SUEÑO 29. 1861. Un paseo al paraíso

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoVamos a proceder a la narración de otro hermoso sueño — escribe Don Lemoyne— que tuvo Don Bosco durante las fechas del 3, 4 y 5 de abril del año 1861.

«Varias circunstancias que en él se admiran —comenta Don Bonetti— convencerán plenamente al lector de que se trata de uno de esos sueños que el Señor se complace en infundir de vez en cuando a sus fieles siervos.

Tanto Don Bonetti como Don Ruffino lo describen minuciosamente tal y como nosotros lo exponemos seguidamente:

En la noche del 7 de abril de 1861, después de las oraciones Don Bosco subió a la tribuna desde donde solía hablar, para decir una buena palabra a los jovencitos y comenzó así:

—Tengo algo muy curioso que contarles. Se trata de un sueño. Un sueño no es una cosa real. Se los digo para que no le den mayor importancia de la que merece. Antes de comenzar mi narración debo hacerles algunas observaciones. Yo se los cuento todo, de la misma manera que me agrada me digan todas sus cosas. Sepan que no tengo secretos para Vosotros, pero lo que se dice aquí debe quedar entre nosotros. No me atrevería a asegurar que se haga reo de pecado quien lo cuente a personas extrañas, pero es mejor que estas cosas no pasen del dintel del Oratorio. Coméntenlo entre Vosotros, rían, bromeen sobre cuanto les voy a decir, cuanto les plazca, pero sólo con aquellas personas que sean de su confianza y que crean pueden sacar de ello algún provecho, si las consideran convenientemente capacitadas para ello.

El sueño consta de tres partes; lo tuve durante tres noches consecutivas; por eso, hoy les contaré una parte y las otras dos en las noches siguientes. Lo que más admiración me produjo fue que reanudé el sueño la segunda y tercera noche en el punto preciso en que había quedado la noche precedente al despertarme.

PRIMERA PARTE

Los sueños se tienen durmiendo, por tanto, yo dormía al comenzar a soñar.

Algunos días antes había estado fuera de Turín, pasando muy cerca de las colinas de Moncalieri. El espectáculo de aquellas colinas que comenzaban a cubrirse de verdor me quedó impreso en la mente, y, por tanto, bien pudo ser que las noches siguientes, al dormir, la idea de aquel hermoso espectáculo viniese de nuevo a impresionar mi fantasía y ésta avivase en mí el deseo de dar un paseo.

***************************************************************

Lo cierto es que, en sueños, contemplé una amplia y dilatada llanura: ante mis ojos se levantaba una alta y extensa colina. Estábamos todos parados cuando, de pronto, hice a mis jóvenes la siguiente propuesta:

—¿Vamos a dar un buen paseo?

—Pero ¿adonde?

Nos miramos los unos a los otros; reflexionamos unos instantes y después, no sé por qué causa extraña alguno comenzó a decir:

—¿Vamos al Paraíso?

—Sí, sí; vamos a dar un paseo al Paraíso —replicaron los demás—.

—¡Bien, bien! ¡Vamos!,—exclamaron todos a una—.

Partiendo de la llanura, después de caminar un poco nos encontramos al pie de la colina. Al comenzar a subir por un sendero ¡qué admirable espectáculo! Sobre toda la extensión que podíamos abarcar con la vista, la dilatada ladera de aquella colina estaba cubierta de bellísimas plantas de todas las especies: frágiles y bajas, fuertes y robustas, con todo, estas últimas no eran más gruesas que un brazo. Había perales, manzanos, cerezos, ciruelos, vides de variadísimos aspectos, etcétera, etcétera. Lo más singular era que en cada una de las plantas se veían flores que comenzaban a brotar y otras plenamente formadas y dotadas de bellísimos colores; frutos pequeños y verdes y otros gruesos y maduros; de forma que en aquellas plantas había cuanto de hermoso producen la primavera, el verano y el otoño. La abundancia de frutos era tal, que parecía que las ramas no podrían resistir el peso.

Los jóvenes se acercaban a mí llenos de curiosidad y me preguntaban la explicación de aquel fenómeno, pues no sabían darse razón de semejante milagro. Recuerdo que para satisfacerles un poco les di la siguiente respuesta:

—Tengan presente que el Paraíso no es como nuestra tierra, donde cambian las temperaturas y las estaciones. Han de saber que aquí no hay cambio alguno; la temperatura es siempre igual, suavísima, adaptada a las exigencias de cada planta. Por eso cada una de éstas recoge en sí cuanto de hermoso y de bueno hay en cada estación del año.

Quedamos, pues, completamente extáticos contemplando aquel jardín encantador. Soplaba una suave brisa; en la atmósfera reinaba la más completa calma, se percibía un sosiego, un ambiente de suavísimos perfumes que penetraba por todos nuestros sentidos haciéndonos comprender que estábamos gustando las delicias de todas aquellas frutas. Los jóvenes tomaban de aquí una pera, de allá una manzana, de acullá una ciruela o un racimo de uvas, mientras que, al mismo tiempo, seguíamos subiendo todos juntos la colina.

