Don Bosco hace su Primera Comunion

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesianos, San Juan Bosco, Don BoscoCiudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Memorias del Oratorio / Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

Mira como el propio Don Bosco nos narra como fue su preparación y Primera Comunión:

A la edad de once años fui admitido a la primera comunión. Me sabía entero el catecismo, pero de ordinario, ninguno era admitido a la primera comunión, si no tenía doce años. Además, a mí, dada la distancia (unos 5 Km.), no me conocía el párroco y me debía limitar exclusivamente a la instrucción religiosa de mi buena madre. Y como no quería que siguiera creciendo sin realizar este gran acto de nuestra santa religión, ella misma se las arregló para prepararme como mejor pudo y supo.

Me envió al catecismo todos los días de cuaresma. Después fui examinado y aprobado, y se fijó el día en que todos los niños debían cumplir con pascua (26 de marzo de 1826). Era imposible evitar la distracción en medio de la multitud. Mi madre procuró acompañarme varios días. Durante la cuaresma, me había ayudado a confesarme tres veces.

-Juanín -me repitió varias veces-, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepararte bien, confesarte y no callar nada en la confesión. Confiésalo todo, arrepentido de todo, y promete a nuestro Señor ser mejor en lo porvenir.

Todo lo prometí. Si después he sido fiel, Dios lo sabe. En casa me hacía rezar, leer un libro devoto y me daba además aquellos consejos que una madre ingeniosa tiene siempre a punto para bien de sus hijos.

Aquella mañana no me dejó hablar con nadie. Me acompañó a la sagrada mesa e hizo conmigo la preparación y acción de gracias, que el vicario, de nombre don José Sismondo, dirigía alternando con todos en alta voz. No quiso que durante aquel día me ocupase en ningún trabajo material, sino que lo empleara en leer y en rezar.

Entre otras muchas cosas, me repitió mi madre muchas veces estas palabras: “Querido hijo mío: éste es un día muy grande para ti. Estoy persuadida de que Dios ha tomado verdadera posesión de tu corazón. Prométele que harás cuanto puedas para conservarte bueno hasta el fin de la vida. En lo sucesivo, comulga con frecuencia, pero guárdate bien de hacer sacrilegios. Dilo todo en confesión; sé siempre obediente; ve de buen grado al catecismo y a los sermones; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones”.

Recordé los avisos de mi buena madre y procuré ponerlos en práctica. Me parece que desde aquel día hubo alguna mejora en mi vida, sobre todo en la obediencia y en la sumisión a los demás, que al principio me costaba mucho, ya que siempre quería oponer mis pueriles objeciones a cualquier mandato o consejo. Me apenaba la falta de una iglesia o capilla adonde ir a rezar y a cantar con mis compañeros. Para oír un sermón o para ir al catecismo tenía que andar cerca de diez kilómetros entre ida y vuelta a Castelnuovo o a la aldea de Buttigliera. Por eso mis coterráneos venían gustosos a oír mis «sermones de saltimbanqui».

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