17 de enero: San Antonio Abad

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Abad

Es este San Antonio uno de los santos más populares de la Iglesia, lo conoce todo el mundo y todo el mundo lo quiere. Se hacen muchas fiestas en su honor: hogueras, romerías, bendición de animales, panes y rollos, en fin, en cada sitio lo celebran de una u otra manera. Pues bien, su buena fama comenzó incluso durante su vida y ya no se ha perdido nunca.

Nació en Egipto, hacia el año 251. Era de una familia rica, pero pronto se quedó sin padres y teniendo que cuidar de una hermana más pequeña. Un día, mientras rezaba, oyó en una iglesia que decían esta frase del Evangelio: <<Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y sígueme>>. Es una frase de Jesús mismo que le llegó hasta el fondo del alma. Tal como lo oyó lo hizo, dejó a su hermana al cuidado de un grupo de buenas mujeres y él se marchó al desierto cercano a su pueblo.

Se arregló un pequeño cuarto en unas ruinas y dedicó su vida completamente a la oración y a la penitencia: tenía 19 años.

Tuvo muchas tentaciones del demonio para que se apartara de esa vida, pero él pudo mantenerse en su ideal. La gente comenzó a acudir a donde él estaba para pedir consejo, ayuda y limosna. También se le acercaron algunos para vivir como lo hacía él. Antonio atendía a todos, pero todo es lo distraía de la oración. Así que buscó una vida más retirada y se marchó lejos, más adentró del desierto, y varios discípulos se fueron con él. Y otra vez sucedió lo mismo: más gente, más compañeros, más distracción. Y vuelta a lo mismo. Irse más lejos, más adentro en el desierto.

Le llamaban el <<abad>>, que es el nombre que se da a los superiores de un monasterio, pero Antonio nunca quiso ser superior. Cerca de su cueva vivían algunos que querían vivir como él, y Antonio les aconsejaba, les indicaba cuál era el mejor camino para seguir a Jesús, pero no les mandaba nada.

No creáis que su fama descendía según se iba alejando en el desierto. Nada de eso. La gente siempre llegaba donde estaba Antonio, y, claro, él no podía estar huyendo de todo el pueblo que lo quería. Por eso los atendía en todas sus necesidades. Decían de él que hacía milagros, que devolvía la salud a quien estaba enfermo y Antonio siempre tenía que replicar que los milagros sólo los hace Dios y Él y sólo Él es quien cura a quien quiere.

Lleno de fama de santo entregó su alma a dios cuando era muy anciano, en el año 356. Pasó de la soledad del desierto a la gloria de Dios.

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