La jaula del Mirlo

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Don Bosco, San Juan BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Fotos: Parroquia El Espíritu Santo

Yo era una vieja jaula olvidada en el pajar de una casa campesina. Todavía recuerdo aquella mañana de primavera. Unas manos pequeñas me sacaron del letargo en el que vivía. Un niño me limpió cuidadosamente. Arregló mis barrotes deteriorados. Afianzó mi portezuela con un cordel nuevo.

Y se hizo el milagro: mi silencio de jaula abandonada se llenó con la vida de un pequeño mirlo que revoloteaba dentro de mí.

El mirlo que habitaba mi interior se habituó pronto a la estrechez de mi espacio.

Yo me esforzaba para hacerle agradable el cautiverio. Juanito Bosco, que así se llamaba el niño, mimaba al pájaro. Lo animaba con silbidos para que su canto se elevara fuerte y melodioso. De tanto en tanto, le traía pequeñas frutas silvestres, trigos y lombrices.

El mirlo se acostumbró a vivir su existencia como una fiesta. Pregonero de la alegría, iniciaba el canto con los primeros rayos del sol. Animado por su joven dueño, sus gorjeos ganaron en matices. Era la admiración de cuantos habitaban las viviendas campesinas del caserío de I’Becchi.

La desgracia llegó una tarde de verano. Dormitaba la naturaleza bajo el sol. De pronto, el mirlo comenzó a revolotear golpeándose angustiado contra mis barrotes. Abrí mis ojos de jaula. Sentí su aliento. Me paralizó el terror. Un gato enorme, con gesto certero, extendió su pata hacia mi interior. Sacó las uñas. Zarandeó mi cuerpo. Me empujó con violencia. Rodé por el suelo. Intenté hacer espesos mis barrotes, pero mis esfuerzos fueron inútiles. El gato consiguió alargar su zarpa y alcanzar mortalmente al pájaro.

Así fue cómo el mirlo se convirtió en un amasijo de plumas sanguinolentas y sin vida.

Regresó Juanito con la sonrisa en sus labios. Al verme, comprendió enseguida lo que había pasado. No gritó, ni dijo nada… sus ojos se llenaron de lágrimas. Su impotencia se transformó en dolor.

Hoy tan sólo soy una jaula vieja y oxidada. Me he repetido cientos de veces que no fue culpa mía, que son cosas que pasan, que el dolor destroza las ilusiones…con esfuerzo, he conseguido un poco de paz en mi interior.

Durante largo tiempo me preocupó que Juanito aprendiera tan pronto que las cosas que nos son queridas pueden desvanecerse en un instante. Era tan sólo un niño. Pero últimamente le veo vestirse de sonrisas cada domingo. Traza un arco iris de juegos y fiestas ante sus amigos y vecinos para enseñarles el camino de la felicidad. Desde mis barrotes oxidados y enmohecidos, le miro y sonrío. Más allá de las penas, que ambos compartimos, ha vuelto a ser el heraldo de la alegría.

Nota: Cuando Juan Bosco tenía 10 años, se encariñó con un mirlo al que mimaba y enseñaba a cantar. Un gato terminó con la vida del pájaro. Juan aprendió a no poner el corazón en las cosas. (Memorias biográficas. Tomo I, p. 111)

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