Capítulo 09: Estudia latín. Anécdotas. Su conducta en clase. Impide un desafío. Evita un peligro

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioHabía estudiado Domingo los principios de la gramática latina en Mondonio, por lo que, con su asidua aplicación al estudio y su capacidad no común, pudo en breve tiempo pasar a la clase cuarta, o, como decimos hoy, a la segunda de gramática latina. Cursó esta clase en la escuela del benemérito profesor señor José Bonzanino, pues en aquel entonces no se habían establecido aún en el Oratorio los estudios de enseñanza media, como lo están al presente.

Debería exponer aquí, también con las palabras de sus maestros, cuál era su conducta, su adelanto y su buen ejemplo; mas me limitaré a referir algunas cosas que en este año y en los dos siguientes fueron notadas con particular admiración por los que le conocieron.

El profesor Bonzanino, más de una vez, hubo de decir que no recordaba haber tenido alumno más atento, más dócil, más respetuoso que Savio; porque era en todo un modelo: en el vestido y en el peinado no tenía ninguna afectación, pero en su modesto traje y en su humilde condición se presentaba siempre aseado, bien educado y cortés, de modo que hasta los compañeros de buena educación social e incluso de la nobleza, que en buen número iban a aquella escuela, se alegraban mucho de poder tratar con Domingo, no sólo por su ciencia y piedad, sino también por sus finos modales y agradable trato. Y si el profesor veía a un alumno hablador, le ponía al lado de Domingo, el cual se daba traza para inducirle al silencio, al estudio y al cumplimiento de sus deberes.

En. el curso de este año, la vida de Domingo Savio nos presenta un rasgo que raya en heroico y que apenas parece creíble en tan juvenil edad.

Dos de sus condiscípulos llegaron a pelearse muy peligrosamente; comenzó la disensión por unas palabras que mutuamente se dijeron, ofensivas para sus familias; a los insultos se siguieron las villanías y, por fin, se desafiaron a hacer valer sus razones a pedradas. Domingo llegó a descubrir aquella discordia, mas ¿cómo podía impedirla, siendo los dos rivales mayores que él en fuerza y edad? Trató de persuadirles a que desistieran de su propósito, advirtiéndoles a ambos que la venganza es contraria a la razón y a la santa ley de Dios; escribió cartas a uno y a otro; los amenazó con referir el caso al profesor y a sus padres; pero en vano: estaban sus ánimos de tal suerte exaltados que desoían cualquier buen consejo. Además del peligro de causarse daño, ofendían gravemente a Dios. Domingo estaba sumamente intranquilo; deseaba evitar el mal y no sabía cómo; pero Dios le inspiró el medio. Los esperó al salir de la escuela, y así que pudo hablar aparte a cada uno, les dijo:
-Puesto que persistís en vuestro bárbaro empeño, os ruego que aceptéis al menos una condición.
-La aceptamos -respondieron-con tal que no impida el desafío.
-Es un bribón -replicó al punto uno de ellos.
-Yo no haré las paces -replicó el otro- hasta haberle abierto la cabeza.

Domingo temblaba al oír tan brutal altercado; con todo, deseando impedir mayores males, se contuvo y dijo:
-La condición que voy a poner no impedirá el desafío.
-¿Cuál es?
-Prefiero decírosla allá; en el punto mismo donde os queréis batir a pedradas.
-Tú te chanceas y tratas de ponernos algún estorbo.
-Iré con vosotros y no os engañaré; estad seguros.
-Tal vez querrás ir para llamar a algunos.
-Debería hacerlo, mas no lo haré. Vamos, iré con vosotros; cumplid tan sólo vuestra palabra.

Se lo prometieron, y se encaminaron a los llamados prados de la ciudadela fuera de la puerta Susa. El odio de los contendientes era tal, que a duras penas pudo impedir Domingo que viniesen a las manos durante el corto camino que habían de andar. Llegados al lugar destinado, Domingo hizo lo que nadie jamás hubiera imaginado. Les dejó que se pusieran a cierta distancia; y ya tenían las piedras en las manos cuando les habló así:
-Antes de que empecéis el desafío, quiero que cumpláis la condición que habéis aceptado.

Y diciendo esto, sacó un pequeño crucifijo que llevaba al cuello y, levantándolo en alto con una mano, dijo:
-Quiero que ambos fijéis vuestra mirada en este crucifijo y arrojando luego una piedra contra mí, digáis en voz alta y clara estas palabras: «Jesucristo, inocente, murió perdonando a los que le crucificaron, y yo, pecador, quiero ofenderle y vengarme bárbaramente».

