Don Bosco, la cuerda y la serpiente

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, San Juan Bosco, Don BoscoCiudad de Guatemala, Guatemala
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

Narra Don Bosco:

Soñé que me encontraba en compañía de todos los jóvenes en Castelnuovo de Asti, en casa de mi hermano.

Mientras todos hacían recreo, viene hacia mí un desconocido y me invita a acompañarle. Le seguí y me condujo a un prado próximo al patio y allí me indicó entre la hierba una enorme serpiente de siete u ocho metros de longitud y de un grosor extraordinario. Horrorizado al contemplarla, quise huir.

—No, no, —me dijo mi acompañante—; no huya; venga conmigo.
—¡Ah!, —exclamé—, no soy tan necio como para exponerme a un tal peligro.
—Entonces —continuó mi acompañante—, aguarde aquí.

Y seguidamente fue en busca de una cuerda y con ella en la mano volvió nuevamente junto a mí y me dijo:
—Tome esta cuerda por una punta y sujétela bien; yo cogeré el otro extremo y me pondré en la parte opuesta y así la mantendremos suspendida sobre la serpiente.
—¿Y después?
—Después se la dejaremos caer sobre la espina dorsal.
—¡Ah! No; por caridad. Pues ¡ay de nosotros si lo hacemos! La serpiente saltará enfurecida y nos despedazará.
—No, no; déjeme a mi —añadió el desconocido—, yo sé lo que me hago.
—De ninguna manera; no quiero hacer una experiencia que me puede costar la vida.

Y ya me disponía a huir, cuando el tal insistió de nuevo, asegurándome que no había nada que temer; y tanto me dijo que me quedé donde estaba dispuesto a hacer lo que me decía.

El, entretanto, pasó del lado de allá del monstruo, levantó la cuerda y con ella dio un latigazo sobre el lomo del animal. La serpiente dio un salto volviendo la cabeza hacia atrás para morder al objeto que la había herido, pero en lugar de clavar los dientes en la cuerda, quedó enlazada en ella mediante un nudo corredizo. Entonces el desconocido me gritó:
—Sujete bien la cuerda, sujétela bien, que no se le escape.

Y corrió a un peral que había allí cerca y ató a su tronco el extremo que tenía en la mano; corrió después hacia mí, cogió la otra punta y fue a amarrarla a la reja de una ventana. Entretanto la serpiente se agitaba, movía sus espirales y daba tales golpes con la cabeza y con sus anillas en el suelo, que sus carnes se rompían saltando en pedazos a gran distancia. Así continuó mientras tuvo vida; y, una vez que hubo muerto, sólo quedó de ella el esqueleto pelado y mondado.

Entonces, aquel mismo hombre desató la cuerda del árbol y de la ventana, la recogió, formó con ella un ovillo y me dijo:
—¡Preste atención!

Metió la cuerda en una cajita, la cerró y después de unos momentos la abrió. Los jóvenes habían acudido a mi alrededor. Miramos el interior de la caja y nos quedamos maravillados. La cuerda estaba dispuesta de tal manera, que formaba las palabras: ¡Ave María!

—Pero ¿cómo es posible?, —dije—. Tú metiste la cuerda en la cajita a la buena de Dios y ahora aparece de esa manera.
—Mira —dijo él—: la serpiente representa al demonio y la cuerda el Ave María, o mejor, el Rosario, que es una serie de Avemarias con la cual y con las cuales se puede derribar, vencer, destruir a todos los demonios del infierno.

Mientras hablábamos el personaje aquel y yo sobre el significado de la cuerda y de la serpiente, me volví hacia atrás y vi algunos jóvenes que cogiendo los pedazos de la carne de la serpiente, se los comían. Entonces les grité inmediatamente:
—Pero ¿qué es lo que hacen? ¿Están locos? ¿No saben que esa carne es venenosa y que les hará mucho daño? No, no —me respondían los jóvenes—, está muy buena. Pero, después de haberla comido, caían al suelo, se hinchaban y se tornaban duros como una piedra.

Yo no sabía darme paz, porque a pesar de aquel espectáculo, cada vez era mayor el número de los jóvenes que comían de aquellas carnes. Yo gritaba al uno y al otro; daba bofetadas a éste, un puñetazo a aquél, intentando impedir que comiesen; pero era inútil. Aquí caía uno, mientras que allá comenzaba a comer otro. Entonces llamé a los clérigos en mi auxilio y les dije que se mezclaran entre los jóvenes y se organizaran de manera que ninguno comiera aquella carne. Mi orden no obtuvo el efecto deseado, sino que algunos de los mismos clérigos se pusieron también a comer las carnes de la serpiente cayendo al suelo al igual que los demás. Yo estaba fuera de mí cuando vi a mi alrededor a un tan gran número de muchachos tendidos por el suelo en el más miserable de los estados.

Me volví entonces al desconocido y le dije:
—Pero ¿qué quiere decir esto? Estos jóvenes saben que esta carne les ocasiona la muerte, y con todo la comen. ¿Cuál es la causa?

El me contestó:
—Ya sabes que el hombre no acepta las cosas del animal.
—Pero ¿no hay remedio para que estos jóvenes vuelvan en sí?
—Sí que lo hay.
—¿Y cuál sería?
—No hay otro más que el yunque y el martillo.
—¿El yunque? ¿El martillo? ¿Y cómo hay que emplearlos?
—Hay que someter a los jóvenes a la acción de ambos instrumentos.
—¿Cómo? ¿Acaso debo colocarlos sobre el yunque y luego golpearlos con el martillo?

Entonces mi compañero, explicando su pensamiento, dijo: “Mira: el martillo significa la Confesión; el yunque, la Comunión; es necesario hacer uso de estos dos medios”.

Puse manos a la obra y comprobé que eran los indicados unos remedios eficacísimos, aunque para algunos resultasen inútiles; tales eran los que no hacían buenas confesiones.

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