La “casita” de I Becchi

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoTexto: Las Cosas de Don Bosco
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

A pesar de mis doscientos años de vida, me llaman la “casita” de Don Bosco. En diminutivo. Por mi condición natural debería haberme derrumbado hace mucho tiempo. Todos creen que me mantengo en pie gracias a las rehabilitaciones practicadas sobre mis muros. Pero lo cierto es que cada mañana me pido a mí misma e esfuerzo de mantenerme erguida en señal de fidelidad a quienes me habitaron. Ese es mi secreto.

Formé parte de los sueños de Francisco y Margarita, los padres de Juan Bosco. Me compraron con la ilusión puesta en el futuro. Francisco me arregló por fuera; Margarita vistió de ternura mi interior. Ellos dos y sus tres hijos fueron corazón y latido de mis muros.

Cuando Francisco murió a causa de una pulmonía, pensé que todo había terminado. Yn temor, gélido como el viento del invierno, comenzó a socavar mis cimientos… cerré mis ojos temiendo lo peor. Me vi arrumbada y en ruinas. Pero estaba equivocada. Mamá Margarita, con la confianza puesta en Dios y con su trabajo infatiggable, no sólo mantuvo en pie mis paredes, sino que les otorgó larga vida. Gracias a ella todavía puedo seguir oteando las suavez colinas que me rodean.

Últimamente añoro un poco de silencio. Hasta mí llegan diariamente cientos de visitantes de todas las partes del mundo. Se acercan con la obsesión de fotografiarme.

Voy a ser sincera. Estoy cansada de que tan sólo se fijen en mis ladrillos; la parte más pobre y miserable de mi existencia. Estoy harta de escuchar palabras de compasión sobre aquellas personas a las que tuve el honor de albergar.

Cuánto me gustaría gritar a los visitantes la fortaleza de Mamá Margarita… y recordarles el coraje de aquella buena mujer por sacar adelante a su familia. Ella sola fue capaz de hacer de mis pobres paredes una casa común y compartida: una familia.

Cuánto me gustaría hablarles de las lecciones que Mamá Margarita ofreció a sus hijos para que aprendieran a endurecerse en la vida sin perder la ternura… Todavía conservo el recuerdo de su solidaridad, capaz de compartir la escaza harina de maíz con los vecinos más necesitados del caserío. Y su fe recia convertida en acogida sincera.

En mi vacío pajar aún resuena el eco de las narraciones que Juanito Bosco contaba a sus amigos; cultura sencilla para los niños campesinos.

Todos los visitantes me fotografían y marcha aprisa repitiendo con voz quejumbrosa: “Qué pobre fue la infancia de Don Bosco…” ¡Ya quisieran ellos tener en sus casas un poco del calor de familia y hogar que yo tuve… y que aún flora en mí cuando tengo un poco de sosiego para recordar!

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