Capítulo 08: Su llegada al Oratorio de San Francisco de Sales. Su estilo de vida al empezar

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEs propio de la juventud, por su edad voluble, mudar a menudo de propósito y voluntad, sucediendo no pocas veces que hoy quiere una cosa y mañana otra; hoy practica una “virtud y en grado eminente y mañana todo lo contrario. De aquí que, si no hay quien vele atentamente sobre ella, acaba con pésimos resultados una educación que hubiera sido de las más brillantes y felices. No pasó esto con nuestro Domingo, pues todas las virtudes que vimos brotar y crecer en él en las primeras etapas de -su vida, aumentaron siempre maravillosamente y crecieron todas juntas, sin que una fuese en detrimento de la otra.

Apenas llegado a la casa del Oratorio, vino a mi cuarto para ponerse, como él decía, enteramente en manos de los superiores. Su vista se fijó al punto en un cartel que tenía escritas en grandes caracteres las siguientes palabras, que solía repetir San Francisco de Sales: Da mihi animas, caetera tolle. Se puso a leerlas atentamente, y como yo deseaba mucho que entendiera lo que significaban, le indiqué o, mejor, le ayudé a comprender el sentido: ¡Oh Señor! Dame almas, y llévate lo demás.

Reflexionó Domingo un momento y luego añadió: “Ya entiendo; aquí no se trata de hacer negocio con dinero, sino de salvar almas; yo espero que también la mía entrará en este comercio”.

