El catecismo de la Primera Comunión

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Soy un catecismo de la parroquia de San Andrés de Castel Nuovo. De Cuaresma a Cuaresma permanezco encerrado en un arcón de madera junto a varias decenas de pequeños catecismos, hermanos gemelos míos. Todos mostramos con orgullo nuestro nombre y título: Compendio de la Doctrina Cristiana de Miguel Casati.

Las manos rudas de varias generaciones de niños campesinos no han conseguido desencuadernarme: mis sólidas tapas permanecen unidas a mi lomo. Mis hojas gastadas y amarillentas son testigo de años ininterrumpidos dando a conocer la doctrina católica a generaciones de pequeños que se preparan para realizar su primera comunión.

Recuerdo aquella Cuaresma de 1826. El párroco, don Giuseppe Sismondo, inició el acostumbrado ritual: abrió el arcón como quien abre un tesoro. Nos distribuyó entre los niños y las niñas. Me tocó en suerte un muchacho de pelo rebelde y ojos despiertos. Se llamaba Juan Bosco. Junto a la estufa del salón parroquial, me miró con veneración y sus manos se deslizaron sobre mi cuerpo gastado.

Me abrió con decisión. Sus ojos comenzaron a acariciar las preguntas impresas con letra negrita sobre mis hojas. Leía deprisa. De pronto noté que algo no iba bien. Aquel muchacho tan sólo leía las preguntas… sus ojos se saltaban las menudas letras de las respuestas.

Era urgente que le indicara la importancia de las respuestas. De seguir así no aprendería nada. Mis hojas se pusieron a temblar y se llenaron de preocupación. Soy un catecismo responsable. Intento ayudar a los muchachos para que aprendan la doctrina cristiana.

Media hora después, don Giuseppe ordenó cerrar los catecismos. Comenzó a tomar la lección. Él formulaba la pregunta y los niños y las niñas debían recitar de memoria la respuesta. Le llegó el turno al pequeño Juan. La pregunta quedó flotando en la sala. Un breve silencio. Contuve la respiración temiéndome lo peor.

Pero el chico respondió con aplomo y perfección. En mi mente de papel amarillento, una duda: ¿cómo sabía Juan la respuesta si tan sólo había leído las preguntas?

Varios días después conocí a su madre, Mamá Margarita, y lo comprendí todo. De ella había aprendido Juan las respuestas del catecismo. De ella había aprendido también el pequeño Juan a admirarse ante la inmensidad del cielo, a dar gracias a Dios, a escuchar en su interior la voz de la conciencia, a abrir las manos para hacer crecer el árbol de la solidaridad; a mantener abierta la puerta de la humilde casa para acoger a pobres y mendigos que transitan por la vida.

Margarita, una sencilla mujer analfabeta, fue el catecismo vivo y lleno de ternura que yo nunca llegaré a ser.

Nota: Juan Bosco hizo su primera comunión en la Pascua de 1827. Asistió todos los días de Cuaresma a la catequesis en la parroquia de Castel Nuovo. Su madre Margarita fue la catequista que le enseñó no sólo las respuestas del catecismo, sino también las profundas verdades de la fe cristiana. (Memorias del Oratorio. Década primera)

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