Dicho esto, fue y se arrodilló ante el que se mostraba más enfurecido, diciéndole:
-Descarga sobre mí el primer golpe. Tírame una fuerte pedrada a la cabeza.

Este, que no esperaba tal propuesta, comenzó a temblar.
-No -contestó, jamás; yo nada tengo contra ti; si alguien se atreviese a ultrajarte, yo te defendería.

Apenas Domingo oyó esto, fuese al otro y le repitió las mismas razones. También él, desconcertado, comenzó a temblar, diciéndole que era su amigo y que no le haría daño alguno. Domingo entonces se puso en pie y, con semblante severo y conmovido, les dijo:
-¿Cómo es que estáis los dos dispuestos a arrostrar un grave peligro en favor mío, aunque soy miserable criatura, y para salvar vuestras almas, que cuestan la sangre del Salvador, y a quien vais a perder con este pecado, no sabéis perdonaros un insulto y una injuria hecha en la escuela?

Dicho esto, calló y conservó levantado el crucifijo Ante este espectáculo de caridad y de valor, los dos compañeros se dieron por vencidos.

«En aquel momento, asegura uno de ellos, me sentí enternecido. Un escalofrío corrió por mis miembros, y me llené de vergüenza por haber obligado a tan buen amigo a usar medios tan extremos para impedir nuestro malvado intento. Queriéndole dar al menos una señal de agradecimiento, perdoné de todo corazón al que me había ofendido y rogué a Domingo que me indicara algún paciente y caritativo sacerdote a quien acusar mi falta. De ese modo, después de ser nuevamente amigo suyo, me reconcilié con el Señor, a quien con el odio y el deseo de venganza había ofendido gravemente».

Ejemplo es éste muy digno de ser imitado por los jóvenes cristianos siempre que les ocurra ver a sus prójimos dispuestos a tomar venganza, o cuando sean por otros, de algún modo, ofendidos o injuriados. Pero lo que en esta acción honra singularmente la conducta y la caridad de Domingo es el silencio que supo guardar acerca de lo sucedido; pues todo se hubiera ignorado si los mismos que tomaron parte en el hecho no lo hubiesen narrado repetidas veces. La ida y vuelta de clase, cosa tan peligrosa para los chicos que de las aldeas van a las grandes ciudades, fue para nuestro Domingo un verdadero ejercicio de virtud. Constante en cumplir las órdenes de los superiores, iba a la escuela y volvía a casa sin escuchar ni mirar nada que fuese inconveniente para un joven cristiano. Si veía a alguno detenerse, correr, saltar, tirar piedras o pasar por donde no estaba permitido, al punto se alejaba de él.

Un día fue invitado a dar un paseo sin permiso; otra vez le aconsejaron que dejara la clase y fuera a divertirse; mas él supo siempre contestar con una negativa.

-Mi mejor diversión -les respondía- es el cumplimiento de mis deberes; y, si sois verdaderos amigos míos, debéis exhortarme a cumplirlos con exactitud y nunca descuidarlos.

Con todo, tuvo la desgracia de tener compañeros tales y que tanto le molestaron, que a punto estuvo de caer en los lazos que le tendían. Había ya resuelto cierto día irse con ellos y dejar la clase; pero, a poco de andar, reflexionó, comprendió que seguía un mal consejo, y con gran remordimiento dijo a sus perversos consejeros:
-Amigos, el deber me impone que vaya a clase, y quiero ir; no hagamos cosas que desagraden a Dios y a nuestras superiores. Estoy arrepentido de lo que he hecho; si me dais otra vez consejos como éste, dejaréis de ser mis amigos.

Aquellos jóvenes, escuchando el aviso de Domingo, fueron con él a clase y, en lo sucesivo, jamás pensaron en apartarle del cumplimiento de sus deberes.

Al terminar el año, Domingo mereció ser contado entre los sobresalientes por su conducta y aplicación y pasar a la clase superior. Pero a principio del tercer año de gramática, como se hallase su salud algo quebrantada, se juzgó más conveniente hacerle seguir el curso privadamente en la casa del Oratorio, para poderle prestar los debidos cuidados tanto en el descanso como en el estudio y en el recreo. En el año de humanidades, o primero, de retórica, fue enviado a las clases del benemérito profesor don Mateo Picco. Este profesor había oído hablar varias veces de las bellas cualidades que adornaban a Domingo; así es que, de buen grado, lo recibió gratuitamente en su clase, que era considerada como una de las mejores entre las aprobadas en nuestra ciudad.