Cuando llegamos a la cumbre creímos estar en el Paraíso; en cambio, estábamos bien distante de él… Desde aquella elevación, y del lado allá de una gran llanura o explanada que estaba en el centro de una extensa altiplanicie, se divisaba una montaña tan alta que su cúspide tocaba a las nubes. Por ella subía trepando trabajosamente, pero con gran celeridad, una gran multitud de gentes y en lo más elevado estaba Quien invitaba a los que subían a que continuasen sin desmayo la ascensión.

Veíamos a otros descender desde la cumbre a lo más bajo para ayudar a los que estaban ya muy cansados, por haber escalado un paraje difícil y escarpado. Los que, finalmente, llegaban a la meta eran recibidos con gran júbilo, con extraordinario regocijo.

Todos nos dimos cuenta de que el Paraíso estaba allá y, encaminándonos hacia la altiplanicie, proseguimos después en dirección a la montaña para intentar la subida. Ya habíamos recorrido un buen trozo de camino, cuando numerosos jóvenes, emprendiendo una veloz carrera, para llegar antes, se adelantaron en mucho a la multitud de sus compañeros.

Mas, antes de llegar a la falda de aquella montaña, vimos en la altiplanicie un lago lleno de sangre, de una extensión como desde el Oratorio a Plaza Castillo. Alrededor de este lago, en sus orillas, había manos, pies y brazos cortados; piernas, cráneos y miembros descuartizados. ¡Qué horrible espectáculo! Parecía que en aquel paraje se hubiese reñido una cruenta batalla.

Los jóvenes que se habían adelantado corriendo y que habían sido los primeros en llegar, estaban horrorizados. Yo, que me encontraba aún muy lejos y que de nada me había dado cuenta, al observar sus gestos de estupor y que se habían detenido con una gran melancolía reflejada en sus rostros, les grité:

—¡Por qué esa tristeza? ¿Qué les sucede? ¡Sigan adelante!

—¿Sí? ¿Qué sigamos adelante? Venga, venga a ver —me respondieron—.

Apresuré el paso y pude contemplar aquel espectáculo.

Todos los demás jóvenes que acababan de llegar y que poco antes estaban tan alegres, quedaron silenciosos y llenos de melancolía.

Yo, entretanto, erguido sobre la playa del lago misterioso, observaba a mi alrededor. No era posible seguir adelante. De frente, en la orilla opuesta, se veía escrito en grandes caracteres: “PER SANGUINEM”.

Los jóvenes se preguntaban unos a otros:

—¿Qué es esto? ¿Qué quiere decir todo esto?

Entonces pregunté a uno, que ahora no recuerdo quién era, el cual me dijo:

—Aquí está la sangre vertida por tantos y tantos que alcanzaron ya la cumbre de la montaña y que ahora están en el Paraíso. ¡Esta es la sangre de los mártires! ¡Aquí está la sangre de Jesucristo, con la que fueron rociados los cuerpos de aquellos que dieron testimonio de la fe! Nadie puede ir al Paraíso sin pasar por este lago y sin ser rociado con esta sangre. Esta sangre defensora de la Santa Montaña representa a la Iglesia Católica. Todo aquel que intente asaltarla morirá víctima de su locura. Todas estas manos y todos estos pies truncados, estas calaveras deshechas, los miembros cortados en pedazos que veis diseminados por las orillas, son los restos miserables de los enemigos que quisieron combatir contra la Iglesia. ¡Todos fueron destrozados! ¡Todos perecieron en este lago!

Aquel joven, en el curso de su conversación, nombró a numerosos mártires, entre los cuales también a los soldados del Papa, caídos en el campo de batalla por defender el poder temporal del Pontificado.

Dicho esto, señalando hacia nuestra derecha, en dirección Este, nos indicó un inmenso valle, cuatro o cinco veces más extenso que el valle de sangre y añadió:

—¿Ven allá, aquel valle? Pues allá irá a parar la sangre de aquellos que siguiendo este camino escalarán la montaña; la sangre de los justos, de los que morirán por la fe en los tiempos venideros.

Yo procuraba animar a mis jóvenes, que no podían disimular el terror que los invadía al ver y escuchar aquellas cosas, diciéndoles que, si moríamos mártires, nuestra sangre sería recogida en aquel valle, pero que nuestros miembros no serían arrojados a las orillas como los que habíamos visto.

Entretanto, los muchachos se apresuraron a ponerse en marcha. Bordeando las orillas del lago, teníamos a nuestra izquierda la cumbre de la colina que habíamos cruzado y a la derecha el lago y la montaña. A cierta distancia, donde terminaba el lago de sangre, había un paraje plantado de encinas, laureles, palmeras y otras plantas diversas. Nos introdujimos en él para comprobar si era posible el acceso a la montaña; pero, he aquí que ante nuestra vista se ofreció otro nuevo espectáculo. Vimos otro lago enorme, lleno de agua y en ella una gran cantidad de miembros partidos y descuartizados. En la orilla se veía escrito en caracteres cubitales: “PER AQUAM”.

