Cuando la advesidad puede traernos algo muy bueno

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Artículo, Domingo Savio, Santo Domingo Savio, SavioCiudad de Guatemala, Guatemala
Sábado, 16 de junio de 2018
Texto: Parroquia Espíritu Santo
Fotos: Parroquia Espíritu Santo

Muchas son las veces que no logramos comprender el porque nos toca vivir algunas injusticias, esos amargos momentos en que parece que todo está en contra nuestra; sin embargo, muchas son las veces que de esas malas experiencias puede ocurrir algo muy bueno para nuestra vida, basta que aprendamos a soportar con paciencia y poner toda esperanza y fe en nuestro Señor.

Un claro ejemplo de ello es el encuentro entre Don Bosco y Domingo Savio, el cual fue ocasionado por una estufa grande y vieja.

He aquí cómo sucedió: Domingo frecuentaba la escuela elemental de Mondonio. Su maestro era Don Cugliero, un decidido sacerdote que según las constumbres de su época, llevaba a sus muchachos a base del palo y alguna bofetada. Durante los duros días de invierno la escuela era ahumada y calentada por una gran estufa.

Un día que Don Cugliero llegaba con retraso y nevaba, dos traviesos muchachos, después de ponerse de acuerdo en voz baja, salen de la sala. Vuelven algunos instantes más tarde con dos bloques de nieve y sin que se pueda preverlo, lo echan en la estufa. Se produce una gran humareda y el agua que sale de la estufa comienza a invadir la sala. En estos momentos, llega Don Cugliero; ve el agua salir de la estufa; se acerca con aire severo, levanta la tapadera y se vuelve furioso hacia sus discípulos: ¿Quién ha hecho esto?

Los dos culpables se miran asustados. Si alguien sopla su nombre, serán echados seguramente de la escuela. ¿Cómo hacer? De golpe deciden echar la culpa a otro. Con rapidez se levanta uno de ellos y señala con el dedo a Domingo: ¡Es él!,- el otro confirma con seguridad: ¡Sí, es él!.

Parroquia Espíritu Santo, Las Charcas, Salesiano, Artículo, Domingo Savio, Santo Domingo Savio, SavioEl maestro cae de las nubes; su rostro se vuelve serio y triste: ¿Domingo, tú? Nunca lo habría imaginado.

Domingo se levanta de golpe, el rostro rojo de vergüenza y de cólera. Mira a su alrededor, ¿Cómo? ¡Nadie puede tomar su defensa… y sin embargo todos lo han visto! Nadie tiene el valor de testimoniar por él, porque ambos culpables son mayores y amenazadores.

El maestro continúa: Por suerte, es la primera vez, de otro modo te echaría de la escuela.

Domingo baja la cabeza, aprieta los puños. Siente que sus ojos se llenan de lágrimas. Bastaría una palabra y los auténticos culpables serían descubiertos. Pero el maestro ha dicho: si no hubiera sido la primera vez, ¡despedido! Él no quiere que sus compañeros sean expulsados. Prefiere sufrir en silencio. El maestro continúa la reprimenda y le deja castigado. Toda la clase mantiene el aliento. Y la clase continúa hasta la tarde. Sin embargo después de la clase, uno de los que había visto el complot, no pudo más. No se trata de hacer allí de soplón, pero es hermosa y buena una cuestión de justicia. Cuando todos sus compañeros han salido, se acerca a Don Cugliero y le cuenta todo.

El sacerdote cae de las nubes una segunda vez: ¿Pero entonces, por qué? Él podía haber hablado, podía haberlo dicho.

Al día siguiente, apenado de haber castigado a un inocente, se acerca a Domingo: ¿Por qué no has dicho que no eras tú?
Eso no tiene importancia. He pensado que abrían sido echados y yo no lo quería. Yo, por el contrario, esperaba se me perdonara, y además he pensado en Jesús. ¡Él también fue acusado injustamente y no dijo nada!

Don Cugliero se calló. Pero de verdad tal muchacho merecía que se interesara por él. Uno de los grandes deseos de Domingo era ser sacerdote. Don Cugliero se dice a sí mismo: ¡Iré a ver a Don Bosco!

En cuanto tiene un momento libre sale para Turín. Don Bosco le ve llegar: corre hacia él y le abraza. Eran viejos amigos de seminario.

– ¡Mi viejo, qué placer verte de nuevo! ¿Qué te trae por estos parajes?
– ¡He venido a ver qué haces con estos muchachos! Y también he venido para hacerte un magnífico regalo.
– ¿Qué clase de regalo?
– Me han dicho que entre tus muchachos, aceptas también en tu escuela a muchachos inteligentes que desean ser sacerdotes. Así pues he pensado enviarte un muchacho. Es de Mondonio. Se llama Domingo Savio. No tiene buena salud, pero por su formalidad y piedad, estoy decidido a apostarte que jamás has encontrado un muchacho igual: un verdadero San Luis.
– ¡Tú exageras! De todos modos, no habrá dificultades. Iré a Castelnuovo con mis muchachos en octubre para la fiesta del Rosario. Haz que me encuentre a tu Domingo y su padre: hablaremos y veremos de que paño está hecho.

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