Ejercicio del 24 de cada mes: Julio – Dos grandes amores: Eucaristía y devoción a María Auxiliadora

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El amor a Jesús Sacramentado y a la Virgen Santísima son dos devociones muy arraigadas en nuestro pueblo. En Don Bosco llegó a ser muy familiar su relación con el Señor y su Madre María.

La Eucaristía fue siempre el centro, el eje alrededor del cual todo giraba en su obra educativa. El altar, el Sagrario, era el punto de partida al iniciar el día y la meta de toda su actividad pastoral. Hacia Jesús todos se sentían conducidos por María. No tendría sentido ser devoto de María Auxiliadora si no se siente la Eucaristía como centro, alimento y vida. En la escuela de la Virgen hay que experimentar la verdad de que “a Jesús se llega por María”.

Lectura Salesiana.

Un binomio indestructible: Jesús Eucaristía – María Auxiliadora

Don Bosco ha recomendado insistentemente a sus jóvenes, a los salesianos y a los fieles la frecuente comunión y la devoción a María Auxiliadora al mismo tiempo.

En el famoso sueño de las dos columnas, simbólica descripción de las dificultades de la Iglesia peregrinante, ésta sale triunfante por medio de estas dos devociones: la Eucaristía y María Auxiliadora. Vienen representadas en el sueño por dos columnas inmensas que emergen en medio de la tempestad. Sobre la primera columna está la Santa Hostia con la inscripción: “Salud de los creyentes”; sobre la otra columna la imagen de la Madre de Dios con la inscripción: “Auxiliadora de los Cristianos”.

Al fundar la Asociación de María Auxiliadora, Don Bosco le señala como objetivo principal el de propagar la devoción a María Auxiliadora y al Santísimo Sacramento.

En 1875 escribe a Don Juan Cagliero, tras su marcha a Argentina al frente de los primeros salesianos misioneros: “Haced lo que podáis, Dios hará lo que no podamos hacer nosotros. Confiad todas las cosas a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son los milagros”.

Todos sabemos, además, el puesto central que ocupa la Eucaristía en la espiritualidad y pedagogia salesiana. Jesucristo y María Auxiliadora fueron siempre para Don Bosco dos personas muy familiares y presentes en su vida y en su obra.

Dios nos habla (Marcos 3, 31-35)

Entonces llegaron su madre y sus hermanos, se quedaron afuera y lo mandaron a llamar. Como era mucha la gente sentada en torno a Jesús, le transmitieron este recado: «Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y preguntan por ti.» Él les contestó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?»

Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios es hermano mío y hermana y madre.»

Meditemos la Palabra.

La respuesta de Jesús, aunque parece que rebaja el perfil de María, es, sin embargo, el mejor elogio que Él pudo hacer de su Madre, María. Lo que Jesús afirma centra el elogio de la Virgen en la auténtica razón de su grandeza: en saber acoger plenamente la palabra de Dios y ponerla en práctica.

Fue tal acogida que la Palabra llegó a hacerse Carne en sus entrañas: “Hágase en mí según tu Palabra”, “Y el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

La Virgen es maravillosa porque su unión e intimidad con el Señor es total y plena. ¿Cabe mayor intimidad que la que experimenta una madre con el hijo en su seno? El más hermoso Sagrario donde ha estado el Señor ha sido el seno de su Madre, María, donde la intimidad y la acogida de quien es la Palabra fue plena.

Para compartir.

Se nos recomienda con frecuencia valorar las devociones populares por ser una expresión religiosa enriquecida por la manera de ser de cada pueblo. Pero también se nos pide purificar la fe, que a través de ella se manifiesta. Un buen criterio para saber si esta devoción va bien encaminada es, sin duda, el constatar si el amor y veneración a la Virgen van unidos a la vida sacramental: Eucaristía y Reconciliación.

Nuestra devoción a María Auxiliadora, ¿nos está llevando a una verdadera vida sacramental?

Invoquemos el Auxilio de María.

Auxiliadora y Madre, que como nadie viviste, desde la intimidad, la unión con Jesús, tu Hijo, en tu seno, durante meses, le diste la vida a quien siendo la Vida, te hizo participar de la que en abundancia Él nos trae a cada uno, concédenos saber acogerlo como regalo en la participación frecuenta de la Eucaristía. En la comunión él se nos da con la misma intimidad que Tú experimentaste en tu contacto de madre.

Ayúdanos a valorar ese maravilloso encuentro, y concédenos la gracia de dejarnos inundar por su presencia transformadora. Que el cariño que te tenemos y el regalo de Jesús Eucaristía nos permitan sentir el cambio radical en nuestra vida hasta poder decir como Pablo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

María, Auxiliadora de los Cristianos, ruega por nosotros. Amén.

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