27 de agosto: Santa Mónica

Santa Mónica,
Madre de San Agustín.

Nació en Argelia, en el año 331. Sus padres no eran muy ricos, pero vivían bien. Educaron a Mónica en las buenas costumbres cristianas. Una vieja criada que tenían en casa contribuyó mucho a esa buena educación. La criada le enseñó a hacer sacrificios a Dios y a ofrecerle los trabajos y obligaciones de cada día.Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo, Santo del Día, Santoral Diario

A los veinte años se casó con Patricio, un empleado de la ciudad. Mónica, aunque no tuvo nada que ver en la elección de su esposo, empezó a quererlo mucho. Patricio quería también a Mónica, pero como tenía un carácter difícil, a veces se enfadaba mucho y reñía a su esposa de mala manera. Mónica aguantaba todo con gran paciencia y le decía a Patricio que no debía tomar esos enfados tan grandes. La paciencia logró su triunfo y, poco a poco, el marido fue cambiando hasta volverse dulce y cariñoso siempre. Al final de su vida se convirtió y se hizo cristiano, recibiendo el bautismo en el año 369.

Tuvieron tres hijos: Agustín, Navigio y una chicha. Navigio y su hermana se casaron y tuvieron hijos, algunos de los cuales entraron como monjes y monjas en los monasterios de Tagaste. También se hizo monja la hermana cuando se murió su marido.

Estos dos hijos no causaron ningún problema a Mónica. En cambio, su hijo Agustín sí que fue una gran preocupación para la madre. Ella veía cómo su hijo andaba por la vida un tanto perdido. No era cristiano y no conocía a Jesús, a quien tanto quería su madre.

Mónica rezaba todos los días por su hijo Agustín, lloraba ante el Señor para que su hijo fuese un buen cristiano. Un día Agustín se fue de casa. Al cabo de un tiempo, la madre se enteró de que estaba en Milán y allá que se fue para estar con él. Agustín la recibió muy bien y la hizo vivir con él. Mónica se encargaba de atender en la casa, a su hijo y a sus amigos. Todos quedaban encantados de la amabilidad y el cariño que la madre ponía en todos.

Mientras tanto, Agustín iba frecuentemente a la catedral a oír los sermones de San Ambrosio. Las explicaciones del santo y las lágrimas y oraciones de la madre convencieron a Agustín, que se convirtió al Señor, pidió el bautismo y comenzó a ser un magnífico cristiano.

Mónica podía ya morir tranquila, su gran deseo se había cumplido: su hijo era hijo de Dios. Y decidió volver a su tierra con Agustín. Pero cuando estaba ya en el puerto de Roma para emprender el viaje se puso muy enferma y murió. Era el año 387. Tenía 56 años.

Texto: Parroquia El Espíritu Santo / Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo


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