—¿Qué es esto? ¿Quién nos explicará el significado de esto?

—En este lago está —nos dijo UNO— el agua que brotó del costado de Jesucristo; la cual fue poca en cantidad, pero aumentó en forma considerable y sigue aumentado y aumentará en el futuro. Esta es el agua del Santo Bautismo, con el cual fueron lavados y purificados los que escalaron ya esta montaña y con la que deberán ser bautizados y purificados los que han de subir a ella en el porvenir. En ella tendrán que ser bañados todos aquellos que quieran ir al Paraíso» Al Paraíso se llega, o por medio de la inocencia o por medio de la penitencia. Nadie puede salvarse sin haberse bañado en esta agua.

Seguidamente, señalando los restos humanos, prosiguió:

—Esos miembros pertenecen a aquellos que atacaron a la Iglesia en el tiempo presente.

Seguidamente vimos mucha gente y también a algunos de nuestros jóvenes caminando sobre las aguas con una celeridad extraordinaria; con tal rapidez, que apenas si tocaban la superficie con la punta de los pies y, casi sin mojarse, llegaban a la otra orilla.

Nosotros contemplábamos atónitos aquel portento cuando nos fue dicho:

—Estos son los justos, porque el alma de los santos, cuando está separada del cuerpo y el mismo cuerpo cuando está glorificado, no sólo puede caminar ligera y velozmente sobre el agua, sino también volar por el mismo aire.

Entonces, todos los jóvenes desearon correr sobre las aguas del lago, como aquellos a los cuales habían visto. Después me miraron como para interrogarme con la mirada, pero ninguno se atrevía a iniciar la marcha. Yo les dije:

—Por mi parte, no me atrevo; es una temeridad creerse tan justos como para poder cruzar sobre esas aguas sin hundirse.

Entonces todos exclamaron:

—¡Si usted no se atreve, mucho menos nosotros!

Proseguimos adelante, siempre girando alrededor de la montaña, cuando he aquí que llegamos a un tercer lago, amplio como el primero y lleno de fuego, en el cual se veían trozos de miembros humanos despedazados.

En la orilla opuesta se leía un cartel: “PER IGNEM”.

—Aquí —nos dijo AQUEL tal— está el fuego de la caridad de Dios y de los santos; las llamas del amor y del deseo, por las que deben pasar los que no lo hicieron por la sangre y el agua. Este es también el fuego con que fueron atormentados y consumidos por los tiranos, los cuerpos de tantos mártires. Muchos son los que tuvieron que pasar por aquí para llegar a la cumbre de la montaña. Estas llamas servirán también de suplicio a los enemigos de la Iglesia.

Por tercera vez veíamos triturados a los enemigos del Señor en el campo de sus derrotas.

Nos apresuramos, pues, a seguir adelante y del lado allá de este lago vimos otro a manera de amplísimo anfiteatro que ofrecía un aspecto aún más horrible. Estaba lleno de bestias feroces, de lobos, osos, tigres, leones, panteras, serpientes, perros, gatos y otros muchísimos monstruos que estaban con sus fauces abiertas prestos a devorar a quien se acercara. Vimos mucha gente caminando sobre sus cabezas. Algunos jóvenes comenzaron a correr sobre ellos, pasando sin temor sobre las cabezas de aquellas alimañas sin sufrir el menor daño. Yo quise llamarlos y les gritaba con todas mis fuerzas:

—¡No! ¡Por caridad! ¡Deténganse! ¡No prosigan! ¿No ven cómo esos animales están dispuestos a destrozarlos y a devorarlos después?

Pero mi voz no fue escuchada y continuaron caminando sobre los dientes y sobre las cabezas de aquellos animales, como sobre la más segura de las sendas.

El intérprete de siempre me dijo entonces:

—Estos animales son los demonios, los peligros y los lazos del mundo. Los que pasan impunemente sobre las cabezas de las alimañas son las almas justas, los inocentes. ¿No recuerdas que está escrito: Super aspidem et basiliscum ambulabunt et conculcabunt leonem et draconem? A estas almas se refería el profeta San David. Y en el Evangelio se lee: Ecce dedi vobis potestatem calcandi supra serpentes et scorpiones et super omnem virtutem inimici: et nihil vobis nocebit.

Entonces nos preguntamos:

—¿Cómo haremos para pasar al lado de allá?

¿Tendremos que caminar también nosotros sobre esas horribles cabezas?

—¡Sí, sí, vamos!, —me dijo uno.

—¡Oh! Yo no me siento con valor para hacerlo —respondí—, sería una presunción el suponerse tan justo como para poder pasar ilesos sobre las cabezas de esos monstruos feroces. Vayan Vosotros si querréis; yo no voy.

Y los jóvenes volvieron a exclamar:

—¡Ah, sí Vos no se atreve, mucho menos nosotros!

