Novena a Domingo Savio: Día 08

Mira la novena breve a Santo Domingo Savio presionando aquíDomingo Savio, Santo Domingo Savio, Savio, Salesiano, Salesianos, Las Charcas, Parroquia Espíritu Santo, Novena

Señal de la Cruz

Acto de Contrición

Jesús mi Señor y Redentor, yo m arrepiento de todos los pecados que he cometido hasta hoy, y me pesa de todo corazón porque con ellos he ofendido a un Dios tan bueno. Propongo firmemente no volver a pecar, y confío en que por tu infinita misericordia me has de conceder el perdón de mis culpas y me has de llevar a la vida eterna.

Oración Inicial

Señor Dios Padre Celestial: Tú que has suscitado en Santo Domingo Savio un modelo admirable para la juventud, un benefactor eficaz para los pobres y angustiados, y un generoso bienhechor para los que necesitan salud, empleo, facilidades de estudio, tranquilidad espiritual, conversión y otra gracia especial, y que con el auxilio de la Virgen María le has permitido hacer tantos y tan admirables prodigios en favor de los devotos que le rezan con fe, concédenos imitarlo en su gran interés por salvar las almas, y por obtener el mayor bien espiritual y corporal para el prójimo. Imitarlo también en su gran pureza, en su admirable alegría, y en el cumplimiento exacto de los deberes de cada día, y después, gozar de su compañía, junto a Ti en el cielo para siempre.

Por la intercesión de tan amable protector, concédenos las gracias que te pedimos en esta novena.

(Cada uno pida los favores que desea obtener)

Desde ahora aceptamos que se cumpla siempre y en todo tu Santísima Voluntad, pero te suplicamos humildemente que tengas misericordia de nosotros, remedies nuestros males, soluciones nuestras situaciones difíciles y nos concedas aquello que más necesitamos para nuestra vida espiritual y material. Todo esto te lo suplicamos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, quien contigo y en el Espíritu Santo, vive y reina y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Día Octavo: La última enfermedad y la despedida de Domingo

Una junta de médicos examinó a Domingo, porque estaba muy débil. Todos se admiraron de su jovialidad, de su viveza de ingenio y de su personalidad. Uno de los médicos exclamó después: “El carácter de ese jovencito es de los más extraordinarios que he conocido”. Otro dijo: “Es tan grande el anhelo que su alma siente de irse a ver a Dios que dudo mucho de que el cuerpo sea capaz de detenerla mucho tiempo en esta tierra”, y añadió: “El único remedio que lo podrá calmar será dejarle ir al Paraíso, que es lo que más él desea, y para lo cual se nota que está bien preparado”.

Los médicos ordenaron que Domingo debía irse a su pueblo a descansar. La tos le molestaba continuamente y su salud era cada día más débil. Don Bosco sentía gran tristeza por la separación del mejor alumno que había tenido en toda su vida, pero el que más sufría era el joven Savio. Por nada del mundo hubiera querido alejarse de su colegio y de su director.

Se arregló con sus padres que el viaje de Domingo para su casa sería el 1ro. de marzo de 1857. El día anterior Savio no se retiraba del lado de Don Bosco. Siempre tenía algo que preguntarle. Entre otras cosas le preguntó lo siguiente:
-Padre, ¿qué es lo mejor que puede hacer un enfermo para tener contento a Nuestro Señor?
-Ofrecerle con paciencia todo lo que sufre, todo por Dios.
-¿Y qué más puedo ofrecerle al bueno Dios?
-Decirle: Señor, acepto para mi vida todo lo que tú quieres. Hágase siempre en mí tu santa voluntad.
-Padre: ¿y puedo estar esguro de que todos mis pecados están perdonados?
-Sí, sí. Muy seguro. Jesús dijo a los sacerdotes: a todo el que perdonéis los pecados, le quedan perdonados. A ti el sacerdote ya te ha perdonado todo.
-Padre, ¿ y si el demonio en los últimos momentos viene a traerme angustias de que no me voy a salvar?
-Le dirás: Jesucristo murió por mí. Él me amó y se entregó por mí en la cruz. La lista de mis pecados la colocó Jesús en la cruz y la borró con su sangre.

La mañana del día de su partida hizo el Retiro mensual para prepararse a la buena muerte. Pasó luego a despedirse de sus compañeros y a uno daba un buen consejo, a otro recomendaba que se corrigiera de algún defecto, a un tercero le perdonaba de nuevo alguna ofensa, y a uno que le debía unos dineros le dijo: “Todo lo que me debes te lo perdono. Así podré decir a Nuestro Señor: perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”.

