El Establo

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

Durante las largas tardes de invierno yo era el lugar más apreciado de la casa. El calor de la vaca y el ternero me convertían en espacio acogedor, a pesar del persistente olor a estiércol y de las incómodas pulgas, de las que nunca logré librarme.

Pero yo añoraba espacios abiertos. Entre mis muros de establo se apretujaban dos animales grandes, un tronco vacío convertido en pesebre, haces de heno, varios cedazos redondos colgados en las paredes y horcas polvorientas aguardando el tiempo de aventar la parva tras la trilla. Como nadie está contengo con su suerte, me hubiera gustado poder encaramarme a las colinas para otear el horizonte.

Mis nostalgias desaparecieron cuando aquel chiquillo inició sus reuniones en mi interior. Su voz, todavía de niño, tenía la fuerza y los matices necesarios para hacer añicos los muros que oprimían mis ansias de libertad… Sus palabras abrían ventanas a la fantasía.

Aunque soy un humilde establo, escuchando las narraciones de Juanito Bosco he sido testigo de la refinada vida cortesana de los Pares de Francia; he presenciado las duras batallas que sostuvo Carlomagno contra el terrible Fierabrás, rey de Alejandría; he recuperado la libertad de manos de Floripes, la princesa oriental más bella que uno pueda imaginar.

En ocasiones me saltaron las lágrimas de tanto reír al escuchar, de labios de aquel muchacho, las astucias y los ingenios del rústico Bertoldo y de su hijo Bertoldino. Así aprendí que hay un tiempo para llorar y otro para reír.

Pero un día él no regresó a la cita de cada invierno. Cesó su presencia. Enmudecieron las palabras. Me dijeron que quería ser sacerdote y había marchado a la ciudad de Chieri para estudiar.

Desde que él partió, mis inviernos son más largos. El viento helado se cuela por las rendijas de mi desvencijada puerta.  Añoro aquellas historias que ponían latidos de vida a mi miseria. Desde que cesó la magia de sus relatos y leyendas, mis muros dejaron de ser amplios ventanales por los cuales contemplar paisajes grandiosos habitados por personajes magníficos. He regresado al silencio triste de las cosas. He vuelto a ser un pobre establo.

Hace poco escuché decir que Juan Bosco continúa contando historias y abriendo de par en par las puertas de la esperanza a quienes tienen la suerte de escucharlo. Nadie como él sabía hacer realidad los sueños que construía con sus relatos.

Yo lo sigo esperando, despierto y en pie. Porque cuando él regrese, llenará de vida mi triste soledad de establo. Me quitará las telarañas de la desesperanza.

Mientras retorna, hago memoria de su voz. Porque sus palabras tienen una fuerza capaz de transformar mis paredes desconchadas en el mejor de los palacios.

Nota: Don Bosco cuenta en las Memorias del Oratorio, siendo todavía niño, era el animador de sus convecinos de I’Becchi. Durante sus largas tardes de invierno los reunía en el establo para narrarles historias de “Los Pares de Francia” y “Las aventuras de Bertoldo y Bertoldino”

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