Nos alejamos del lago de las bestias y a poco contemplamos una extensa zona de terreno, ocupada por una gran muchedumbre. Parecía o era realidad que a algunos les faltaba la nariz, a otros las orejas, algunos tenían la cabeza cortada; quiénes estaban sin brazos; éstos sin piernas, aquéllos sin manos o sin pies. Unos no tenían lengua y a otros les habían sacado los ojos. Los jóvenes estaban maravillados de ver a toda aquella pobre gente tan mal parada, cuando UNO dijo:

—Estos son los amigos de Dios; los que por salvarse mortificaron sus sentidos: el oído, la vista, la lengua, haciendo además muchas obras buenas. Gran número de ellos perdieron las partes del cuerpo de que se ven privados, por las grandes obras de penitencia a que se entregaron o por el trabajo a que se dieron en aras de amor a Dios o al prójimo.

Los de la cabeza cortada son los que se consagraron al Señor de una manera particular.

Mientras considerábamos estas cosas, vimos una gran muchedumbre de personas, parte de las cuales habían atravesado el lago y subían la montaña poniéndose en contacto con otros que, habiendo llegado antes a la cumbre, descendían para darles la mano y los animaban a que subieran. Después, estos últimos aplaudían, exclamando:

—¡Bien! ¡Bravos!

Al oír aquel ruido de aplausos y aquellas voces, me desperté y me di cuenta de que estaba en la cama.

Esta es la primera parte del sueño, esto es, lo que soñé la primera noche.

***************************************************************

En la noche del 8 de abril Don Bosco se presentó ante los jóvenes que estaban deseosos de oír la continuación del relato.

Antes de comenzar dio algunos avisos disciplinares.

El siervo de Dios se dio cuenta de la impaciencia de los jóvenes y echando una mirada a su alrededor, prosiguió después de una breve pausa con aspecto sonriente:

PARTE SEGUNDA

¡Recordarán que había un gran lago que llenar de sangre, al fondo del valle, próximo al primer lago!

Después de haber contemplado las varias escenas anteriormente descritas y de recorrer la altiplanicie de que les hablé, nos encontramos ante un paso libre por el que podemos proseguir nuestro camino.

Proseguimos, pues, adelante yo y mis jóvenes a través de un valle que nos llevó a una gran plaza. Penetramos en ella; la entrada de dicha plaza era ancha y espaciosa, pero después se iba estrechando cada vez más, de forma que, al fondo, cerca ya de la montaña, terminaba en un sendero abierto entre dos rocas por el que apenas si podía pasar un hombre de una vez. La plaza estaba llena de gente alegre que se divertía despreocupadamente, dirigiéndose al mismo tiempo al sendero que llevaba a la montaña.

Nosotros nos preguntábamos unos a otros:

—¿Será este el camino que conduce al Paraíso?

Entretanto, los que se encontraban en aquel lugar se dirigían uno tras otro con la idea de pasar por aquella angostura, y para conseguirlo tenían que recogerse bien las ropas, encoger los miembros cuanto podían e incluso abandonar el equipaje o cuanto llevaban consigo.

Esto me dio a entender que, en realidad, aquel era el camino del Paraíso, puesto que para ir al cielo no basta solamente estar libre de pecado, sino también de todo pensamiento, de todo afecto terrenal, según él dicho del Apóstol: Nihil coinquinatum intrabit in eo.

Nosotros estuvimos observando a los que pasaban por espacio como de una hora. Pero ¡cuán necio fui! En vez de intentar el paso de aquel sendero, preferimos volver atrás para ver lo que había al otro lado de la plaza. Habíamos divisado otra muchedumbre de gente en aquel lugar y deseábamos saber qué era lo que hacían. Atravesamos, pues, por un camino muy ancho y cuyo fin no podía ser apreciado por el ojo humano. Allí contemplamos un extraño espectáculo. Vimos a numerosos hombres y también a bastantes de nuestros jóvenes uncidos con animales de diversas especies. Algunos estaban aparejados con bueyes.

Yo pensaría:

—¿Qué querrá decir esto?

Entonces recordé que el buey es el símbolo de la pereza y deduje que aquellos jóvenes eran los perezosos. Los conocía a todos: eran los lentos, los flojos en el cumplimiento de sus deberes. Y al verlos me decía a mí mismo:

—Sí, sí; les está muy bien empleado. No quieren hacer nada y ahora tienen que soportar la compañía de ese animal.

Vi a otros uncidos con asnos. Eran los testarudos. Así aparejados tenían que soportar pesadas cargas o pacer en compañía de aquellos animales. Eran los que no hacían caso de los consejos, ni de las órdenes de los superiores. Vi a otros uncidos con mulos y con caballos y recordé lo que dice el Señor: Factus est sicut equus et mulus quibus non est intelectus. Eran los que no quieren pensar nunca en las cosas del alma: los desgraciados sin seso.

