de Dios vio todo lo anteriormente descrito.

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Los alumnos continuaron haciendo sus preguntas.

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Prosigue Don Ruffino:

—¿Y los que tenían los monos sobre las espaldas, ¿qué quiere decir?

—Representa —respondió Don Bosco— el demonio de la deshonestidad. Este demonio, cuando quiere arrojarse encima de alguno, no se presenta por delante, sino por la espalda, esto es, oculta la fealdad del pecado, no la deja ver, lo hace aparecer como cosa de nada. Estos monos gigantescos aprietan el cuello de sus víctimas, ahogando la palabra cuando los tales desgraciados quisieran confesarse. Aquellos infelices tenían los ojos desorbitados para indicar que, quien es víctima de este pecado, no puede ver las cosas del cielo. Mis queridos jóvenes: No olviden aquellas tres palabras: Labor, sudor, fervor, y podrán alcanzar la más completa victoria sobre todos los demonios que les vengan a tentar contra la virtud de la modestia.

—¡Y qué medios hay para quitar el candado de la boca?

Don Bosco respondió las mismas palabras que le había dicho aquel amigo misterioso: Auferatur superbia de cordibus eorum.

Le hicieron otras preguntas respecto el trabajo que cada uno realizaba, pidiéndole las correspondientes explicaciones:

—¿Qué más nos puede decir sobre el campo de trigo?

—Los que en el trabajan son los llamados al estado eclesiástico; de forma que sé quién se hará sacerdote y quién no. Mas no piensen que los que estaban cavando eran los excluidos absolutamente del ministerio. ¡Oh, no! Vi a algunos artesanos segar el trigo con los demás. A los tales los reconocí y los dedicaré a estudiar. Algún otro iba a coger la hoz, pero el que las distribuía no se la quiso dar, porque le faltaba alguna virtud. Si la adquiere, el Señor le llamará si no se hace indigno de la vocación. Pero, tanto los que cavaban como los que segaban, cumplían la voluntad de Dios y estaban en el camino de la salvación.

—¿Qué significaban los bocados de comida y las flores?

—Había quienes iban al campo y deseaban segar, pero Provera no les quería proporcionar la herramienta, porque no estaban aún capacitados para trabajar y, en cambio, les decía:

—A ti te falta una flor. O bien: te faltan dos flores. Debes tomar todavía un par de bocados.

Estas flores simbolizaban, bien la virtud de la caridad, bien la virtud de la humildad, bien la pureza. Los bocados de alimento significan el estudio y la piedad. Al oír esto, los jóvenes iban a coger las flores indicadas o a comer los bocados que les habían dicho y después volvían en busca de la hoz.

También le preguntaron sobre las escenas que había visto cada vez que daba diez vueltas a la rueda, relacionadas con el desarrollo de la Pía Sociedad.

Don Bosco respondió:

—Un largo intervalo de tiempo separaba a cada diez vueltas de la rueda, para que yo pudiera examinar tranquilamente todos los detalles de las escenas que se ofrecían a mi vista. Desde el principio, después de las primeras vueltas, contemplé a la Congregación ya formada y bien ordenada y a un buen número de hermanos y de jóvenes ocupando las distintas casas. Al sucederse las vueltas, apreciaba vez por vez un nuevo espectáculo. Ya no veía a muchos de los que había contemplado anteriormente; después aparecían otros individuos para mi completamente desconocidos, y los que una vez viera jóvenes, los veía más tarde viejos y decrépitos. El número de los muchachos crecía cada vez de una manera más rápida y desorbitada.

Los alumnos le recordaron también que el personaje del sueño le había dicho:

—Verás cosas que te servirán de consuelo y otras que te llenaron de angustia. Por eso le preguntaron si a cada diez vueltas había visto a sus hijos en la misma condición, en el mismo oficio, siguiendo una misma línea de conducta o si habían cambiado a peor en las escenas sucesivas. Don Bosco no quiso decirlo; con todo, exclamó:

—Causa pena y llena el alma de desolación el ver las muchas vicisitudes a que uno ha de someterse en el curso de la vida. Les aseguro que, si en mi juventud hubiera previsto las peripecias que habría tenido que soportar desde hace algunos años a esta parte, me habría dejado ganar por la desanimación.

Los alumnos se mostraban también maravillados por el número de casas y colegios que el Santo aseguró tendría en el futuro, ya que al presente sólo contaba con el Oratorio de Valdocco. Pero el buen padre repetía:

—¡Ya verán, ya verán!

Don Bosco hablaba de esta forma tan familiar a toda la comunidad, pero se reservó algunas cosas para decirlas solamente a sus clérigos. En efecto, les manifestó que entre los que estaban trabajando en el campo de trigo, había visto a dos que llegarían a ser obispos. Esta noticia cundió por el Oratorio en un abrir y cerrar de ojos. Los alumnos comenzaron a hacer cábalas, intentando adivinar los nombres de los candidatos. Don Bosco no había querido ser más explícito, mientras los muchachos pasaban revista a los nombres de todos los clérigos. Al fin se pusieron de acuerdo en que el primer obispo sería el clérigo Juan Cagliero, y manifestaron sus sospechas de que el segundo fuese Pablo Albera. Estas voces corrieron por la casa durante mucho tiempo. Hasta aquí Don Ruffino.

