Domingo Savio llega al Oratorio de San Francisco de Sales

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioCiudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

Luego de haber conocido a Don Bosco, el 2 de octubre de 1854 y de haberle recitado toda la lección a la perfección, Domingo había sido aceptado en el Oratorio Festivo. Aquella noticia causó una gran alegría en el joven pues esto le acercaba un poco más a cumplir su sueño de vida: el sacerdocio.

Pasaron algunas semanas y fue precisamente un domingo, 29 de octubre del mismo año cuando Domingo llegó al Oratorio.

Con poco equipaje, una gran sonrisa en el rostro y sus ojos abiertos de par en par que reflejaban una mezcla de emoción, alegría y satisfacción, Domingo entró a la que, desde ese primer momento, consideró su casa.

El Oratorio era una casa algo baja y vieja, con un sencillo balcón; entrando a la derecha, se podía ver a lo lejos la hermosa iglesia de San Francisco de Sales. Al otro lado, dentro de la casa Pinardi, estaba una pequeña estatua de laVirgen María. Los dormitorios eran angostos, bajos, con pisos de piedra y sin ninguna comodidad.

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioEl propio Don Bosco nos cuenta como fue aquel día:

Apenas llegado a la casa del Oratorio, vino a mi cuarto para ponerse, como él decía, enteramente en manos de los superiores. Su vista se fijó al punto en un cartel que tenía escritas en grandes caracteres las siguientes palabras, que solía repetir San Francisco de Sales: Da mihi animas, caetera tolle. Se puso a leerlas atentamente, y como yo deseaba mucho que entendiera lo que significaban, le indiqué o, mejor, le ayudé a comprender el sentido: ¡Oh Señor! Dame almas, y llévate lo demás.

Reflexionó Domingo un momento y luego añadió: “Ya entiendo; aquí no se trata de hacer negocio con dinero, sino de salvar almas; yo espero que también la mía entrará en este comercio”.

Mamá Margarita constantemente repetía a su hijo: “Mira, Juan, tú tendrás muchos niños buenos en el oratorio, pero ninguno como Domingo”.

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