Vi a otros que pacían en compañía de los puercos: se revolcaban en las inmundicias y en el fango como esos animales y como ellos hozaban en el cieno. Eran los que se alimentan solamente de cosas terrenas; los que viven entregados a las bajas pasiones; los que están alejados del Padre Celestial. ¡Oh lamentable espectáculo! Entonces me recordé de lo que dice el Evangelio del Hijo pródigo: que quedó reducido al más miserable de los estados luxuriose vivendo.

Vi después muchísima gente y a numerosos jóvenes en compañía de gatos, de perros, gallos, conejos, etc., etc.; o sea, a los ladrones, a los escandalosos, a los soberbios, a los tímidos por respeto humano, y así sucesivamente.

Al contemplar esta variedad de escenas, nos dimos cuenta de que el gran valle representaba el mundo. Observé detenidamente a cada uno de aquellos jóvenes y desde allí nos dirigimos a otro lugar también muy espacioso, que formaba parte de la inmensa llanura. El terreno ofrecía un poco de pendiente, de forma que caminábamos casi sin darnos cuenta.

A cierta distancia vimos que el paraje tomaba el aspecto de un jardín y nos dijimos:

—¿Vamos a ver qué es aquello?

—¡Vamos!, —exclamaron todos—.

Y comenzamos a encontrar hermosísimas rosas encarnadas.

—¡Oh, qué bellas rosas! ¡Oh, qué bellas rosas!, —gritaban los jóvenes mientras corrían a cogerlas—. Pero, apenas las tuvieron en sus manos, se dieron cuenta de que despedían un olor desagradable en extremo. Los muchachos no pudieron disimular su desagrado. Vimos también numerosísimas violetas, en apariencia lozanas, y que creímos despedirían agradable fragancia; pero cuando nos acercamos a cogerlas para formar algunos ramilletes, nos dimos cuenta de que sus tallos estaban marchitos y que despedían un olor hediondo.

Proseguimos siempre adelante y he aquí que nos encontramos en unos encantadores bosquecillos cubiertos de árboles tan cargados de frutos que era un placer el contemplarlos. En especial, los manzanos, ¡qué deliciosa apariencia tenían! Un joven corrió inmediatamente y cortó de una rama una hermosa fruta de apariencia fragante y madura, más apenas le hubo clavado los dientes, la arrojó indignado lejos de sí. Estaba llena de tierra y de arena y al gustarle sintió deseos de vomitar.

—Pero ¿qué es esto?, —nos preguntamos—.

Uno de nuestros jóvenes, cuyo nombre no recuerdo, nos dijo:

—Esto significa la belleza y la bondad aparente del mundo. ¡Todo en él es insípido, engañoso!

Mientras estábamos pensando adonde nos conduciría nuestro sendero, nos dimos cuenta de que el camino que llevábamos descendía casi insensiblemente. Entonces, un jovencito observó:

—Por aquí vamos bajando cada vez más; me parece que no vamos bien.

—Ya veremos, —le respondí—.

Y seguidamente apareció una muchedumbre incalculable que corría por aquel mismo camino que llevábamos nosotros. Unos iban en coche, otros a caballo, otros a pie. Quiénes saltaban, brincaban, cantaban y danzaban al son de la música y al compás de los tambores.

El ruido y la algarabía eran ensordecedores.

—Vamos a detenernos un poco —nos dijimos— y observemos a esta gente antes de proseguir en su compañía.

Entonces un joven descubrió en medio de aquella multitud a algunos que parecían dirigir a cada una de las comparsas. Eran individuos de agradable apariencia, vestidos de una manera elegante, pero por debajo del sombrero asomaban los cuernos. Aquella llanura, pues, era el mundo pervertido dirigido por el maligno. Est vía quae videtur recta, et novissima ejus ducunt ad morten.

De pronto UNO dijo:

—Mirad cómo los hombres van a parar al infierno casi sin darse cuenta.

Después de haber contemplado esto y de oír estas palabras, llamé a los jóvenes que iban delante de mí, los cuales vinieron a mi encuentro corriendo y gritando:

—¡Nosotros no queremos seguir por ahí!

Y seguidamente volvieron precipitadamente hacia atrás deshaciendo el camino recorrido y dejándome solo.

—Sí, tenéis razón —les dije cuando me uní a ellos—; huyamos pronto de aquí; volvamos atrás, de otra manera, sin darnos cuenta, iremos también nosotros a parar al infierno.

Quisimos, pues, volver a la plaza de la que habíamos partido y seguir el sendero que nos conduciría a la montaña del Paraíso; pero cual no sería nuestra sorpresa cuando, tras un largo caminar, nos encontramos en un prado. Nos volvimos a una y otra parte sin lograr orientarnos.

Algunos decían:

—Hemos equivocado el camino.

Otros gritaban:

—No; no nos hemos equivocado: el camino es este.

Mientras los jóvenes discutían entre sí y cada uno quería mantener el propio parecer, yo me desperté.