Nosotros podemos añadir que nadie pensó en el estudiante Santiago Costamagna, ni sospechó lo más mínimo que a él le reservaba el Señor una mitra.

Don Bosco, entretanto —continúa la Crónica— dijo que pondría a estudiar a algunos artesanos que había visto segando o recogiendo espigas en el campo, y, en efecto, desde el día que contó el sueño el joven artesano Craverio comenzó a estudiar. Otro artesano, a la sazón encuadernador, pasó también a la sección de los estudiantes.

El Santo no dio a conocer su nombre.

El cuarto fue un alumno que había entrado en el Oratorio como artesano y que estaba aprendiendo el oficio de sastre; a este lo vio Don Bosco en el sueño arrancando la hierba nociva. El mismo joven manifestó confidencialmente al clérigo Rufino que su conducta pasada había dejado algo que desear, pero que en poco tiempo demostró tal espíritu de piedad que fue propuesto como modelo y se le vio practicar actos de virtud difíciles de olvidar, sobresaliendo especialmente por su profunda humildad. Estando en los estudiantes sucedió por dos veces que, habiendo otro joven que llevaba el mismo nombre, en la nota semanal del estudio, por error del encargado, recibió un bene y un fere optime. Cuando se dan estos casos de equivocación, sucede casi siempre que los jóvenes, incluso los mejores, suelen reclamar contra la injusticia involuntaria, y si no se lamentan, al menos procuran hacer reconocer su inocencia y la rectificación de la nota.

Pero nuestro jovencito, sin inmutarse por nada, a los que le manifestaban su extrañeza, pues el error había sido manifiesto, induciéndole, por tanto, a reclamar, les decía simplemente:

—¡Me lo mereceré!

Y nada hizo para que se rectificase aquella nota; estando dispuesto a someterse a la privación del premio prometido a quienes a largo del año hubiesen sacado optime todas las semanas.

Como complemento de cuanto nos brindan las Memorias Biográficas y las Crónicas particulares sobre el sueño que acabamos de exponer, ofrecemos a continuación algunos datos biográficos sobre los personajes más importantes que intervienen en él.

El profesor Oreglia, de San Esteban, profesó en la Sociedad Salesiana el 14 de mayo de 1862. Habiendo hecho los Ejercicios Espirituales según el método Ignaciano en 1860, abrazó el estado religioso, permaneciendo con Don Bosco hasta 1869, en que entró en la Compañía de Jesús.

Don Francisco Provera, natural de Mirabello, entró en el Oratorio el 14 de octubre de 1858. Don Bosco, al recibirle entre sus jóvenes, exclamó: “El Señor nos ha mandado otro Santo Domingo Savio”.

El año que tuvo lugar el sueño de la rueda era simple clérigo, ocupando el cargo de consejero del Capítulo Superior dos años antes de su muerte, ocurrida el 13 de abril de 1874.

Figura destacada en el campo literario fue el clérigo Juan Francesia. Emitió su primera profesión el 14 de mayo de 1862. Al erigirse las tres primeras inspectorías de la Congregación, Don Francesia se encargó de la Piamontesa, permaneciendo en el cargo de Inspector durante veinticuatro años.

El 29 de octubre de 1865 fue nombrado Director Espiritual de la Congregación. Murió el 17 de enero de 1930, a la edad de noventa y un años. Asistió, en 1929, a la Beatificación de Don Bosco. Y en esa ocasión varios Antiguos Alumnos, colombianos y argentinos especialmente, le presentaron varios retratos del Beato, rogándole les dijera cuál era el más parecido. Él se decidió por el de Rollini. Y, entretanto, se cumplía al pie de la letra el pronóstico de cómo lo había visto en el Sueño. El Cardenal Cagliero había muerto poco antes.

Don Francisco Cerrutti entró en el Oratoria de Valdocco el 11 de noviembre de 1856 hizo los votos perpetuos en manos de Don Rúa el 11 de enero de 1886. Fue Prefecto General de la Congregación desde el 7 de noviembre de 1886. Murió en Alasio el 25 de marzo de 1917, a los setenta y tres años. Estuvo dotado de extraordinaria cultura y esclarecido ingenio.

Don José Bongiovani ingresó en el Oratorio en 1854; fue contemporáneo de Santo Domingo Savio, con el que trabó estrecha amistad. Fue, además, uno de los primeros en dar su nombre a la Compañía de la Inmaculada, siendo fundador de la del Santísimo Sacramento y del Clero Infantil. Ordenado sacerdote, murió a la temprana edad de treinta y tres años.

Don Domingo Belmonte nació en Genola el siete de septiembre de 1843, ingresando en el Oratorio a los diecisiete años. Hizo la profesión perpetua el 29 de octubre de 1871. Al celebrarse el IV Capítulo General de la Congregación Salesiana sucedió a Don Rúa en el cargo de Prefecto General el 1º de octubre de 1871. Murió el 18 de febrero de 1901.

Don Pablo Albera fue recibido por el mismo Don Bosco en el Oratorio, a la edad de trece años. Sucedió a Don Francesia en el cargo de Director Espiritual de la Congregación en 1869. En el año 1892 es elegido Catequista General, visitando las Casas de América desde el 1900 al 1903. En 1910 es nombrado segundo sucesor de Don Bosco, visitando las Casas de Europa de 1911 a 1915.

Ocupando el cargo de Rector Mayor, fue elevado a la Púrpura Cardenalicia Mons. Cagliero.

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