Domingo guía a Don Bosco ante una enferma de cólera y un moribundo

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Santo Domingo Savio, Domingo SavioCiudad de Guatemala
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

Un día, Domingo entra apurado al cuarto de Don Bosco.

-¡Don Bosco -le dice- venga conmigo! Hay una obra buena que hacer.
-¿Dónde quieres llevarme, Domingo?
-Venga pronto, Don Bosco, -insiste Domingo-.

Y Don Bosco, que ya lo conocía, lo sigue sin dilación. Atraviesan varias calles en medio de la oscuridad de la noche y suben por una escalera hasta el tercer piso. Domingo llama a una puerta.

-Aquí es, Don Bosco.

Se abre la puerta y la señora que atiende exclama: “¡Padre, pase, llega a tiempo! Unos minutos más y hubiera sido tarde!”. Desde hace un buen rato un hombre moribundo está llamando a un sacerdote.Don Bosco entra, lo confiesa, y le devuelve la paz espiritual que sólo Cristo pueda dar. Aquel hombre llora de emoción. Se había alejado de las prácticas religiosas y quería morir como buen católico. Don Bosco, más tarde, le pregunta a Domingo cómo lo ha sabido. Pero no obtuvo respuesta. Domingo se le quedó mirando fijamente hasta que se le humedecieron los ojos. Y Don Bosco prefirió no insistir al palpar la acción de Dios en aquella alma.

Otro día llama a la puerta de una casa en la calle Cottolengo de Turín. Domingo pregunta sin más a la persona que sale a atenderlo:
-¿Dígame, señor, no hay aquí ninguna persona enferma de cólera?
-No, jovencito. usted está equivocado. Tal vez le informaron mal. Aquí estamos todos sanos, gracias a Dios.

Domingo se marcha ante una respuesta tan categórica. Sale a la calle y mira uno y otro lado, como buscando una orientación, pero regresa de nuevo a la misma casa y llama: ” Perdone, que insista. Le ruego que revise bien toda la casa, pues estoy seguro de que aquí hay una enferma grave”.

El hombre ha quedado impresionado ante la insistencia del joven. Lo acompaña de cuarto en cuarto, registrándolo todo. Nada.
-¿Has visto? No hay nadie. ¿Y entonces?

Domingo insiste:
-Pero, dígame, ¿me ha mostrado usted todas las habitaciones?
-Bueno, en realidad,… quedaría por ver el desván, -le responde el señor-, ahí conservamos los útiles de limpieza y de trabajo.
-Vamos allá -añade Domingo-.

La sorpresa fue grande cuando encontraron a una mujer casi moribunda. Vino el sacerdote y le ayudó a bien morir, ungiéndola con el óleo santo. A los pocos minutos expiró. Sólo estaba esperando al sacerdote. Todo quedó claro más tarde. Era una mujer que siempre venía a trabajar algunas horas para esa familia y por la noche regresaba a dormir a su pobre casa. Pero ese día se sintió mal. Ya el cólera la había herido de muerte. Y, viéndose sin fuerzas, se echó en aquel cuartucho sin poder avisar a los señores de la casa. Estos, por su parte, creyeron que la mujer no había ido a trabajar por ser aquel un día de fiesta.

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