***************************************************************

Esta es la segunda parte del sueño correspondiente a la segunda noche. Más, antes que se retiren, escuchen. No quiero que den importancia a mi sueño, pero recordad que los placeres que conducen a la perdición no son más que aparentes; sólo ofrecen una belleza exterior. Estén en guardia contra aquellos vicios que nos hacen semejantes a los animales, hasta el punto de emparejarnos con ellos; especialmente ¡cuidado con ciertos pecados que nos asemejan a los animales inmundos! ¡Oh, cuan deshonroso es para una criatura racional, tener que ser comparada a los bueyes y a los asnos! ¡Cuán abominable es para quien fue creado a imagen y semejanza de Dios y constituido heredero del Paraíso, revolcarse en el fango como los cerdos al cometer aquellos pecados que la Escritura señala al decir: Luxuriose vivendo.

Solamente les he contado las circunstancias principales del sueño y de forma resumida; pues, si se los hubiese expuesto tal y como fue, hubiera sido demasiado largo. Igualmente, ayer por la noche solamente les hice un resumen de cuanto vi. Mañana les contaré la tercera parte.

En efecto en la noche del sábado 9 de abril, Don Bosco continuaba:

PARTE TERCERA

No quería contarles mis sueños. Antes de ayer, apenas hube comenzado mi narración, me arrepentí de la promesa que les hice; y hoy habría deseado no haber dado principio a la exposición de lo que desean saber. Pero he de decir que, si guardo silencio, conservando mi secreto para mí, sufro mucho, y, en cambio, publicándolo, me proporciono un desahogo que me hace mucho bien. Por tanto, proseguiré el relato.

Mas antes he de advertir que en las noches precedentes tuve que suprimir muchas cosas, de las que no era conveniente hablarles, pasando por alto otras, que se pueden ver con los ojos, pero que no se pueden expresar con palabras.

***************************************************************

Después de contemplar, pues, como de corrida, todas aquellas escenas ya descritas; después de haber visto lugares diversos y las maneras de ir al infierno, nosotros queríamos a toda costa llegar al Paraíso. Pero yendo de una parte a otra, nos desviamos del camino atraídos por otras cosas. Finalmente, después de adivinar la senda que debíamos seguir, llegamos a la plaza en la que había concentrada tanta gente, toda ella dispuesta a llegar a la montaña; me refiero a aquella plaza de tan colosales proporciones que terminaba en un paso estrecho y difícil entre dos rocas. El que lo atravesaba, apenas había salido a la otra parte, debía pasar un puente bastante largo, muy estrecho y sin barandilla, debajo del cual se abría un espantoso abismo.

—¡Oh! Allá está el camino que conduce al Paraíso —nos dijimos—; aquel es. ¡Vamos!

Y nos dirigimos hacia él. Algunos jóvenes comenzaron a correr dejándonos atrás. Yo hubiera querido que me esperaran, pero ellos estaban empeñados en llegar antes que nosotros; más al llegar al paso estrecho se detuvieron asustados sin atreverse a seguir adelante. Yo los animaba incitándoles a pasar:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¿Qué hacen?

—Sí, sí —me replicaron—; vengáis Vos y hagáis la prueba. Nos estremece la idea de tener que pasar por un lugar tan estrecho y después tener que atravesar el puente; si diéramos un paso en falso, caeríamos dentro de aquellas aguas turbulentas encajonadas en el abismo y nadie daría más con nosotros.

Pero, finalmente, hubo uno que se decidió a ser el primero en avanzar, siguiéndole después otro y así, todos pasamos del lado de allá, encontrándonos al pie de la montaña. Dispuestos a emprender la subida no encontramos sendero alguno que nos la facilitase, y al bordear la falda nos salieron al paso multitud de dificultades e impedimentos. Unas veces era una serie de macizos desordenadamente dispuestos; otras, una roca que era necesario salvar; ahora un precipicio, ya un seto espinoso que se oponía a nuestro paso. La subida se ofrecía cada vez más empinada, por lo que nos dimos cuenta de que era grande la fatiga que nos aguardaba. A pesar de ello, no nos desanimamos, comenzando lo escalada con la mayor valentía. Después de un corto espacio de penosa ascensión en la que lo mismo nos servíamos de las manos que de los pies, ayudándonos recíprocamente, los obstáculos comenzaron a desaparecer y, al fin nos encontramos ante un sendero practicable por el que pudimos subir cómodamente.

Cuando he aquí que llegamos a cierto lugar de la montaña en el que vimos a numerosa gente que sufría de manera horrible; grande fue nuestra sorpresa y compasión al observar tan extraño espectáculo. No les puedo decir lo que vi, porque les causaría una pena demasiado intensa y, por otra parte, no serían capaces de resistir mi descripción. Nada, pues, les diré sobre esto, prosiguiendo adelante mi relato.

