El granero

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesianos, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: José Joaquín Gómez Palacios
Fotos: Parroquia El Espíritu Santo

Soy el granero de la casita de I Becchi. Nací pequeño y humilde; siempre dispuesto a ofrecer lo mejor de mí mismo. Estaba formado por tres compartimientos. El más grande para las mazorcas de maíz; los otros dos, para el trigo y la cebada.

Los graneros aprendemos desde pequeños la única lección que guía nuestra existencia: dar y recibir. Hacia el final del verano recogemos en nuestro interior el milagro de la cosecha. Durante el invierno ofrecemos el grano, anticipo de hogazas compartidas.

Siempre cumplí mi misión… hasta que sobrevinieron aquellos años de terrible escacez, “el tiempo del gran miedo”. Todas las cosechas se malograron a causa de unos inviernos de fuertes heladas y unos veranos de atroces sequías.

Mis reservas disminuían. Al principio tan sólo lo notó Mamá Margarita. Su preocupación se transformó en temor. Hacía pocos meses que había quedado viuda. La responsabilidad la abrumaba. Cuando comprobó que no quedaba ni trigo, ni cebada, ni maíz, su miedo se convirtió en angustia. ¿Cómo alimentar a sus pequeños y a la abuela? Mi fortaleza se debilitó. Temblaba al escuchar historias de gentes muestras de hambre por los caminos.

Aunque me esforcé por ser un granero responsable, un día aciago Mamá Margarita tuvo que barrer mi rugoso suelo para hacer acopio del último puñado de trigo. Decepcionado de mí mismo, deseé mi final. Un granero vacío no merece vivir. Decepcionado de mí mismo, deseé mi final. Un granero vacío no merece vivir. Perdí la noció del tiempo. Los sonidos se tornaron lejanos. Mi último recuerdo fueron las voces de Antonio, José y Juan, los hijos de Mamá Margarita, que suplicaban un poco de pan entre sollozos. Luego, el silencio oscuro del hambre.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que regresé a la luz. Al principio creí que el milagro se debía a los cuatro sacos de trigo que, comprado por Mamá Margarita a precio de oro, llenaban nuevamente mis paredes vacías. Pero lo que realmente me devolvió a la vida fueron las palabras que Mamá Margarita repitió a sus hijos como una oración: “Vuestro padre me dijo antes de morir que confiara en Dios, que rezara y tuviera coraje. En casos extremos, remedios extremos”.

Han pasado muchos años. Aunque sigo siendo un humilde granero, aquella frase todavía resuena en mí. Y es que Juan Bosco, ahora sacerdote, se la repite cada otoño a los chicos pobres de Turín que trae de excursión a I Becchi. Ambos aprendimos de Mamá Margarita que la fe en Dios, la valentía y el trabajo incansable renuevan diariamente el milagro de un granero lleno de pan para los hijos. El mismo prodigio que Don Bosco repite cada día para los chicos pobres de Turín que acoge en su Oratorio.

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