Su método de vida fue, por algún tiempo, el ordinario, y no se veía en él otra cosa que la observancia perfecta del reglamento de la casa, se aplicaba con empeño al estudio, atendía con ardor a todos sus deberes y escuchaba con particular gusto los sermones. Tenía siempre presente que la palabra de Dios es la guía del hombre en el camino del cielo; y, por lo tanto, las máximas que oía en un sermón eran para él recuerdos indelebles que jamás olvidaba.
Toda instrucción moral, todo catecismo, todo sermón, por largo que fuera, lo oía con grandísimo placer, y, si algo no entendía bien, iba luego a una u otra persona para saber su explicación. De, aquí arrancó aquella vida ejemplarísima y aquella exactitud en el cumplimiento de sus deberes, que difícilmente pueden superarse.
Para conocer bien el reglamento del colegio, procuraba con buena maña acercarse a alguno de sus superiores; le interrogaba y le pedía luz y consejo, suplicándole que tuviese la bondad de avisarle siempre que le viese faltar a sus deberes. Ni era menos de alabar el modo de conducirse con sus compañeros. ¿Veía a alguno travieso, negligente en el cumplimiento de sus deberes o descuidado en la piedad? Domingo huía de él. ¿Veía a otro ejemplar, estudioso y diligente, alabado por: el maestro? Este era en breve el amigo íntimo de Domingo.
En la proximidad de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, el director acostumbraba a hacer cada noche una exhortación a los jóvenes Para que procurasen celebrarla de un modo digno de la excelsa Madre de Dios, insistiendo particularmente en que cada uno de ellos pidiera a esta celestial protectora aquellas gracias que sabía le eran de mayor necesidad.
Corría el año 1854; todo el mundo cristiano se hallaba en una como espiritual agitación, ya que en Roma se trataba de definir el dogma de la Inmaculada Concepción de María Nosotros también hacíamos cuanto permitía nuestra condición para celebrar esta solemnidad con decoro y con aprovechamiento espiritual de los jóvenes.
Domingo era uno de los que más ardían en deseos de celebrar el acontecimiento santamente.
Escribió, pues, nueve florecillas, o bien nueve actos de virtud, con el propósito de practicar uno cada día, sacado a suerte. Hizo con grandísimo consuelo de su alma confesión general y comulgó con el mayor recogimiento.
En la tarde de aquel día, ocho de diciembre, terminadas las funciones sagradas, fue por consejo de su confesor ante el altar de María, renovó allí las promesas hechas en su primera comunión, y repitió después muchas veces estas palabras:
-María os doy mi corazón; haced que lea siempre vuestro). Jesús y María, sed siempre mis amigos; pero, por vuestro amor, haced que muera mil veces antes que tenga la desgracia de cometer un solo pecado.
De este modo, tomando a María por sostén de su piedad, su conducta moral apareció tan edificante y adornada de tales actos de virtud, que comencé desde entonces a anotarlos- para no olvidarme de ellos.
Al llegar a este punto de la narración de la vida de Domingo, se presenta ante mí un conjunto de actos y virtudes que merece especial atención, tanto del que escribe como de quien lee; por cuya razón, y para mayor claridad, juzgo conveniente ir exponiendo las cosas, no según el orden del tiempo, sino según la analogía de los hechos que guardan entre sí especial relación o bien hacen referencia a una misma materia.
Dividiré, pues, ésta en varios capítulos, comenzando por el estudio del latín, que fue el principal motivo de su venida al Oratorio -de Valdocco.
Domingo entró en el Oratorio el 29 de octubre de 1854. Nótese cómo DB dice que vino, no al colegio, sino a la «casa del Oratorio». Gustaba él de esta expresión, porque indicaba vida de familia. Precisamente al redactar en 1854 la forma definitiva de la marcha interna, tituló aquellas reglas Primer plan de reglamento para la casa aneja al Oratorio de San Francisco de Sales.
Hay que distinguir, pues, entre el Oratorio y la casa del Oratorio. El primero era la fundación de 1846, para los externos; la otra, el pabellón adyacente, para internos. En el año escolástico 1854-1855, el número de internos era apenas de 65; pero el curso siguiente alcanzó los 153, y en el 1856-1857 fue de 199. Es el trienio, aunque no entero, de Domingo Savio.
Le acogieron al llegar, o se le unieron poco después, compañeros que en la historia de la congregación salesiana llegaron a alcanzar fama, como Rúa, Cagliero, Francesia, Bonetti, Durando y Cerruti. Los cuatro primeros vestían ya hábito talar; clérigos y alumnos formaban una sola familia, tanto que se trataban de tú. Los tres primeros y el último de los nombrados, al cabo de más de medio siglo, tuvieron que presentarse para deponer en el proceso.
Del singular empeño con que toda la casa celebró solemnemente la fiesta de la Inmaculada Concepción, que en aquel año de la definición dogmática tenía el mundo entero en «una especie de agitación espiritual», hablan los testigos; de Domingo, en particular, dice Cagliero (SP 135): «Recuerdo el júbilo grandísimo que manifestaba cuando la definición de la Inmaculada Concepción, acaecida en 1854, año de su entrada en el Oratorio, y cómo rebosaba por todas partes la emoción en aquella solemnísima fiesta cuando en el Oratorio y en todo Turín hubo una iluminación general. DB nos permitió salir, y el pequeño Domingo no cabía en sí de gozo ante esta pública demostración de piedad».
Tampoco se borró de la mente de DB la impresión que le dejó en aquella ocasión el santo joven. Veintidós años más tarde, el 28 de noviembre de 1876, vigilia de la novena de preparación de la fiesta de la Inmaculada, habló de ella a los jóvenes del Oratorio, después de las oraciones de la noche. Sus palabras las tomó por escrito uno de los oyentes. He aquí una parte de su charla (MB 12,572):
«Recuerdo todavía, como si fuera hoy, aquel rostro alegre, angelical, de Domingo Savio, tan dócil, tan bueno. Vino a verme el día de antes de la novena de la Inmaculada Concepción, y tuvo conmigo un diálogo que está escrito en su Vida, aunque bastante más breve. El diálogo fue muy largo. Dijo él:
-Yo sé que la Virgen concede gran número de gracias a quien hace bien sus novenas.
-Y tú, ¿qué quieres hacer en esta novena en honor de la Virgen? -Quisiera hacer muchas cosas.
-¿Por ejemplo … ?
-Ante todo quiero hacer una confesión general de mi vida, para tener bien preparada mi alma. Luego procuraré cumplir exactamente las florecillas que para cada día de la novena se darán en las buenas noches. Quisiera además portarme de manera que pueda cada mañana recibir la santa comunión.
-¿Y no tienes nada más?
-Sí; tengo una cosa.
-¿Cuál es?
-Quiero declararle guerra a muerte al pecado mortal.
-¿Y qué más?
-Quiero pedirle mucho, mucho, a la Stma. Virgen y al Señor que me manden antes la muerte que dejarme caer en un pecado venial contra la modestia.
Me dio a continuación un papelito en el que había escrito estos propósitos. Y mantuvo sus promesas, porque la Virgen Stma. le ayudaba».
Recordamos la afirmación del penúltimo párrafo de este capítulo, confirmado por don Rúa con estas palabras (SP 30s): «Recuerdo haber oído del mismo DB que estaba escribiendo la vida de un joven del Oratorio que aún vivía, y supe luego que era Domingo Savio». Esto recordaba don Rúa, expresando su opinión sobre la veracidad de la Vida, veracidad que, según él, «era indudable» (1. c.).


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