Capítulo 10: Su resolución de ser santo

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioDada ya una idea de los estudios de Domingo en el curso de latinidad, hablaremos de la grande resolución que tomó de hacerse santo.

Ya hacía seis meses que se hallaba en el Oratorio cuando se hizo una plática sobre lo fácil que es llegar a ser santo. El predicador se detuvo especialmente en desarrollar tres pensamientos que causaron profunda impresión en el ánimo de Domingo: a saber: «Es voluntad de Dios que todos seamos santos; es fácil conseguirlo; a los santos les está preparado un gran premio en el cielo».

Aquella plática fue para Domingo una chispa que inflamó su corazón en amor de Dios. Por algunos días no dijo nada, pero estaba menos alegre de lo que solía, de suerte que hubimos de notarlo sus compañeros y yo. Pensando que esto proviniese de una nueva indisposición de salud, le pregunté si sufría algún malestar.
-Al contrario-me dijo-. Lo que sufro es un gran bien estar.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que siento como un deseo, y una necesidad de hacerme santo. Nunca me hubiera imaginado yo que uno pudiese llegar a ser santo con tanta facilidad; pero ahora que he visto que uno puede ser santo también estando alegre quiero absolutamente y tengo, absoluta necesidad de ser santo. Dígame, pues, cómo he de conducirme para dar comienzo a esta empresa.

Alabé su propósito, pero le exhorté a que no se turbara, porque en la turbación del ánimo no se conoce la voz del Señor; antes bien, que se requería en primer lugar una constante y moderada alegría; le exhorté a perseverar en el cumplimiento de sus deberes de piedad y estudio, y que jamás dejase de tomar parte en la recreación con sus compañeros.

Le dije un día que quería obsequiarle con un regalo que fuese de su agrado, mas que era mi voluntad que hiciese él mismo la elección. El regalo que le pido -interrumpió prontamente- es que me haga santo. Quiero darme todo al Señor, al Señor para siempre; siento verdadera necesidad de hacerme santo; y, si no me hago santo, nada hago. Dios quiere que sea santo, y yo he de hacerme tal.

En otra ocasión en que el director quería dar una muestra de especial afecto a los jóvenes de la casa, les concedió que pidieran, por medio de un papel, cualquier cosa que estuviese a su alcance. Ya puede el lector imaginar fácilmente las ridículas y extravagantes peticiones de unos y otros. Domingo, tomando un papel, escribió estas solas palabras:
-Pido que usted salve mi alma y me haga santo.

Un día estaba explicando la etimología de algunas palabras. El preguntó:
-Domingo, ¿qué significa?

Le contestaron:
Domingo quiere decir del Señor.
-Vea usted- añadió al punto- sí tengo razón al decirle que me haga santo; hasta el nombre dice que yo soy del Señor; luego yo debo y quiero ser santo, y no seré feliz mientras no lo sea.

El deseo ardiente que mostraba de ser santo no provenía de que no llevase una vida verdaderamente santa, sino que decía esto porque quería hacer rigurosas penitencias y estar largas horas en oración, lo que el director le tenía prohibido por no poderlo soportar su edad ni su salud, ni tampoco sus ocupaciones.

Don Bosco dedica un capítulo entero para hablar del efecto producido por una plática en el ánimo de Domingo Savio. La plática tuvo lugar seis meses después de su entrada en el Oratorio; fue, pues, entre marzo y abril de 1855.

De los tres puntos de plática, el primero y el tercero son doctrinales; en cambio, el segundo es enteramente de un Don Bosco que habla a los jóvenes. Y para quien conoce a Don Bosco es evidente que no podía faltar el toquecito de la alegría, el «servid al Señor en santa alegría», de que habla en el prefacio de El joven cristiano. Por lo demás, ya a ello alude el mismo Domingo cuando dice que ha comprendido que también es posible hacerse santo estando alegres. En este caso, la alegría de Don Bosco nada tiene que ver con la manga ancha; es una alegría que excluye la tristeza; aquella tristeza de la que se ha dicho que «un santo triste es un triste santo». La lección que se desprende del último párrafo exclarece bien la idea de Don Bosco, que excluía los medios rígidos y extenuantes y apelaba a los que eran «compatibles con su edad, su salud y sus ocupaciones». La ansiedad de Domingo nacía de que quería los primeros en lugar de los segundos.

Entretanto, con aquella idea en la cabeza, iba pensativo y se mantenía apartado. No era, sin embargo, melancolía; lo demostró en la segunda respuesta que dio a Don Bosco cuando le preguntó si sufría algún malestar: «Al contrario, respondió, sufro un bienestar». No se rió, no, Don Bosco, como tal vez lo hubiese hecho algún otro, que le hubiera dicho quizá que no se preocupara, sino que le exhortó de la única manera que podía hacerlo un santo, maestro de santidad.

La ocasión de que se habla hacía el fin del capítulo fue la fiesta de San Juan Bautista (24 junio 1855), en la que celebraba Don Bosco su fiesta onomástica, si bien su santo era propiamente por San Juan Evangelista.


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