El día que Domingo Savio conoció a Don Bosco

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoCiudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Parroquia El Espíritu Santo
Ilustración Parroquia El Espíritu Santo

El propio Don Bosco recuerda con mucho cariño como fue aquel primer encuentro con Domingo, el cual nos narra en la biografía que escribió el joven santo.

Corría el año 1854, cuando el citado don Cugliero vino a hablarme de un alumno suyo digno de particular atención por su piedad: <<Aquí, en esta casa es posible que tenga usted jóvenes que le igualen, pero difícilmente habrá quien le supere en talento y virtud. Obsérvelo usted y verá que es un san Luis>>.

Quedamos que me lo mandaría a Murialdo, adonde yo solía ir con los jóvenes del Oratorio para que disfrutasen algo de la campiña y, de paso, poder celebrar la novena y solemnidad de la Santísima. Virgen Rosario. Era el primer lunes de octubre, de fecha 2, muy temprano, cuando vi aproximárseme un niño, acompañado de su padre, para hablarme. Su rostro alegre y su porte risueño y respetuoso atrajeron mi atención.

¿Quién eres? -le dije-. ¿De dónde vienes?
Yo soy Domingo Savio, de quien ha hablado a usted el señor Cugliero, mi maestro; venimos de Mondonio.

Lo llevé entonces aparte y, puestos a hablar de los estudios hechos y del tenor de vida que hasta entonces había llevado, pronto entramos en plena confianza, él conmigo y yo con él. Presto advertí en aquel jovencito un corazón en todo conforme con el espíritu del Señor, y quedé no poco maravillado al considerar cuánto le había ya enriquecido la divina gracia a pesar de su tierna edad. Después de un buen rato de conversación, y antes de que yo llamara a su padre, me dirigió estas textuales palabras:

Y bien, ¿qué le parece? ¿Me lleva usted a Turín a estudiar?
Ya veremos; me parece que buena es la tela.
¿Y para qué podrá servir la tela?
Para hacer un hermoso traje y regalarlo al Señor.
Así, pues, yo soy la tela, sea usted el sastre; lléveme, pues, con usted y hará de mí el traje que desee para el Señor.
Mucho me temo que tu debilidad no te permita continuar los estudios.
No tema usted; el Señor, que hasta ahora me ha dado salud y gracia, me ayudará también en adelante.
¿Y qué piensas hacer cuando hayas terminado las clases de latinidad?
Si me concediera el Señor tanto favor, desearía ardientemente abrazar el estado eclesiástico.
Está bien; quiero probar si tienes suficiente capacidad para el estudio; toma este librito (un ejemplar de las Lecturas Católicas), estudia esta página y mañana me la traes aprendida.

Dicho esto, le dejé en libertad para que fuera a recrearse con los demás muchachos, y me puse a hablar con su padre. No habían pasado aún ocho minutos cuando, sonriendo, se presenta Domingo y me dice: <<Si usted quiere, le doy ahora mismo la lección>>.

Tomé el libro y me quedé sorprendido al ver que no sólo había estudiado al pie de la letra la página que le había señalado, sino que entendía perfectamente el sentido de cuanto en ella se decía.

Muy bien -le dije-, te has anticipado tú a estudiar la lección y yo me anticiparé en darte la contestación. Sí, te llevaré a Turín, y desde luego te cuento ya como a uno de mis hijos; empieza tú también desde ahora a pedir al Señor que nos ayude a mí y a ti a cumplir su santa voluntad.

No sabiendo cómo expresar mejor su alegría y gratitud, me tomó de la mano, me la estrechó y besó varias veces, y al fin me dijo.

Espero portarme de tal modo, que jamás tenga que quejarse de mí conducta.

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