La última hora de vida de Domingo Savio

Parroquia El Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioTexto: Parroquia El Espíritu Santo
Ilustración: Parroquia El Espíritu Santo

9:00 p.m.

Domingo recibió la última visita del párroco, el cual, viéndolo con tanta tranquilidad, y oyéndole encomendarse a Dios con tanta devoción, exclamó: <<¿Qué más se le puede decir a un joven así para que se prepare a la muerte? Está perfectamente preparado para partir a la eternidad>>.

Padre – le dijo Domingo – ¿antes de partir quiere dejarme algún recuerdo?
El recuerdo que te dejo es: que pienses en la Pasión y Muerte de Jesucristo.
Sí, padre: que la Pasión de Jesucristo esté siempre en mi corazón, en mi mente y en mi boca. ¡Gracias a Dios! Jesús, José y María: expire en vuestros brazos y en paz el alma mía.

9:30 p.m.

Domingo llama a su papá a la habitación.

Aquí estoy hijo mío, ¿qué necesitas?
Papá, ha llegado la hora. ¿Quiere leerme las oraciones de los agonizantes?

La mamá sale llorando inconsolable. El papá siente que el corazón se le parte de dolor, y las lágrimas ahogan su voz. Sin embargo, tomó ánimos y empezó a leerle con toda devoción: <<Señor, cuando mis ojos se nublen por la cercanía de la muerte: Jesús misericordioso tened compasión de mí. Cuando mis oídos prontos a cerrarse para siempre oigan por última vez la voz de la oración: Jesús misericordioso, tened compasión de mí. Cuando mis labios fríos ante la cercanía de la muerte pronuncien por última vez vuestro adorable nombre: Jesús misericordioso, tened compasión de mí…>>.

Y cuando el papá llegó a aquella última oración que dice: <<Finalmente, cuando mi alma comparezca ante Vos, y vea por primera vez el esplendor de vuestra majestad, dignaos recibirme para que cante eternamente vuestras misericordias>>, Domingo exclamó: <<Sí, que felicidad, cantar eternamente las misericordias del Señor>>. Se quedó un ratico en silencio

10:00 p.m.

Domingo, con una serenidad indescriptible exclamó: <<Adiós, papá, adiós: el señor Cura quería decirme más cosas, pero yo no las puedo recordar. ¡Oh, qué cosas más hermosas veo!>>.

Y diciendo esto, con el rostro lleno de bondad, y con las manos cruzadas sobre el pecho, expiró suavemente como quien queda descansando en dulce sueño. Era el 9 de marzo de 1857. Dentro de unos pocos días iba a cumplir 15 años.

Fue un joven en el cual se cumplió la gran noticia de Jesús: <<Alegraos, porque vuestro nombre está escrito en el Reino de los Cielos>>.

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