Muchas son las cosas edificantes dichas y hechas por Domingo durante este nuevo curso, y las iré exponiendo a medida que narre los hechos que con ella guardan relación.

Es digno de notar que el santo biógrafo, al delinear el desarrollo de la santidad de Domingo, narrando sus virtuosas acciones, arranca no, por ejemplo, de la piedad, sino del cumplimiento de sus deberes. Con este concepto comienza y cierra el capítulo.

Naturalmente que en el pensamiento de Don Bosco era no un cumplimiento cualquiera del deber, sino el cumplimiento cristiano y, por lo mismo, animado del amor habitual a Dios. Esto, que más o menos va implícito en todo el relato, lo declaran explícitamente los testigos, dos de los cuales merecen ser preferentemente citados como los más autorizados, a saber: don Rúa y el Card. Cagliero. Afirma el primero (SP 312): «Cumplía diligentemente sus deberes por amor de Dios. Estudiaba diligentemente por deber de conciencia, sin tener por mira el aventajar a sus compañeros». Dice el segundo (SP 193): «Puedo afirmar que el amor de Dios ocupaba todos sus pensamientos, afectos y actos de su corazón. Su único temor era el ofender a Dios». Precisamente el cumplimiento del deber así entendido fue el fundamento de la ascética de San Juan Bosco. Cuanto podía en Domingo el amor de Dios queda magníficamente demostrado en el hecho que llena casi el capítulo, el hecho más heroico de su vida. Tiene razón Caviglia (103) al considerarlo como «un hecho tal vez único en la historia de la santidad juvenil».

Sobre este hecho aseguraba Don Bosco que había sabido los detalles de uno de los contendientes. Cinco testigos dan fe del dramático episodio en el proceso, pero sin nombrar a los actores, cuyos nombres, indudablemente, conocían; y, en cuanto al silencio atribuido al protagonista, encontramos una confirmación en el testimonio de Mons. Anfossi, quien asegura que conoció en seguida el hecho «porque lo sabía toda la clase», no porque lo dijera él, «que callaba cuantas obras buenas hacía».

Y volviendo al ejemplar cumplimiento de sus deberes, en el año de la cuarta gimnasial, el mismo Anfossi refiere las siguientes palabras que mucho tiempo después le dijo el conde Bosco de Ruffino, uno de los nobles con quienes alternaban en aquella escuela externa los humildes hijos de Don Bosco (SP 77): «Recuerdo todavía el sitio que ocupaba Savio en la clase y cuántas veces, volviendo a él los ojos, me sentía animado a cumplir con mis deberes y a prestar atención a las explicaciones del profesor.

* * *

He aquí una carta escrita desde el Oratorio, después de haber pasado unos días de vacaciones en su casa. Lleva la fecha del 6 de septiembre de 1855:

«Querido padre: Tengo una noticia muy interesante que comunicarle. Pero antes voy a hablarle de mi salud.

Gracias a Dios, hasta el presente me he encontrado perfectamente, y ahora también me encuentro en buena salud; espero que ocurra lo mismo con usted y con toda la familia. Mis estudios van viento en popa, Don Bosco está cada día más contento de mí.

La noticia es que, habiendo podido estar una hora a solas con Don Bosco (hasta la fecha no había llegado a estar más de diez minutos a solas con él), le hablé de muchas cosas, entre otras de una asociación para asegurarnos contra el cólera; él me dijo que estaba apenas empezando y que, de no ser por el frío a punto de llegar, constituiría un gran desastre. También yo me he inscrito, ya que los compromisos se reducen únicamente a oraciones.

Le hablé también de mí hermana, como usted me lo encargó, y me dijo que se la presente usted cuando él vaya a I Becchi para la fiesta del Rosario; así podrá hacerse cargo de su capacidad para los estudios y de sus cualidades, a fin de concertar con usted lo que convenga hacer. Nada más, sino saludarle a usted y a toda la familia, y a mi maestro don Cugliero, y también a Andrés Robino y a mi amigo Domingo Savio de Ranello.

Un abrazo de su amantísimo hijo, DOMINGO SAVIO.

* * *

Don Bonetti declaró (SP 467-469) que durante el curso 1856-1857 recibió el encargo de tomar las lecciones de diez condiscípulos suyos más jóvenes, entre ellos de Domingo. Este se adelantaba en darlas, cosa que hacía a la perfección, pero Bonetti no tomaba nota en seguida, sino que lo dejaba para más adelante y ponía la calificación a la buena. Domingo Savio se le quejó amablemente una vez en particular; lo hizo por el temor de que al conocer sus compañeros aquellas calificaciones menos buenas pudiesen tomar mal ejemplo.


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