Entretanto vimos también a otras numerosas personas que subían por las laderas de la montaña hasta llegar a la cumbre, donde eran acogidas por los que las aguardaban con manifestaciones de júbilo y grandes aplausos. Al mismo tiempo, oímos una música verdaderamente divina: un conjunto de voces dulcísimas que modulaban suavísimos himnos. Esto nos animaba más y más a continuar la subida. Mientras proseguíamos adelante yo pensaba y les decía a mis jóvenes:

—Pero, nosotros que queremos llegar al Paraíso ¿estamos ya muertos? Siempre he oído decir que antes es necesario ser juzgado. ¿Y nosotros hemos sido juzgados?

—No —me respondieron—. Nosotros estamos todavía vivos; aún no hemos sido juzgados. Y reíamos al hacer tales comentarios.

—Sea como fuere —volví a decir—; vivos o muertos prosigamos adelante para poder ver lo que hay allá arriba: algo habrá.

Y aceleramos la marcha.

A fuerza de caminar, llegamos por fin a la cumbre de la montaña. Los que estaban ya en la cima, se aprestaban a festejar nuestra llegada, cuando me volví hacia atrás para comprobar si estaban conmigo todos los jóvenes; pero con gran dolor pude constatar que me encontraba casi solo. De todos mis compañeros, sólo tres o cuatro habían permanecido junto a mí.

—¿Y los demás?, —pregunté mientras me detenía bastante contrariado.

—¡Oh! —me dijeron—; se han quedado por el camino, quiénes en una parte, quiénes en otra; pero tal vez lleguen aquí.

Miré hacia abajo y los vi esparcidos por la montaña, entretenidos unos en buscar caracoles entre las piedras; otros, en hacer ramos de flores silvestres; éstos, en coger frutas verdes; aquéllos, en perseguir mariposas; algunos, en perseguir grillos; no faltando quienes se habían sentado a descansar sobre un matorral bajo la sombra de una planta.

Entonces comencé a gritar con todas mis fuerzas, mientras me descoyuntaba los brazos por atraer la atención de aquellos muchachos, llamándoles al mismo tiempo a cada uno por su nombre, incitándoles a que se dieran prisa, pues no era aquel el momento más oportuno para detenerse.

Algunos atendieron a mis indicaciones, llegando a ocho los que se juntaron a mí, pero los demás no me hicieron caso y continuaron ocupados en aquellas bagatelas sin preocuparse de momento por escalar la cumbre. Yo no quería de ninguna manera llegar al Paraíso con tan exiguo acompañamiento; por eso, resuelto a ir en busca de los remisos, dije a los que me acompañaban:

—Voy a bajar en busca de aquéllos; ustedes quédense aquí.

Dicho y hecho. A cuantos encontraba en mi bajada les ordenaba proseguir hacia arriba. A unos les hacía una advertencia, a otros un amable reproche; a este, le daba una reprimenda; a aquél, una palmada; al otro, un empujón.

—Sigan para arriba, por caridad —les decía afanosamente—; no se detengan con esas bagatelas.

De esta manera al encontrarme de nuevo al pie de la montaña ya había avisado a casi todos. Vi a algunos que, cansados por la fatiga de la ascensión y desanimados por lo que aún les quedaba por escalar, habían resuelto volver hacia abajo. Por mi parte, determiné emprender de nuevo la subida para reunirme con los jóvenes que habían quedado en la cumbre, pero tropecé con una piedra y me desperté.

***************************************************************

«Ya tienen hecho el relato del sueño. Sólo deseo de Vosotros dos cosas. Les repito que no cuenten fuera de casa a ninguna persona extraña, nada de cuanto les he dicho, pues si alguien del mundo oyera estas cosas, tal vez las tomaría a risa. Yo se las cuento para hacerlos pasar un rato agradable. Comenten, pues, el sueño entre Vosotros cuanto quieran, pero deseo que no le den más importancia que la que se puede dar a los sueños. Además, quieto recomendarles otra cosa y es, que ninguno venga a preguntarme si estaba o no estaba, quién era o quién no era; qué hacía o qué dejaba de hacer, si se hallaba entre los pocos o entre los muchos, qué lugar ocupaba, etc., etc.; porque sería repetir la música de este invierno. Al contestar a tantas preguntas podría ser para algunos más perjudicial que útil y yo no quiero inquietar las conciencias.

Solamente les quiero hacer presente que, si el sueño no hubiera sido un sueño, sino una realidad y en verdad hubiéramos tenido que morir entonces, entre tantos jóvenes como están aquí reunidos, si nos hubiéramos dirigido al Paraíso sólo un número insignificante habría llegado a la meta. De setecientos o tal vez de ochocientos, quizás tres o cuatro. Pero, no se alarmen; entendámonos. Les explicaré esta exorbitante desproporción: Quiero decir que sólo tres o cuatro habrían llegado directamente al Paraíso sin pasar algún tiempo por las llamas del Purgatorio. Algunos permanecerían en esté lugar de expiación algunos minutos, otros tal vez un día, otros varios días o varias semanas; en resumen, que casi todos tenían que pasar un período más o menos largo allí.

