Capítulo 2: Su ejemplar conducta en Murialdo. Edificantes rasgos de virtud. Su asistencia a la escuela del pueblo

Domingo Savio, Santo Domingo Savio, Savio, Salesiano, Salesianos, Las Charcas, Parroquia Espíritu SantoCapítulo 2: Su ejemplar conducta en Murialdo. Edificantes rasgos de virtud. Su asistencia a la escuela del pueblo

Conoce más a Domingo Savio presionando aquí

Me propongo referir en este capítulo algunos hechos que apenas se creerían si la veracidad y el carácter de quien los afirma no excluyese todo género de duda. Inserto la relación misma que el capellán de Murialdo tuvo la atención de dirigirme por escrito sobre este alumno suyo muy querido.

El capellán era en aquel entonces el presbítero don Juan Zucca, que ahora vive en su propio pueblo. Dice así:

«En los primeros días que llegué a este arrabal, veía a menudo a un niño de cinco años de edad que venía a la iglesia en compañía de su madre. La serenidad de su semblante, la compostura de su porte y su actitud devota llamaron la atención mía y de todos.

Si al llegar a la iglesia la encontraba cerrada, se producía un espectáculo realmente hermoso. En vez de corretear y alborotar como hacen los niños de su edad, se llegaba al umbral de la puerta, y allí, puesto de rodillas, con la cabeza inclinada y juntas las manos sobre el pecho, rezaba fervorosamente hasta que abrían la iglesia. Téngase en cuenta que, a veces, el terreno estaba embarrado, o que llovía o nevaba; mas a él nada le importaba, y se ponía igualmente a rezar de rodillas.

Maravillado y movido de piadosa curiosidad, quise saber quién era aquel niño, y supe que era el hijo del herrero, llamado Carlos Savio. Cuando me veía en la calle, comenzaba desde lejos a dar señales de particular contento, y con semblante verdaderamente angelical se adelantaba respetuosamente a saludarme. Luego que comenzó a frecuentar la escuela, como estaba dotado de mucho, ingenio, y era muy diligente en el cumplimiento de sus deberes, hizo en breve tiempo notables adelantos en los estudios.

Obligado a tratar con niños díscolos y disipados, jamás sucedió que riñera con ellos; soportaba con gran paciencia las ofensas de los compañeros y se apartaba discretamente cuando presumía que podía suscitarse algún altercado. No recuerdo haberle visto jamás tomar parte en juegos peligrosos ni causar en la clase el más insignificante desorden; antes bien, invitado por algunos compañeros a ir a hacer burla de las personas ancianas, a tirar piedras, a robar fruta o a causar otros daños en el campo, sabía desaprobar delicadamente su conducta y se negaba a tomar parte en tan reprensibles diversiones.

La piedad que había demostrado rezando hasta en los umbrales de la puerta de la iglesia no disminuyó con la edad. A los cinco años había ya aprendido a ayudar a misa, y lo hacía con muchísima devoción. Iba todos los días a la iglesia, y si otro quería ayudarla, la oía con la más edificante compostura. Como, a causa de sus pocos años, apenas podía trasladar el misal, era gracioso verle acercarse al altar, ponerse de puntillas, tender los brazos lo más que podía y hacer todos los esfuerzos posibles para llegar al atril. El sacerdote o los asistentes le daban el mayor placer del mundo si, en vez de trasladar el misal, se lo acercaban de modo que lo pudiese alcanzar él; entonces, gozoso, lo llevaba al otro lado del altar.

Se confesaba a menudo, y no bien supo distinguir el pan celestial del pan terreno, fue admitido a la santa comunión, que recibió con una devoción verdaderamente extraordinaria. En vista de la obra admirable que la divina gracia iba realizando en aquel alma inocente, decía muchas veces entre mí: ¡he aquí un niño de muy grandes esperanzas! ¡Quiera Dios que lleguen a madurez tan preciosos frutos! »

Hasta aquí el capellán de Murialdo.

No vaya a creerse que estas y otras relaciones hayan sido compiladas por Don Bosco valiéndose de noticias orales, o, peor aún, hayan sido amañadas por él a su antojo. El santo retocó la forma para darle una digna sencillez, eliminando las cosas superfluas, pero sin alterar en ellas lo sustancial. Se conservan aún los originales en el Archivo Salesiano, y han sido citados y unidos a las actas del proceso canónico.

El de don Zucca está bastante deteriorado por la acción del tiempo. Escribía él a Don Bosco el 5 de mayo de 1857, dos meses después de la muerte de Domingo, y comenzaba así: «Tú deseas algunas noticias acerca del recién fallecido Savio… que vivía próximo a mi casa y frecuentaba la escuela y la iglesia… de San Pedro. De mil amores voy a complacerte».

Dice Don Bosco que la relación del capellán contiene cosas que apenas se creerían de no mediar el seguro testimonio de quien las afirma. Una de ellas es el ponerse a rezar en el umbral de la iglesia, siendo aún tan pequeño y con el mal tiempo que hacía. También su hermana asegura en el proceso: «Los capellanes y las personas devotas le encontraban de rodillas a la puerta de la iglesia tiritando de frío».

Monseñor Radini-Tedeschi, obispo de Bérgamo, tenía razón al afirmar: «Los cinco años son para él el principio de una precoz madurez».

Muy oportuna la observación del P. Ségneri en el citado panegírico de San Luis: «Ciertas almas, singularmente escogidas por Dios, suelen tener no sé qué oculta virtud que interiormente les impulsa a buscarlo antes de que puedan conocerlo».

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: