El Peral

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

El frío de los Alpes me endureció. Mis raíces se hicieron profundas. Gracias a ellas soportaba las embestidas del viento en invierno, me nutría en primavera y ofrecía el prodigio de mis frutos en otoño.

Recuerdo que era primavera en I’Becchi. Yo andaba, como todos los perales, preocupado por acicalarme con flores blancas y rosadas. No quería perder ritmo en la sinfonía de color que los árboles interpretamos cada primavera.

De pronto llegó aquel muchacho. Observó mi tronco gris. Se encaramó por él y lo rodeó con una soga de cáñamo. Lo observé atónito desde mi altura. Habitualmente los niños tan sólo se acercan a mí para coger las peras de mis ramas. Luego tensó la cuerda y anudó el otro extremo a un viejo olmo, amigo y compañero, que creía a escasos metros.

Mis verdes hojas y mis flores se estremecieron al ver al chiquillo trepar sobre mí hasta que sus pies quedaron a la altura de la cuerda. Se quedó inmóvil sobre ella. Respiró hondo. Extendió sus brazos en cruz, tal como hacen los titiriteros de las ferias. Echó a andar. Pero, al tercer paso, cayó al suelo. Se levantó dolorido, a pesar de que la hierba del prado hizo todo lo posible para amortiguar el golpe. Yo supuse que, tras aquel primer batacazo, iba a renunciar a sus pretensiones de titiritero. Pero estaba muy equivocado. Regresó a la altura. Imaginó nuevamente que la cuerda era un sendero.

Perdió el equilibrio muchas veces, pero el tesón de aquel muchacho era más fuerte que el dolor que le producían las caídas. Varias semanas después, sus pies menudos habían aprendido el arte de caminar sobre la cuerda. Saltimbanqui de la alegría, confiaba en transitar por la delgada cuerda que va de la tristeza al gozo.

Lo mejor vino el domingo. Los habitantes de la aldea se congregaron junto a mí. El niño invitó a todos a rezar. Terminadas las oraciones, trepó por mi tronco hasta que sus pies alcanzaron la altura de la soga… y comenzó el espectáculo. Los músculos en tensión y la mirada hacia delante, como los equilibristas profesionales. Deambuló, saltó y bailó sobre la cuerda sin caer. Todos aplaudieron.

Yo, que había contemplado el dolor de tantas caídas, fui testigo de la gloria primera de aquel muchacho. Junto a mis ramas en flor aprendió a ejecutar los más difíciles equilibrios de la vida. Aprendió a transitar el camino que conduce del sufrimiento al gozo. Realizó grandes obras sin perder la humildad. Soñó un mundo nuevo para todos los jóvenes sin olvidar la realidad de sus chicos en Turín. Trabajó como si todo dependiera de él, pero sin olvidar a Dios.

Nota: Don Bosco narra que cuando tenía 11 años, ya entretenía a los aldeanos de I’Becchi: <<ataba al peral del prado una cuerda que anudaba en otro árbol… andaba sobre la cuerda como por un sendero; saltaba, bailaba como un titiritero profesional…>>. Memorias del Oratorio. Década primera.

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