Luego fue a despedirse de Don Bosco: “Padre no tengo cómo agradecerle todos sus favores. Yo quería quedarme aquím pero mis restos se los llevan ahora a Mondonio. Si me hubiera quedado acá, las molestias que les proporciono serían sólo por unos días, y luego todo estaría concluido. Pero hágase en todo la voluntad de Dios”. Llegaron hasta la puerta del colegio y Domingo no soltaba la mano de Don Bosco. Apenas iba a subir al carro que lo conduciría hasta su pueblo, se volvió hacia sus compañeros que lo rodeaban y les dijo: “Adiós, queridos compañeros. Recen todos por mí, y que un día nos encontremos todos en el Paraíso”. Y volviéndose hacia su amadísimo director le dijo:
-Don Bosco, ¿me da un último regalo?
-Claro, ¡con mucho gusto! ¿Qué deseas? ¿Un libro? ¿Dinero para el viaje?
-No. El gran regalo que me va a dar es pedir mucho a Dios para que yo tenga una santa muerte y logre llegar al Paraíso. E inscribirme entre los que ganan las indulgencias concedidas por el Sumo Pontífice.
-Sí, hijo mío, con muchísimo gusto. ¡De ello puedes estar seguro!

Y en medio de la emoción de todos Domingo subió a la carroza y partió para siempre de su queridísimo Oratorio. Los alumnos quedaron profundamente conmovidos con esta despedida. Ellos casi no se habían dado cuanta de que estaba tan enfermo, porque en su rostro permanecía siempre alegre, y sus palabras eran a toda hora optimistas. Pero Dios sí se dio cuenta de que ya estaba maduro para ir a la eternidad, y vino a llevárselo para librarlo de los peligros en que a menudo naufragan aun las almas más buenas.

El médido de Mondonio dijo que lo que el joven necesitaba eran unas sangrías. Éstas son dolorosas y los jóvenes les tiene pavor, pero Domingo soportó las diez cortadas que le hicieron en esos días para extraerle sangre, con gran valor y paciencia, y ante el médico que se admiraba de su valor, le decía: “Es que esto no es nada, comparado con las heridas que le hicieron por nosotros a Jesucristo en la cruz”.

El médico y los papás creían que Domingo se iba a curar, pero él, quiza iluminado por algún aviso del cielo, estaba seguro de que su muerte llegaba ya en esos días. Por es convenció a sus padres para que le trajeran al párroco, quien lo confesó y le dio la Sagrada Comunión, la cual recibió con especial fervor como si fuera la última de su vida. Toda la vida se había preocupado mucho de recibir muy bien la Sagrada Comunión y de darle gracias con todo el corazón a Jesucristo por su visita, pero esta vez quiso que su preparación y acción de gracias fueran todavía más fervorosas. Al verlo allí en su cama de enfermo dando gracias a Dios, parecía un verdaero santo bajado del cielo.

Las últimas horas las pasó en medio de muchos sufrimientos pero también en medio de oraciones y santos pensamientos. Cuando los remedios que le daban eran muy desagradables, exclamaba: “También a Jesús le dieron de beber hiel y vinagre”. Y volviéndose a los que lo rodeaban exclamaba: “Ah, el que tiene a Jesucristo por amigo no tiene nada que temer, ni siquiera teme la muerte, ¡Oh Jesús: dichosos tus amigos; dichosos en vida pero más dichosos aún en la hora de la muerte!”

De vez en cuando repetía: “Gracias a Dios. Gracias a Dios. ¡Oh Jesús perdona mis pecados. Yo te ofrezco todo lo que soy. Todo por ti, oh Dios. En tu santa voluntad me abandono”.

Ejemplo: La muerte de un Santo

“Lo que cada uno cultiva, eso cosecha -dijo San Pablo- el que cultiva corrupción cosechará penas, pero el que cultiva obras buenas cosechará vida eterna”.

Savio en su vida cultivó obras buenas y a la hora de la muerte lo único que podía cosechar eran bendiciones de Dios. Y así le sucedió. En la tarde del 9 de marzo, después de que hubo recibido todos los sacramentos, el que lo oía hablar y lo veía tan sereno, se podía imaginar que sólo estaba en la cama para descansar. Su rostro alegre, sus ojos llenos de vida y sus palabras tan consoladoras hacían que nadie, fuera de él mismo, creyera que dentro de unas horas ya estaría muerto.

Dios le concedio el regalo de una muerte sin estremecimientos, sin agonías, sin sustos.

Una hora antes de su muerte recibió la última visita del párroco, el cual viéndolo con tanta tranquilidad, y oyéndole encomendarse a Dios con tanta devoción, exclamó: “¿Qué mas se le puede decir a un joven así para que se prepare a la muerte? Está perfectamente preparado para partir a la eternidad”.