¿Quieren saber qué es lo que hay que hacer para evitar el Purgatorio? Procuren ganar todas las indulgencias que puedan. Si practican aquellas devociones a las que van anexas indulgencias, tras cumplir los requisitos señalados se entiende; si ganan indulgencias plenarias, irán directamente al Paraíso».

Don Bosco no dio de este sueño explicación alguna personal y práctica a cada uno de los alumnos, como en otras ocasiones; haciendo muy contadas reflexiones sobre las distintas escenas presenciadas en el mismo. No era cosa fácil el hacerlo.

He aquí las aclaraciones que de este sueño hace Don Lemoyne como fruto de sus propias reflexiones y sirviéndose a veces de las mismas palabras de Don Bosco.

  1. La colina que Don Bosco encuentra al principio parece que representa el Oratorio. Prevalece en ella una vegetación joven. No existen árboles añosos de tronco alto y grueso. En todas las estaciones se recogen flores y frutos; lo mismo sucederá en el Oratorio. Este, como todas las obras de Dios, se mantiene de la beneficencia, de la cual dice el Eclesiástico en el Capítulo XL, que es como un jardín bendecido por Dios que da preciosos frutos; frutos de inmortalidad, semejante al Paraíso terrenal, entre los demás árboles estaba el árbol de la vida.
  2. El que sube a la montaña es el hombre dichoso descrito en el Salmo LXXXIII, cuya fortaleza radica toda en el Señor. A pesar de encontrarse en esta tierra, en este valle de lágrimas, ascensiones in corde suo disposuit, está dispuesto a subir continuamente hasta llegar al tabernáculo del Altísimo, o sea, al cielo. Y en su compañía otros muchos. Y el legislador Jesucristo le bendecirá, le colmará de gracias celestiales, e irá de virtud en virtud y llegará a ver a Dios en la bienaventurada Sión y será eternamente feliz.
  3. Los lagos son como el compendio de la historia de la Iglesia. Aquellos miembros innumerables que se veían descuartizados a las orillas de los mismos pertenecen a los perseguidores de la Iglesia, a los herejes, a los cismáticos y a los cristianos rebeldes.

De ciertas palabras del sueño se deduce que Don Bosco había visto algunos acontecimientos presentes y futuros.

«A unos cuantos en privado —dice la crónica— al hablarles el Santo de aquel valle vacío que estaba del lado allá del lago de sangre, les dijo. Ese valle se ha de llenar especialmente de la sangre de los sacerdotes y pudiera ser que muy pronto».

«Estos días —continúa el cronista— Don Bosco ha ido a visitar al Cardenal De Angelis. Su Eminencia le dijo:

—Cuénteme algo que me cause alegría.

—Le contaré un sueño, —le replicó Don Bosco—.

—Le escucharé con sumo gusto.

El Santo comenzó a narrar lo que anteriormente hemos descrito, pero con mayor número de detalles y consideraciones; pero al llegar a la descripción del lago de sangre, el Cardenal se tornó serio y melancólico. Entonces Don Bosco interrumpió el relato diciendo:

—¡Aquí termino!

—Prosiga, prosiga, —le dijo el Cardenal—.

—Basta, ya basta —concluyó Don Bosco— y prosiguió hablando de cosas amenas.

La escena que representa el paso estrechísimo entre las dos rocas el puentecillo de madera, símbolo de la Cruz de Jesucristo, la seguridad de pasar a la otra parte en quien está sostenido por la fe, el peligro de caer en el precipicio al avanzar sin rectitud de intención, los obstáculos de toda suerte hasta llegar al lugar en que el sendero se hace más practicable; todo esto, si no estamos en un error, se refiere a las vocaciones religiosas.

Los que estaban en la plaza debían ser jovencitos llamados por Dios a servirle en la Sociedad Salesiana. En efecto, se hace constar que la gente que estaba esperando el momento de entrar por el sendero que conducía al Paraíso, estaba contenta, parecía feliz y se divertía: características todas aplicables de una manera, especial a la juventud. Añadamos que, al subir la montaña, unos se detenían y otros volvían atrás. ¿No representa esto el enfriamiento en la propia vocación? Don Bosco dio a esta parte del sueño un significado que indirectamente podía aplicarse a la vocación, pero no creyó oportuno hablar más explícitamente de ello.

  1. En la montaña, apenas vencidos los obstáculos que se ofrecieron en su falda, el siervo de Dios vio una multitud víctima del sufrimiento.

«Algunos le preguntaron privadamente —escribe Don Bonetti— y él les respondió: Este lugar representa el Purgatorio. Si tuviese qué hacer una plática sobre dicho tema, no haría otra cosa que describir lo que vi».

Añadamos una postrera e importante observación, aplicable a este sueño y a todos los demás. En estos sueños o visiones, que así las podemos llamar, entra casi siempre en escena un personaje misterioso que hace de guía y de intérprete.

—¿Quién podrá ser?

He aquí la parte más sorprendente y bella de estos sueños que Don Bosco, tras narrarlos, conservaba en el secreto de su corazón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s