-Padre -le dijo Domingo- ¿antes de partir quiere dejarme algún recuerdo?
-El recuerdo que te dejo es: que pienses en la Pasión y Muerte de Jesucristo.
-Sí, padre: que la Pasión de Jesucristo esté siempre en mi corazón, en mi mente y en mi boca. ¡Gracias a Dios!. Jesús, José y María: expire en vuestros brazos y en paz el alma mía.

Falta media hora para su muerte. Domingo llama a su papá. Son las 9 y 30 de la noche.

-Aquí estoy hijo mío, ¿qué necesitas?
-Papá, ha llegado la hora. ¿Quiere leerme las oraciones de los agonizantes?

La mamá sale llorando inconsolable. El papá siente que el corazón se le parte de dolor, y las lágrimas ahogan su voz. Sin embargo tomó ánimos y empezó a leerle con toda devoción: “Señor, cuando mis ojos se nublen por la cercanía de la muerte: Jesús misericordioso tened compasión de mí. Cuando mis oídos prontos a cerrarse para siempre oigan por última vez la voz de la oración: Jesús misericordioso, tened compasión de mí. Cuando mis labios fríos ante la cercanía de la muerte pronuncien por última vez vuestro adorable nombre: Jesús misericordioso, tened compasión de mí…”

Y cuando el papá llegó a aquella última oración que dice: “Finalmente, cuando mi alma comparezca ante Vos, y vea por primera vez el esplendor de vuestra majestad, dignaos recibirme para que cante eternamente vuestras misericordias”, Domingo exclamó: “Sí, que felicidad, cantar eternamente las misericordias del Señor”. Se quedó un ratico en silencio y luego exclamó: “Adiós, querido papá. ¡Oh, que cosas tan hermosas veo!”.

Y diciendo esto, con el rostro lleno de bondad, y con las manos cruzadas sobre el pecho, expiró suavemente como quien queda descansando en dulce sueño. Era el 9 de marzo de 1857. Dentro de unos pocos días iba a cumplir 15 años.

Fue un joven en el cual se cumplió la gran noticia de Jesús: “Alegraos, porque vuestro nombre está escrito en el Reino de los Cielos”.

Práctica

Daré una ayuda a alguna persona necesitada y elevaré una oración por los agonizantes y por las benditas almas.

Himno y Gozos

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Oid el lema tan sagrado, de Jesucristo Redentor;
abajo el vicio y el pecado, viva el trabajo y la oración.
Ha de vencer la juventud cristiana, a las huestes sin fe, de Satán;
porque es su excelsa inmortal capitana, la Auxiliadora Celestial.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

A lucha cual Domingo Savio, supo valiente en la lid combatir;
siempre repitan como él nuestros labios, nunca pecar, antes morir.
Quiero vivir repitiendo, antes morir que pecar.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Gloria, oh Savio, a ti se cante, bella flor de juventud;
haz de nuestra alma tan amante, como tú de la virtud.
Por senda de lirios, que lleva al Edén,
invita a las almas, que anhelan el bien.
Oh angélico Savio, modelo gentil,
tu ejemplo enardezca, la edad juvenil.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

De tu bella juventud, oh Domingo, fue ideal;
el vivir venciendo al mal, y buscando la virtud.
La dulzura de tu vida, fue la Santa Eucaristía.
Y por eso fuiste fuerte, y por eso fuiste puro
como un ángel de alegría.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

De Don Bosco tu maestro, eres fúlgida victoria;
y aprendiste la sonrisa, que difunde las bellezas infinitas de la gloria.
Oh modelo juvenil, haz que crezca la pureza,
haz que crezca el heroísmo, y sigamos tus ejemplos
con amor y fortaleza.

Queremos Domingo Savio, antes morir que pecar.

Oración Final

Angélico Domingo Savio, que en la escuela de Don Bosco aprendiste a recorrer los caminos de la santidad juvenil, enséñanos a imitar tu amor a Jesús y María y tu celo por la salvación de las almas, y alcánzanos del Señor que practicando tu lema: “Antes morir que pecar”, podamos conseguir la salvación eterna. Tú que pasaste la vida amando a Dios y haciendo el bien a los demás, intercede ante el Señor para que si conviene para el bien de nuestra alma nos conceda la gracia que te estamos pidiendo en esta novena, y pídele a la Divina Bondad que después de una vida llena de buenas obras en esta tierra, logremos hacerte compañía alabando en el cielo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria

Santo Domingo Savio, ruega por nosotros.

Señal de la Cruz

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